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UNA TERRIBLE CUESTIÓN DE PALABRAS impresionante aspecto del Vesubio durante su última erupclin. L OS ediles de Pompeya, reunidos en sesión extraordinaria, el año 79 de nuestra Era, comprobaron que ciertos barrios de su ciudad eran- indignos de una estación de placer frecuentada por la aristocracia romana. Había Que raer esas lacras y convertir los espacios en jardines felices. Para acabar con los barrios inmundos- -aniquilarlos sería como respirar libres de una inmensa carga de odio- acordaron, por mayoría de votos, provocar una nueva erupción del Vesubio. Pero sabemos que el Vesubio no sólo aniquiló aquella parte condenada de Pompeya, sino a toda la ciudad y a otras más de la región, enterrándolo todo bajo un lago de ceniza, lo que vino a ser una de las más ilustres catástrofes de la historia de Europa y del mundo entonces conocido. ios historiadores clamarán escandalizados contra este hallazgo nuestro, que esclarece, de manera tan Inesperada, el origen de la gran erupción del Vesubio, el año 79 después de Jesucristo. Les damos la razón. Los ediles de Pompeya no tenían poder bastante para ejecutar una decisión tan insensata. Pero los hombres de Estado de nuestro tiempo sí pueden manejar caudales de energía comparables por sus efectos a aquella tremenda devastación plutónica. Sin embargo, nuestros gobernantes pueden concebir, y conciben, la posibilidad de utilizar fuerzas tan desmesuradas para alcanzar fines de orden POMPEYA. -El Arco de Nerón. político, que, sea cual fuere su importancia, serían desbordados y trasmutados por la magnitud de las energías desencadenadas. Con esto queremos poner violentamente de manifiesto que la guerra, como tal gusrra, es decir, como medio para conseguir objetivos racionales de orden poli, tico o económico, se ha hecho imposible. La guerra en el sentido tradicional del vocablo, ha dejado de existir. Por supuesto, el hombre puede lanzarse, si así le apetece, a la destrucción organizada de seres humanos y de bienes, con propósitos declarados que tendrán una apariencia racional y limitada. Pero ya no será una guerra Será otra cosa distinta de la operación consistente en realizar un propósito de naturaleza política. Aquí no hablamos en pro ni en contra d la guerra o de su eventual necesidad. Tratamos de un problema en cierto modo muy modesto: una cuestión de samán tica. Es absurdo llamar guerra á lo jue no es guerra porque ya no se trata de un instrumento apto para restaurar el Derecho por medio de las armas o realizar deítermínados unes, -buenas o malos, pero siempre limitados y racionales. Este otro hecho que aun seguimos llamando guerra estaría, en verdad, mucho más cerca de Jos grandes desastres producidos por el desequilibrio de la energía telúrica y cósmica. Por este motivo necesitamos un, vocablo más adecuado a la índole de la,