Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
131O esto es repugnante- -le decía yo a un amigo francés comentando las fechorías que, por aquel entonces, hacían los apaches en Parte- Todas estas agresiones son crueles y cobardes. -I Claro t iComo que son agresiones de los apaches! -me hizo observar mi amigo. -Ya lo sé, pero es Indigno. ¡Diez contra uno! ¡Sujetar a un hombre por la espalda mientras otro le da una puñalada en el corazón! No se ve un solo rasgo de nobleza en todas las hazañas de esta gente. -Pero, ¿cree usted, acaso, que los apaches deben batirse como caballeros? En esta pregunta no tuve más remedio que admirar el buen juicio y el sentido del orden del pueblo francés. Un francés no podrá comprender nunca la caballerosidad de un bandido. Los bandidos, a un lado, y, Jos caballería al c o. Yo estaba habituado P a los chulos de Madrid, a nuestros organilleros y a toda aquella gente maleante de traje pintoresco y de espíritu caballeresco que había en mi época, asi que, cuando mi amigo el francés me preguntó si yo creía que los apaches debieran batirse como los caballeros, le contesté francamente que sí. Yo no sé si en España los que sientan plaza de caballeros tendrán algo de ban didos, pero ello es perfectamente posible ya que en todos los bandidos españoles suele haber siempre un fondo de caballerosidad. No me refiero únicamente a los grandes bandidos de las sierras, encarnados en el tipo representativo de aquel ladrón generoso que robaba á los ricos y so- corría a les pobres, porque ésas son ya figuras de epopeya. Los mismos chulos de Madrid, los chulos del pantalón de odalisca, las persianas y 1 pañuelo al cuello que había en mis tiempos, venían a ser algo así como caballeros de la Tabla Redonda. Ninguno de ellos hubiera sido capaz de matar nunca a nadie por la espalda. Jamás se hubiesen reunido dos contra uno. Aquella gente hería siempre cara a cara y con nobleza, porque tenía mucho lado taquierdo Beaucoup de cóté gauche -le dije yo al francés traduciéndole literalmente la frase madrileña. El francés se echó a reír. ¿0 e manera que los bandidos españoles no luchan nunca con ventaja? -Nunca. -i Es ridículo! -exclamó el hombre de allende los Pirineos. Yo, entonces, quise dignificar a España elogiando ante mi amigo las virtudes de nuestros criminales. -v- -No- -me reponía él- Dígame usted que en España las personas decentes son más decentes que las de Francia. Dígame fue las entes honradas son más honradas y que los hombres de honor tienen más honor, pero no me cuente usted eso de que los bandidos españoles poseen un gran espíritu de caballerosidad, porque yo no lo entiendo. Ningún francés, en efecto, entendía el bandidaje caballeresco. Cuando alguien se hacía bandido en Francia, prescindía de la moral, de la caballerosidad, del honor y de todo. ¿Matarse cara a cara? Eso no lo hacían jamás los bandidos franceses, porque hubieran podido salir perdiendo. Mataban a. traición, alevosamente, y no había más remedio que reconocer la lógica de su conducta. Muy bonito todo aquello de los viejos bandidos españoles- -los modernos parece que ya se han europeizado bastante- pero la verdad es que no dejaba de resultar grotesco el que viniese a hablarnos de nobleza un hombre que vivía del robo, del crimen o de las mujeres. Esta, por lo menos, era la teoría del francés, quien acabó diciéndome: -Tienen ustedes que deslindar los campos. Tienen que separar y qué clasificar. Aquí los venenos y allí las triacas. En este estante los revulsivos y en este otro los emolientes... -Quizá- -le respondí yo- aunque, la verdad, más que el ideal dé un sociólogo, J Á- C f ése me parece el sueño de un farmacéutico. Quizá debamos organizamos como Una farmacia o una oficina de tipo americano- -un sitio para cada cosa y una COSA para cada sitio- pero, cuando estuviésemos ya convenientemente organizados, el porcentaje, total de bandidaje y de caballerosidad seguiría siendo entre nosotros exactamente el mismo que antes de la organización, y, para esto, francamente, no vale la pena que nos molestemos. Qué quiere Usted! Sería lamentable que nuestros caballeros no tuviesen el debido grado de pureza y nuestros bandidos, en cambio, iposeyeran el suyo, pero, si encuentra usted en los unos lo que les falta los otros, todo queda, al fin y a la ¡Mitre debidamente compensado... Julio CAMBA (Dibujo de Lorena tíofil)