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(Continuación. íleo- porque la leyenda de la gigantesca talla del guanche venia a ser como un eco audible del mito de los ciclopes, que también fueron habitantes de islas. Be comprende asi que nadie se conmueva en las islas cuando un descubrimiento viene alumbrar zonas oscuras de la etnología aborigen, pero que, por el contrario, todos se interesen por el hallazgo de una nueva cueva sepulcral. Acaba de acontecer eso en Tenerife. Hace pocos días, en el filo de una escarpada cumbre sobré el valle de La Orotava. ha sido descubierta una cueva que contenía cinco cadáveres, dos de ellos momificados. El lugar había sido bien elegido: en paraje escabroso, lejos de todo camino obligado. La práctica de ocultar los enterramientos era severamente guardada entre los guanches. Las cuevas sepulcrales están unas veces emplazadas en sitios inaccesibles y otras, en lugares de difícil descubrimiento. Bien que la cueva, ya de por sí, esté bien disimulada, pero mejor que la topografía del terreno oculte su presencia. SI muerto ha de quedar bien guardado y, para más seguridad, se te empareda. Pero entre los guanches es práctica muy frecuente el embalsamamiento. Acaso convenga mejor decir secado del cadáver, porque, tal como se entiende, el embalsamamiento no se realizaba en las islas. Lavados con salmuera y otros preparados, con largas exposiciones al sol. acababan por secar el cuerpo. Después se le envolvía cuidadosamente, de la cabeza a los pies, con finas pieles de cabra, cosidas unas con otras con mucho arte. Cuando el cadáver quedaba del todo preparado, era llevado a la cueva, donde se le dejaba descansar sobre embaldosado de lajas o entramado de troncos. Estas y otras muehaá cosas más ha revelado este sensacional descubrimiento de las cumbres del valle de La Orotava. Oradas a él, y acaso por primara vez, nos ha llegado, con una expresión marcada por la muerte, la cara de un guanchs. La muerte devuelve aquello que negó la vida. Estremece enfrentarse con esta poderosa cabeza, alborotado el palo entrecano, mal afeitada la barba, en su sitio las cejas y las pestañas, seco y ciego el ojo, pero allí, dentro de su órbita, como mirándonos; vacia y caída la nariz, doblado y roto el labio por el manotazo de los siglos, fuertes los músculos maxilares y tensas sus fibras disecadas por el tiempo, agresivo el pómulo cubierto de piel seca, voluntariosa el mentón y protuberante el occipital. Un guanche en vera efigie, pudiera decirse, st ello no constituyera irreverencia a un pasado y a un hombre muerto. Pasaje de la cumbre de t Orotava. Cn primer término, I paredón natura! donde a desoubrfó la cueva. Estremece el encuentro, pero no Impresiona desagradablemente. Es cierto que es la muerte con toda su fealdad, pero por encima de esto está el mensaje de que esos fuerpos son portadores. Un rito de remoto origen está presente en ellos. ¿Es acaso la prueba de un olvido y al propio tiempo de un recuerdo? Dónde aprendieron a guardar asi los cadáveres, secos, yertos y arropados con pieles? ¿Cuáles fueron las rutas que siguió el guanche antes de llegar a vivir y a morir en la isla? Todo vuelve a ser silencio. Las cumbres se han quedado sin sus muertos, la cueva sepulcral, vacia. La isla no acaba de hablar. Pero ya es mucho lo que estos dos cuerpos acaban de hacer. El más absoluto de los hermetismos, la muerte, ha dicho unas palabras. h. D. C. (Fotos del autor. lateral de una d 6 las cabeza: de las momias.