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tivo, como el de la serpiente marina, y como este de los platillos volantes. El capellán Grijalba vio amazonas en el Yucatán, y a Valdivia le aseguraron que las había en tierra araucana. El padre Acuña escribe que son mujeres de gran valor y que siempre se han conservado sin ordinario comercio de varones, y cuando éstos iban anualmente al concierto, los i recibían muy bélicamente Como en Efeso y en Troya, cuando las capitaneaba, la reina PentesMea, muerta a manos de Aquiles, que luego la lloró por bella. Cuenta el padre Ribadeneyra que el capitán Hernando de Rivera juró al Consejo de Indias que las amazonas colindaban con los enanos y con la provincia del oro Anda en todo esto el dorado fantasma- -como lúcidamente demuestra el padre Constantino Bayle- un mito que, como todos, tuvo capacidad de mover á entusiasmos colectivos. Raleig no se queda corto y sitúa a las amazonas en las islas del Orinoco; además, estima que debe emprenderse urgentemente la conquista de aquellas tierras, ya que las amazonas, por simpatías naturales, ayudarán la empresa de la Reina Amazonas asaeteando enemigos. papagayos, que dice Fernández de Oviedo. Era la fuerza impetuosa del antiguo mito. Era el pasado de Europa transplantándose a América. Si se hubiese conoci 30 entonces la mitología nórdica, y con ella el matriarcado de las mensajeras de Odín. sin duda que, junto a las qu guerreaban, también se habrían visto a las que escanciaban hidromiel a los héroes muertos en el combate, a las mismísimas walkirias. Ds unas mujeres que luchaban junto a. sus hombres, cosa muchas veces vista y de siempre sabida, la fuerza reencarnadora de la leyenda hizo crecer uno de sus más delirantes avatares. Colón y Hernando de Soto vieron princesas gobernadoras, los demás pudieron ver mujeres peleando, defendiéndose al lado de los hombres del clan. Otros no vieron nada, pero lo creyeron, yr como siempre sucede, lo aumentaron al contarlo. Y faltó poco para que, redondeándose el tema, se viera también bajar del cielo el agua de las mamas amazónicas a manera de lluvia, detalle éste que faltó én la leyenda que resucitó el mito fluvial. Las amazonas hacen su ofrenda al principe Dorado. Isabel, virgen y amazona como ellas. Hernando de Soto, según me dice su biógrafo Fidel Blanco, vio en un lugar de La Florida una hermosísima amazona, que le dio perlas para cargar caballos, como aquella Anacaona que se encontró Colón en la isla Española. Lizárraga las vio en el Perú, y Jorge Espira pudo ver en las montañas de Venezuela una nasción de mugeres que no tienen marido, amaconas Otros las vieron en Bogotá. Vargas Muchuca las pinta disparando flechas a las hombres de Pizarro y dándoles combate con la macana, que manejan con rara habilidad. Un combate así sería el de Teseo y las mujeres de Antíope, pintado por Rubens. Fray José de Corbantes vio amazonas en las riberas del Orinoco. Un indio marañón dijo que en tal parte había una provincia muy grande de mujeres sin varones. Todos las vieron con el pecho cortado (como en la palabra griega que las designa) sargenteando hombres y muy ñeras e implacables. El padre Nóbrega las describe así: Sao estas Amazonas tao guerreiras, que vao a guerra contra eles. e os mais valentes que podem tomar, desses concebem. E se parem ñlho. daono a seu pai ou matam, e se filha. criam- na, et cortam- lhe o peito direito por razoa do arco. Y bien, ¿qué pudo haber de verdad en estos relatos que parecen sacados del friso de Halicarnaso? Es posible que Orellarta y otros vieran pelear contra ellos a las mujeres de alguna tribu, medio desnudas, con arcos y macanas, y ello bastó para que las imaginaciones calenturientas, propicias a la fantasía, alzaran sobre un natural suceso defensivo todo el hablar de Antonio Manuel CAMPOY Entre las amazonas había extraños seres sin cabeza, custodiadores del oro.