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EL LECTOR SUAVE... Y EL ENCRESPADO Por FELIPE SASSONE ARA I03 dos escribo, y claro está que para todos, como que por ellos vivo; lo cual no quiere decir que viva exclusivamente para ellos. Porque ellos me pagan los pensamientos- -que a veces no son míos sino en el aderezo- pero no me compran el parecer, y cuando por buenos me roban la voluntad, para poner ésta en servirles he de servirme primero a mí mismo, por donde venderles muy baratita la verdad de mi gusto sin adular el capricho del suyo. Muchos lectores, los encrespados y ¡os suaves, y más éstos que aquéllos, me suelen escribir, de buen o mal talante, según el regusto que les dejaron mis palabras, y no quiero presumir de esta correspon dencia, como estoy seguro que la tendrán mucho más copiosa mis compañeros ilustres. Que ni a ellos ni a mí nos falte, que ¡ay! de aquel escritor que nunca reciba la piedra preciosa de un elogio o la china de río de una censura. Porque todo, por amot o por odio, revela interés, y la piedra de la honda irá a la onda, como advirtió Rubén Darío, y la gema del halago nos la prenderemos para siempre en nuestra gratitud. A los lectores suaves, preguntones discretos y elogiadores amables, su elo contestarles por grata cortesía en carta particular, por no hacer público mi propio elogio nt exhibir mi vanidad halagada, y a los encrespados nunpa públicamente y rara vez en carta particular, cuando no tengo más remedio, ya que aunque mi arreo es la pluma no es mi descanso el pelear. Hoy me importa atender a la indicación comedida de un defensor de Esa de Queiroz- -y bien vale lo que de fiende- -para que todos mis lectores se enteren de una aclaración que contribuye a limpiar más la fama de suyo lim- Mascarilla de Pascal. písima, del gran escritor lusitano. Mi comunicante, que por lo visto tampoco es vanidoso, no firma con su nombre, sino con una frase cariñosa, y refiriéndose a una coincidencia que señalé en mi último artículo entre una novela de Ega de Queircz y otra de Emilio Zola, acompaña su carta con la copia en su portugués original, de la nota que el autor de El crimen del Padre Amoro puso en la segunda edición de su novela, escrita en 1871, leída a los amigos en 1872 y pu blicada en 1874, mientras que La Faute del Abbé Mouret de Zola, sólo apa recio en 1875. Esto prueba que ya se había hablado hace tiempo de la vaga coincidencia temática; pero conste además que yo no la indiqué en tono de repro che, como mi artículo no censúrate a nadie, sino que pretendía, por el contrario, al marcar esa y otras coincidencias, defender a los escritores acusados, injusta y antojadizamente, de plagiarios. Si fue Zola quien se acordó de Ega de Queiroz en vez de éste del presunto inventor del naturalismo, tanto da- -es cuestión de fechas, que no son mi fuerte, como no soy historiador- y si ninguno de los dos se acordó del otro, que es lo más probable, miel sobre hojuelas, que yo con ello no intenté en modo alguno, por lo menos entonces, poner en la tela de mi juicio la reputación del autor de La Térre -y confesaré en secreto cómo abomino de esa novela calumniosa y grosera- ni mucho menos la del autor de La Ciudad y las Sierras que pongo sobre mi cabeza. Yo defendía a los acusados injustamente de plagio, y por eso traía a cuento, para ba Earme en ellos, los dos artículos- Apologie pour le plagiat -que escribió Anatole France. Otro comunicante, que firma con su nombre y apellido y disimula mal enerespamiento y pedantería, me dice- -son sus palabras- -que lo he sumido en un mar de dudas y confusiones atribuyendo en un artículo mío a La Rochefoucauld lo que ¿1 cree que es de Pascal. El pensamiento es el siguiente: El corazón tiene sus razones que la razón no sabe Me pide el hombre que le conteste públicamente, y así lo hago, aunque sin dar su nombre, como no soy agente de publicidad de vanidades personales, y lo primero que se me ocurre es felicitarle (Continúa. Hemos 4 tribuirle S ncho P nx tf conocido d ofo 4 Ms aja pájaro n manas...