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I -VN la pintura de Benjamín Patencia es difícil distinguir- 4 dónde termina el modelo natural y dónde empieza una é Impetuosa labor creaclonal que levanta serranías ceñudas y valles amarillos. La realidad entra ahora en el arte a caballo de la imaginación. Pero la fantasía de Benjamín Palencia se ciñe a los flancos de nuestras tierras y las embravece y las despeja de todo lo que no ssa relieve palpado por la geología, cuencas que sirvan te cauce a los vientos y a los otoños. Los árboles se alzan ondulados y íulgureos como llamas y los cielos se alejan, presintiendo horizontes inagotables. En esta Exposición del Salón de la Dirección de Bellas Artes, Benjamín Falencia afianza y robustece su manera anterior. Una fuerza elemental parece que modela estas tierras en perpetuo jadeo, con un ímpetu interno que mantiene en tensión dinámica a sus superficies. El mundo es visto aquí en sus masas de color. Y estos colores definen cen una violencia que no admite un íirado más de exaltación unos paisajes que son- como el arquetipo de nuestros campos. Es por esto difícil individualizar las geografías que los inspiran. Su repetición proviene de que no están planteados desde una casual perspectiva, sin desde la esencia misma de las tierras ibéricas. Una fuerza rústica parece que mueva a estos pinceles, que hace brotar ondulaciones donde laten cultives y colinas recargadas con todos los sombríos azules del crepúsculo. Esta pintura no acepta la realidad, sino que la crea hercülea y poderosa de color con los montes y los llano? en masas que están todavía sin cuajar. Parece que a sus pinceles los mueve un gran apetito de espacios y de colores vastos, que crean perspectivas y juego de términos por la sola eficacia dé sus potentes vibraciones. Alguna vez hemos hablado de fauvismo al referirnos a la pintura de Benjamín Falencia. Y, efectivamente, con mucha más razón que en la escuela francesa, abanderada cen este rótulo, conviene la denominación de fierista o ferocista a, esta pintura elemental y sanguínea, en la cual un instituto taurino parece verter éstos tonos acometedores. Hay en esta Exposición una exacerbación de la personalidad de Falencia, Ha acentuado sus rojos, que a veces se acol- Ua ventana d e 8 anJ mín Patencia. Rl castillo de Benjamín Patencia. chan en terciopelos, como en el magnífico bodegón de la gran Ventana, y otras se derraman en brocados suntuosos, coma en la Virgen de Guadalupe. Se irritan más los amarillos, encharcados a- veces en manchas de rastrojeras y otras deslizados en oro de retablos. Pero donde quizá consigue sus efectos más originales es en el tratamiento de los azules. Con ellos modela las cordilleras que limitan las anchuras de ios campos y crea un. horizonte que atrae las nostalgias. Es este misterio de los últimos. planos el que impregna de poesía a estos lienzos, A veces maneja estos azules con la mayor audacia al ensombrecer el cielo con sus tintas y conseguir que esta macicez no advenga al primer término, sino que se mantenga etérea y levantada. La energía con que están proyectados estos cuadros dijérase que los humaniza. Rara es la presencia del hombre en estos paisajes, y, sin embargo, el pintor inserta siempre huellas humanas- -ciudades, castillos, ermitas- -que se incorporan al ímpetu telúrico que conmueve a estos 1 conjuntos. En este sentido, su Alba de Tormes es uno de los lienzos más jugosos, trémulo de vibración y suelto de toques voladores, de nuestra pintura moderna. Cuando los paisajes se animan con figurillas, éstas vibran como simples pigmentos. La influencia de Benjamín Palencia en el arte de hoy es grande. Suponemos que tras esta Exposición su sugestión creará, Interpretaciones similares del paisaje español. Ello se adecúa a nuestro temperamento. Sin embargo, la fuerza de inspiración, o si se prefiere la furia del temperamento, tiene que ir potenciada, por una maestría y una muy reflexiva elaboración que está agazapada tras tanto solar deslumbramiento. José CAMÓN AZNAR