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I L US. T R AD O D E INi- O R M A C i O N G E N E R t L FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA D I, AR 1 O D I A R I O 1 L U sN TR A D O D t FO R MAG i O N G EÑERA L J Yo pienso si toda k magia del silencio de Ortega, si la noble capacidad de estar solo, si ese estado de gracia inverosímil, no se ha refugiado, por ahora, en el sufrido pescador de caña. Me refiero al pescador de mar, claro. Con todos los respetos al gran sembrador de alevines, que es Jaime Foxá, creo que el verdadero doctorado en la pesca sólo lo confiere el mar. Y de los mares, el mar Mediterráneo, que aun tiene peces con las cuatro barras de Aragón en los lomos. Ese mar soñoliento y gris que van cortando les remos mansamente sin la más leve protesta de espuma. Ahí va el pescador, tan feliz e ilusionado como un niño. No le oiréis hablar porque su ánimo y la expresión de su mirada están fijos en el agua, que empieza a muscularse cemo si despertara del sueño. Si acaso irá repasando mentalmente la seguridad del aparejo preparado ameresamente la noche anterior. Si os atrevéis a decirle que hace un poco de frío o? responderá que no es nada, puesto que los primeros rayos del sol comienzan a enredarse en los remos. En vano le haréis salir de su abstracción. Es un obseso, un alma casi en trance, un loco que ha tomado posesión de su pequeño mundo de ensueño y se mueve dentro de él como en un prodigioso fanal. Es entonces cuando uno empieza a comprender la firmeza de los juicios de Bucham y hasta llegaría a jurar por la honorable condición de Agripa, colega de ese mismo mar casi tan viejo como el hombre. Luego la roca bajo el acantilado. Una pequeña roca. Nada. Nada y tedo para ese absurdo ser que repasa los aparejos con un rito tan infantil, tan grave y preocupado a un tiempo, como si dependiera del sedal la suerte o la desgracia del mundo. Después, la espera apasionada. Minutes, cuartos, horas. Eso es lo que menos importa, puesto que el tiempo no existe fuera del espacio vital de la caña. No se piensa. Es cierto que las ider. s huyen ante el fuego y el agua. El mar absorbe al pescador y se adueña de su voluntad poco a poco. El mar que es ya un estallido de luz con un sol grande arriba dominándolo todo. A veces una ola más atrevida se rompe en pulverizaciones de oro y lo envuelve en un arco iris de azules, de amarillos, de violetas y carmines. Es en ese momento tan breve cuando el pescador se cree un dios y no cambiaría todas sus encomiendas. s- s petrolillos y sus inmobiliarios por esa segundo que le separa bruscamente del mundo y le empuja sobre la misma vida. ¿Que por qué escribo estas banalidades habiendo tantos y tan graves problemas? Pues por c- sa misma razón. Porque todo se cae viejo y de podrido. Porque es mejor volver a lo sencillo que escribir sobre la última crisis francesa, sobre la expulsión de míster Bevan o sobre los acuerdos de Yalta. Conviene recordar que aun existe la paz. Que aun hay premios para los hombres de buena voluntad muy suoeriores a la bomba de hidrógeno -nte ESCEIVA O D O sucedió de este modo: En el principió estaba Dios, y su espíritu se movía ya sobre las aguas. Después creó la luz, ya se sabe. Luego, el mar. Y contempló en silencio que lo hecho era bueno. (Dejadme, como buen levantino, que me recree un poco en esta amorosa delectación del Creador, en este virginal contento al descubrir la impresionante belleza de los mares. Hasta el día cuarto del Génesis, sólo se escucha, como un trueno sobre el agua y bajo las estrellas, el mandato de la creación, la voz inmensa dominando el clamor y el pasmo inicial de la vida. Después de cada obra, el silencio. Un silenció tan ancho como el cosmos. Pero cuando los peces hienden con su lomo oscuro las aguas y los pájaros rayan el azul, se rompe incontenible el silencio divino. Por vez primera Dios habla a sus criaturas, alentándolas. Creced- -les dice- -y henchid las aguas de los mares y multipliqúense las aves sobre la tierra. Así fue todo según la Escritura, y en esa cariñosa incitación a la vida se mostraba, sin saberlo nadie, la ternura y la bondad de Dios. Ahí empezaba el diminuto paraíso, que perduraría para los hombres sencillos después del pecado. De ahí, apartando el arco y las flechas, la escopeta de pistón y el Winchester, nos daremos irremisiblemente de bruces con el pescador y su caña. Pueden sonreír un poco les escépticos, los terriblemente agobiados por las preocupaciones políticas y financieras. En fin de cuentas, uno se ha reído también contemplando a ese personaje en apariencia tan estúpido como resulta el pescador de caña. Sin embargo, no es cosa para tomarla a broma después de sopesarla a conciencia. Ha e unes días, leyendo un estudio de Bucham, historiador inglés, sobre Agripa, al que sus contemporáneos juzgan como un ser abyecto y despreciable, descubrí algo que me llenó de sorpresa. Bucham monta el artilugio defensivo del príncipe romano en esta justificadísima razón: Que era asiduo pescador de caña, y éstos son incapaces de cualquier vileza. Yo no creo que exista una cosa más absolutamente seria que un inglés, si además lleva bajo el sobaco un título de historiador. Por eso he jugado esta baza de prisa, reservándome las propias experiencias sobre la pesca, fuente y origen, según Bucham, de cuantas virtudes cívicas y morales existen. Yo creo que sucede un poco con estas ocupaciones mínimas, que suelen tomarse a risa a fuerza de elementales y sencillas. También la caza constituyó, con su anecdotario picaresco motivo de broma para muchos, hasta que un día, un escritor tan serio como Ortega, nos deslumhró con un ensayo digno de la más exigente antología. De pronto, ese producto triste y aburrido que es el hombre de la gran ciudad, recibió, entre el humo viciado de la boite ese mensaje prodigioso del silencio de Ortega. Ese temblor de la olorosa amanecida. Esa paz expectante del cazador sumido en el vaho tenso del misterio. Todo cobró de orento, gracias a la prosa del maestro un valor v una categoría í dis v. t: Mes. Todo T EL PESCADOR DE CANA desde el chiste del falso cazador cazado en brazos de su amiga, hasta el comen y mienten que es gloria de nuestro gran Lope. Claro que, arrimando el ascua a mi sardina, habrá que reconocer a la fuerza que desde el prólogo de Ortega, en lo que a honesta caza se refiere, ha pasado mucha agua por el río. Quiero decir que no todos los que gastan canana y escopeta y acuden a las jornadas cinegéticas, sienten de veras esa intensa emoción. Tal y como marchan las cosas, unos tiran al venado o a la codorniz, y otros, en cambio, apuntan a cerrar un negocio de lanas, a afianzar relaciones sociales o a rematar una boda, si es preciso, descerrajándole un tiro al galán indeciso. De ahí la máxima importancia que han cobrado estas excursiones camperas. Reconozcámoslo con verdadera pena. Toda la ingenua poesía de antaño se nos ha perdido sin remedio. Ya no se cursan desde Andalucía y la Mancha aquellos telegramas hiperbólicos comunicando a Bilbao o Barcelona las piezas cobradas. Ahora, una tirada de perdices puede resumirse muy bien en éste u otro galimatías parecido: Pocas perdices. Punto. Don Evaristo a tiro. Punto. Vendida producción chapa cinco milímetros. Punto. Así es de triste y prosaico el signo de estos tiempos. De aquellos cazadores solitarios que salían casi furtivamente de sus casas escondiendo su rara indumentaria casi como un delito, a este correr la pólvora con tronista de sociedad para levantar acta del vestuario y del menú ha caído sin pena ni gloria algo fundamental. La sincera y auténtica emoción del deporte. La alegría de perder el tiempo porque sí. La liberación del protocolo, sin más interés ni componenda Éue. el intercambio del cigarrillo con el guarda o peón de la finca. Sí, tal y como marchan las cosas, llegará un día en que el importante financiero, el torero de moda, el director de banco, el aristócrata o el- político, tirarán al estornino o a la liebre, vestidos de frac y chistera, con sus bandas y condecoraciones, entre una nube de fotógrafos y un corro de gente interesada que, entre tiro y tiro, recordarán sus demandas del sábado como algo natural establecido. Fabricada con técnica de absoluta qorantfa.