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WAGNER Y EL WAGNERISMO A Exposición de recuerdos de Ricardo Wagner fue la primera manifestación barcelonesa de los Festivales de Bayreuth, jue ha culminado con las representaciones en el teatro Liceo, de Parsifal La Walkyria y Tristán Nada parecido se ha realizado en España, Vinieron artistas, coros orquesta, luces, escenografía; dos nietos del compositor dirigieron el esfuerzo artístico. Tenemos una tradición wagnerlana, como en ninguna otra capital europea; los círculos cultos, trazados en forma vertical, de abajo a arriba, h ejercen, incluso con su parte de beatería. Todavía se libran batallas periodísticas en cuanto alguien se descuida, poniendo en tela de juicio la licitud del inundo wagneriano. El joven Sigírido derrotado en la última batalla, renace siempre, como si fuera renovación del antiguo mito. Ya en 1901 se fundó una Asociación Wagnerlana en el fondo pintoresco de la ciudad, entre el modernismo y la anarquía, la arquitectura de Gaudi y los pintores del grupo 4 Oats Barcelona se enorgullece de haber sido la primera ciudad del mundo, orgullo pueril y, si me apuran, algo pedante, que, en 1913, representó Parsifal Wagner, cuya soberbia fue tan grande como su genio, habla negado el permiso para que su obra última saliera de Bayreuth; per, o tina ves cumplidos los años legales de los dereohos de autor, los wagnerianos barceloneses anduvieron reloj en maqo para llegar los primeros a la representación, tas del esfuerzo cultural. La leyenda aumenta, tal la de Hornero, con la disputa de las ciudades; también (Nueva York presume de la primacía virginal de haber sido conquistador de virtudes musicales el primero. No comprenderíamos el año operístico, ni siquiera los castellanobareeloneses, sin este giro eterno de la música de Wagner, cuyo leit motiv eos hace palpitar de gozo ante las primaveras que estremecen la tremenda doncellez de esas caballistas de un Oeste mítico y pagano que son las Walkyrias, o ante los encantos prometidos del Viernes Santo, que esta vez, en el azar de las representaciones, alterarán, mélicamente hablando, sus calendarlos. La selva de los Nibelungos tiene su reflejo en la selva iluminada del teatro, donde las lamparillas personales siguen la representación; bien, orgullosos, con la ¡partitura bien, más modestos, con libros explicativos de temas y motivos, comentados, aunque no para aliviar la representación, como piensan los maliciosos, por quien fue wagnsrlano ilustre Joaquín Pena. La Exposición se limita a fotografías, cartas y documentos autógrafos de personalidades de aquella época. El marco sí que resulta espléndido, entre los arcos del Tinell antigua residencia de los condes de Barcelona, elevada en la plaza del Bey, corazón del barrio gótico, acorde con la Carloatura de Wagner, publicada en ja Hoja Humorfstloa de Viena, en 188 vieja escenografía de Soler y Bovirosa para Parsifal desde uno de sus miradores se contemplan las excavaciones roma- los principes Danilos o los condes de Lunas, raíces de esta ciudad antigua, nutri- xemburgo, con música de Lehar, personadas de historia. El mundo que los docu- Jes de democracia dispuesta a hacernos mentos- muestran es fastuoso y fantástico, iguales a todos. Los dramas y las operetas casi tan lejano cómo el de las antiguas le- minaban ya la sabiduría de las institucioyendas germanas. Las coronas europeas nes por la trampa sentimental o lacrimoejercieron su tutela regia sobre grandes sa. En Juventud de príncipe lo impormúsicos como Wagner, desdeñando toda- tante no es el deber insoslayable, sino lo vía el vals perturbador, que pondría sobre que Goethe llamó ya vivir su vida, si bien los panteones de las dinastías tanta corona lo hiciera con intención distinta a la trifúnebre. Sus acordes les hicieron- dar de vial y materialista que luego se le dio. De coronilla. la mesa rota del Congreso de Viena, todas Parsifal, Trístán, Slgmundo son héroes las revoluciones hacían su leña. El arte legendarios en otro terreno teatral del que y la revolución es titulo de una de las movió el afán inssnsato de divertirse de obras críticas de Wagner, preocupado por L Rloardo Wagner, en lo fio de su madurez. el arte del porvenir, del que se sentía profeta y mesias, así como de la revolución, en las barricadas de 1849, que ahora recuerdan a Meissonier. Luis de Baviera, Fernando de Bulgaria, Matilde Wessendonk o Nietzsche son personajes que atraviesan la vida del músico: la protección real; el amor, que culminaría en el dúo de Tristán o en el despertar de la Walkyria; la admiración del exégeta y, después, detractor. Nietzsche halló en los libros del maestro alimento para elaborar sus teorías sobre la tragedia; también, la clave para trazar una nueva tabla de valoración, anticristiana. Por ahí caminarán los superhombres que postrarán a Europa. No es difícil suponer el entusiasmo de Bernard Sha- w, wagneriano convencido, ante El anillo del Nibelungo en donde encontró o inventó una demostración de la superioridad socialista. Wagner pretendió compaginar el cielo con el Walhalla, Parsifal con Sigfrido, Jesús con Apolo. Habla, en el fondo, una antipática adivinación prerracista y dominadora, de la que el cielo nos libre. Pero su arte fue grande. Decía estar dispuesto a sacrificarlo todo por él, aunque viviese bajo el manto real de Luis de Baviera, quien no le permitió sacrificar nada. Los artistas de entonces tenían fe en su mensaje y no estaban minados por el escepticismo eáeral de ahora. Ya es curioso y mas que significativo que las dos últimas palabras escritas por Ricardo Wagner antes de morir, fueran Amor y Tragedia. Me imagino las escribiría con mayúscula. Ángel ZüííIGA