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cosa. U s a r. d u de un ejemplo c o n copiosos antecedentes. un charco es una ¡superficie tí agua y un océano es también tina superficie de agua. Pero sólo una lengua muy indigente, más que indigente, miserable, podría contentarse con la misma voz para designar un charco y un océano. Como se sabe, al menos en ciertos casos, la magnitud trastrueca la esencia. La acción bélica, en el pasado, se limitaba a un campo de posibilidades destructoras que nunca podía exceder ciertos limites. E s t o permitía calcular, sin graves dificultades, el mal y el bien de la operación, 1 pasivo y el activo, y establecer un saldo. Este saldo podía ser, incluso, no ya una ventaja territorial, la creación de un Imperio, la imposición de un sistema religioso o político, sino también, más modestamente, un Estado actual de razonable botín en oro y otras riquezas. Pero ahora, utilizada la fisión nuclear como arma, los efectos des. tructores de la aun llamada guerra no se pueden limitar en l espacio ni en el tiempo. Charles Noel Martín, en su Memoria a la Academia de Ciencias de París, establece, entre otras, dos concluslone. s fundamentales: Primera, que todos los países del mundo reciben, según los caprichos de las condiciones meteorológicas, cantidades más o menos fuertes de elementos radioactivos originados por la desintegración nuclear; segunda, que al cabo de cinco mil seiscientos años las propiedades radioactivas de ciertos elementos, en especial el radiocarburo, persistirán aún en la tierra. Por su parte, el Pontífice Pió XH ha llamado 1 atención sobre el aspecto, en cierto modo sacrilego, de las armas nucleares, -en cuanto suscitan mutaciones artificiales y ia $o bras de excavación realizadas en Pompeya, crean de este modo monstruos, cuyos rasgos genéticos se transmitirán a la descendencia del hombre. Y, como se ve, dejamos de lado la enormidad de poder destructor que supone el arrasamiento fulminante cíe ciudades frente a cuya- grandeza Pompeya era apenas un burgo insignificante. Los fines racionales de orden político que la guerra tradicional supone quedan ahora desbordados, anegados m s bien, por una realidad heterogénea, independiente de esos ñnes, como si perteneciese a otra esfera de lo fenoménico. Los fines de la llamada tenazmente guerra sírían devorados por la catástrofe, relegados, olvidados. Perderían sentido. Palta, ria la medida y la adecuación del medio al fin, como en nuestro absurdo ejemplo dé los ediles de Pompeya que acuerdan soliviantar la furia del Vesubio para lie- La calle úe la Abundancia. var a cabo una pequeña mejora urbanística en su ciudad. V Esto queríamos hacer sentir o realizar como dicen los ingleses y norteamericanos con un vocablo de admirable eficacia expresiva. Por supuesto, está muy lejos de nuestras pretensiones el influir lo más mínimo en la vocación y preferencia de nadie por la guerra o por la paz. Sólo aspiramos a aclarar conceptos y que cada cual sepa lo que quiere y de qué está hablando. Simplemente, nos gustaría que a la guerra se le llamase guerra y a lo otro se le diese su verdadero nombre. No es una ambición irrealizable. Está al al- canee de los académicos de la lengua que confeccionan los lexicones oficiales... La columnata del circo frente al anfiteatro. Alvaro FERNANDEZ SUAREZ