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SILENCIO DE UN CENTENARIO SI se ha deslizado, calladamente, ahogado por el estruendo de otras fechas y hechos más resonantes. Bien es verdad que la sencillez y la humildad fueron siempre la impronta de su héroe. Con lodo, un espíritu tan poderoso como León XIII exclamó al terminar de leer su biografía: Después de la Vida de Cristo ninguna ha conmovido tan profundamente mi alma como la del gran apóstol Pedro Claver. Sabemos que el corazón no nublaba fácilmente la inteligencia de Joaquín Pecci. También nosotros reconocemos en Claver el símbolo de la más excelsa abnegación cristiana. Pero de una abnegación que, trascendiendo el círculo de lo individual, se vierte- -en efusión plena- -sobra una raza hundida, a la que, en parte, redime y eleva. Nació Claver el 26 de junio de 1580, en Verdú, pequeña población de Lérida. La tenacidad y laboriosidad catalanas serán siempre un rasgo de su carácter. A los veintidós años, ingresó en la Compañía de A La ciudad y el puerto de Cartagena de Indias (Colombia) en embrión en 1600, ofrece actualmente este bellísimo panorama. entonces se decía. Capturados en razzias por el continente africano o comprados en sus costas, eran trasportados estos infelices por negreros sin conciencia a los puertos americanos. Los que llegaban con vida eran bien vendidos: pues se les consideraba por los colonos como buenas bestias que rendían por dos o tres indios nativos. Los hijos de Loyola, establecidos en Cartagena en 1604, se conmovieron ante este espectáculo, que si era mal universal de la época, repugnaba a su concepción cristiana de hermandad e igualdad especifica de tedos los hombres. Pronto levantaron, más que su voz, su acción de protesta. El ir. iciador de este ministerio fue el sevillano Alonso de Sandoval, hombre de taJento y organizador. En 1615 se le dio como compañero a Pedro Claver, que había de ser el verdadero apóstol de los negros. Su táctica fue la misma del Maestro Divino: abajarse e identificarse con la raza abyecta. Bien lo expresó en aquella firma que estampó al pie de la fórmula de su profesión: Petras Claver, Aethiopum servus. Pedro Claver, siervo perpetuo de los negros. Cuarenta años vivió, como él decía, esclavo de los esclavos Apañas arribaba a Cartagena un barco negrero, se presentaba Claver en el puerto con sus intérpretes y toda clase de regalos. Subía a bordo y con cariño y donecillos ganaba el corazón de aquellos pobres desgraciados. Era emocionante- -escriben testigos de vista- -ver al santo misionero abrazar a cada uno de los negros. Los enfermos eran objeto de su caridad más tierna. No era raro que cargase sobre sus hombros a alguno de ellos. Empezaba el período de catcquesis. Se servia para ello de siete u ocho intérpretes catequistas. El éxito solía ser inmenso. Aquellos desgraciados, ganados por la caridad y abnegación de Claver, se entregaban a la gracia y pedían el ¡bautismo. El mismo Claver confesó haber bautizado personalmente a más de 300.000 de ellos. Ni entonces los abandonaba. Claver, el padre de los negros ejercía sobre ellos una supremacía de amor y caridad. Su aposento era la casa de los morenos como cariñosamente los apodaba. Allí se resolvían sus contiendas y litigios y hasta tenia dos botijas de vino para consuelo de aquellos desgraciados. Esta estampa de heroísmo diario se matiza, de continuo, con actos de asombrosa caridad y abnegación. Por lo menos, una vez cada día- -nos dice su fiel compañero Nicolás González- -realizaba un. acto heroico. Todo ello en el duro cuadro de una oposición brutal de negreros y colonos y, no raras veces, de incomprensión dolorosa de vastas zonas de la piedad y aun de la Iglesia. Pero Claver, sin un gesto amargo ni un grito subversivo, siguió adelante, identificado heroicamente con el pobre negro. No extraña la afirmación espontánea de un hijo de esta raza: El padre Claver debió de ser negro; porque un blanco no nos hubiera amado tanto. En ese conflicto racial, que fcgita hoy a dos continentes, la lección de Claver es harto insinuante, tanto para los agitadores como para esa raza blanca que con puritanismo retrasado pretende Continuar en su incontaminismo de brahamán. David MESEGÜER, S. J. El padre Pedro Claver, según una vieja estampa. Jesús. En las biografías de los hombres grandes interesa, sobre todo, la fecha o fechas claves en que la personalidad humana se carga de su potencial y emprende la ruta que le conducirá a la cumbre. Esta fecha, para Claver, creemos que es el trienio 1605 a 1608, que dedica a sus estudios filosóficos en Palma de Mallorca. Allí, en el Colegio de Montesión. conoció y trabó amistad con su anciano portero, el segoviano Alonso Rodríguez. Este maravilloso asceta y místico de la humildad y la abnegación, mediante el perseverante cultivo de estas virtudes, añadió a la reciedumbre física del mocetón catalán! a capacidad inmensa de renunciamientos y sufrimientos físicos y morales. Cierto día que dialogaban de espíritu, Rodríguez concretó a Claver el campo de sus heroicas empresas. Vuestro puesto está- -le dijo con gesto profético- -en las Indias, entre los negros. La realización de esta misión, con el marchamo de renunciamientos y abnegaciones impreso por el maestro, sintetizará la vida de Claver. El campo escogido por la Providencia fue la ciudad y puerto de Cartagena de Indias. Era Cartagena una de las pocas ciudades que poseía el triste privilegio de la trata de negros o del ébano como Negritos de la Goajira colombiana,