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Don Emilio Zola en su despacho. (Continuación. por su desocupada y regalada vida, que le da tiempo para sumirse en un mar de dudas y confusiones por tan poca cosa. Después le diré que todo es probable, pero que yo no trataré de averiguarlo para no sumirme, por tan poqUi to, en un mar de dudas y confusiones Si he de decir toda la verdad de mi sentimiento, declararé que por meticuloso- -y digo bien porque es escrupuloso con miedo- -por su afán de exactitud, cuando no viene a cuento, y por su manía de qu. erer llamar siempre al pan pan y al vino vino, le condenaría al castigo de unos días a pan y agua si tuviese poder para ello. La Rochefoucauld fue muchas veces a caza de pensamientos que no eran suyos para rehacerlos, y buscó con frecuencia- -y en esto sí hay plagio- -en los predios de Séneca y hasta de Salomón y de Job. y casi todos los pensadores breves y sentenciosos caen en el mismo pecado de retorcer lo ajeno, y lo mismo ocurre con refranes y adagios populares que andan por el mundo repitiéndose casi con las mismas palabras, alterando tan sólo el orden de colocación. Si nos acordamos de pensamientos clásicos, tomemos por ejemplo aquello de Homo hcmini lupus que los más atribuyen a Plauto. eí cual, en verdad, lo redactó de esta suerte: Lupus est homo hominí non homo nos acordaríamos también de que mucho después lo repitió Hobbes, y hasta caeríamos en la cuenta de que en eí fondo es otra vez, por la idea, la famosa lamentación de Jeremías: Maledictus homo qui confidst in homine. Si vamos a otras sentencias, encontraremos, pov ejemplo, aquella de que El sol y la muerte no pueden mirarse cara a cara aue Saint Beuvc atribuyó con admiración infinita al propio La Rochefoucauld, y lúe go- -lo que significa que se había dicho mucho antes- -la encontró otro escritor francés, el señcr Manevert, en una no vela de Cervantes. Y a propósito de Cer vantes, ¿hemos de atribuirle a Sancho Panza el conocido adagio más vale paja ro en mano que ciento volando porque fue Sancho el primero que lo dijo de esta suerte: más vale pájaro en mano que buitre volando Una paloma, un buitre, cien buitres o cien palomas, ¿qué más da? Podríamos acordarnos de otro adagio popular, que dice exactamente lo mismo: Más vale un toma que dos te daré y nos importaría un ardite quién lo dijo. Y la frase famosa Nihil sub solé novum ¿quién la pronunció primero? Yo sé quién, por casualidad; pero me lo callo- -por una vez, curémonos de fáciles pedanterías- porque además de las sentencias y máximas, cuando no las cita un historiador, no importa quién las dijo, sino la verdad que encierran. Y aun con todo y con eso, dicha verdad contiene otra que es su revés y su consecuencia, como la buena moneda tiene cara y cruz y yo sé de alguien que sentenció de esta suerte: Todo sufrimiento moral se ate núa cuando sobreviene un sufrimiento físico. Pero a los tres días agregó que todo dolor físico se atenúa cuando so breviene un sufrimiento moral Y, cía ro, se quedó tan fresco, aun cuando llegó un tercero que tomando el canto de ía monedj para sumar revés y derecho, ase guró que cuando duele mucho el alma duele también el cuerpo, y cuando due le el cuerpo sufrimos con cuerpo y alma. La verdad es que en esto de las citas hay que tentarse mucho la ropa, y no comprendo cómo no me he curado en salud después de una triste y graciosa experiencia: porque me ocurrió que discutiendo con un amigo, éste me dijo que se lavaba las manos, como Holofernes y tras corregirle yo: no, hombre, como Püatos me replicó muy tranquilo que no había noticia de que Holofernes no se las hubiera lavado también alguna vez Y esto es cuanto puedo contestarle a! lector encrespado, y perdóneme si callo su nombre y no discuto más, pues si no discuto nunca ni aun con mis compañe- 9: 1 de Queiroi, en 1889. ros de profesión, ¿cómo he de discutir con mis lectores, queriendo convencer uno por uno a los que, cuando no estén conformes con lo que yo digo, pueden dejar de leerme para no perder su tiempo, según yo no quiero perder el mío? Vaya una última confesión: la frase que motiva esta respuesta no la he leído en La Rochefoucauld; me la dijo, un momento antes de escribir aquel artículo, a raíz de un reproche, mi portero, disculpándose conciliador y humilde: Señorito, el corazón tiene sus razones que la razón no sabe. Me gustó, y por darle autoridad, se la atribuí a La Rochefoucauld, porque no pude sospechar que mi portero la hubiera leído en Pascal. Y ya confesé mi pecado. F, S.