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EL CIGARRAL LOS DOLORES L OS cigarrales toledanos Son famosos desde los tiempos de la España civilizadora, imperial. Tirso de Molina tituló uno de sus libros Cigarrales de Toledo el doctor Maraftón ha señalado en uno de los suyos. Elogio y nostalgia de Toledo el fenómeno de popularidad de un volumen, tan poco leído por las gentes. Don Gregorio posee Una de esas fincas, isla blanca rodeada de olivos; al fondo, surge, empinada, la ciudad, nacimiento de Pascua, La finca se llama Los Dolores en el libro mencionado, el doctor hace historia del cigarral de recreo. El Mas anón, el recreo está unido siempre a su trabajo. Hemos llegado a Toledo por la mañana, con Rodríguez de Rivas y González- Ruano. Desde la carretera, los cipreses del amino al cementerio dan su alerta, el santc y seña de la ciudad. Comimos, mirando a la vega inmensa: el yantar le hubiese celebrado un escritor clásico: perdices, con vino de Yepes. Es domingo; la tarde, clara: la atmósfera, limpia. El paisaje de Toledo, como la ciudad, se distingue entre todos. Ni los árabes ni los judios que la, poblaron en la época mejor debieron sentirse extraños. Fue Maurice Barres quien primero señaló su parecido con Palestina. Estamos en una avanzada de Oriente, en el corazón mismo de Europa. Encontramos a don Gregorio con su mujer, Lola Moya, y sus hijjps. Rafael Sánchez Mazas, Santiago Nadal, Gregorio Marañen Moya forman la tertulia amable. Sobre una mesa, el último libro da Jean Cocteau; al poeta francés también) e encantó la ciudad, la paz señorial leí antiguo Cigarral de Menores, los meandros del rio, bucles del Tajo, como los llama. A media tarde, llega Victorio Macho, lleno de recuerdos emocionados d 3 América; en Toledo, desde su cigarral, continúa su obra- de escultor, en el nervio profundo de la raza. Sánchez Mazas habla como gran señor del Rsnacimi nto; ama al iDante, y al referirse a Unamuno le tacha de extremoso. El aspseto íisico de Sánchez Mazas tiene algo de personaje de el Greco en el Toledo de los grandes siglos, hubiese sido caballero fiel, cronista magistral, como Ercilla, o cardenal, mecenas de escritores y artistas, a la mayor gloria de la Iglesia. A don Gregorio le gusta el siglo XVIII; cuanto no fue contaminado por la Revolución. Aspira a la mayor comprensión da todo y de todos; su tono pausado, reflsxivo, le lleva a considerar la existencia con el respeto de un gran humanista. Al hablar inspira gran confianza, como si para cada momento, para cada cosa, tuviese su verdad. A los cardenales Mendoza y Cisneros, prefiere a Lorenzana; a las vir- Oos aspectos del cigarral del doctor D. Gregorio Mtrafióit. (fot Rodríguez. cudes políticas y guerreras, que su razón también admira, prefiere las del trabajo, la paü y la caridad. Es un párrafo del libro ya citado, que nos da del hombre una. imagen equilibrada. La hora de la merienda tiene un toso cordial, sencillo, con la sencillez castellana, sostenida por una tradición secular de señorío. El chocolate humea sobre la mesa; el azucarillo se disuelve en el vaso je agua, iceberg de la golosina, Las figurillas del mazapán toledano, como de nacimiento pascual, se codean en la fuente tala verana; a lo lejos, pestañean las primeras luces de Toledo. Las campanas despiertan al aire de su modorra, cantándole una nana. El despacho de Marañón está abierto; en él escribió algunos de sus libros mejores; la mesa de trabajo, con libros de consulta, sólo espera su compañía. Me encuentro donde tomaron forma volúmenes a los que debemos Un sentido más urofundo de la vida, la enseñanza diaria de la difícil virtud de la tolerancia, el deseo de vencernos a cada hora para que sea de 3 a ecuanimidad la batalla. Desde la espadaña del cigarral, entre un olmo gigantesco, veo cómo la ciudad cambia sus colores en un atardecer muy lento. Un gato atraviesa los arcos, deteniéndose para formal otro con su lomo. Doña Lola nos lleva a que veamos la capilla. A última hora llegan Benjamín Patencia y la escritora Carmen Conde; Palencia ha pintado, como nadie, el paisaje castellano. La conversación se anima. Santiago Nadal quiere saber cómo es Salazar; Maraflón da, como de todo, una idea exacta, justa, del estadista portugués. Unos alféreces vienen a unirse a la gente joven; estamos en Toledo y no podía faltar la alusión humana a la Academia. A la hora del regreso, pienso en el tono civilizado que mantiene este cigarral. Europa alienta en esta senda escondida, entre la noche del futuro, poblada de incógnitas. Subsistiría por mucho tiempo el concepto de Europa, de europeo, en el noble afán del vocablo, aunque esa Europa se hundiese en el embate oriental. Al atravesar la ciudad, aparece como fantástico belén, imagen de Palestina recreada por el Occidente. La misma Europa, tal vez, sobreviviendo a los vagos fantasmas orientales. Ángel ZtXÑIGA