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N amigo y yo nos dirigíamos en Berlín hacia nuestro barrio a las tantas de la madrugada. Hacía frío y sentíamos la necesidad de tomar algo caliente, pero todos los cafés estaban cerrados. En esto acertamos a pasar ante una tahona de la que salía un olor cálido y apetitoso de pan reciente. ¿Querrán hacernos aquí un JJOCO de café? -nos preguntamos. -Con probar nada se pierde- -nos respondimos. Empujamos la puerta y entramos en negociaciones con la panadera, que era una señora sumamente amable y aceptó en seguida nuestra proposición. -La Fany- -nos dijo, presentándonos a una chica muy desenvuelta que andaba por allí- -les preparará en seguida un doppelt moka Y, mientras hervía el agua, nosotros tomamos asiento ante una mesa cubierta con tin mantel de colores vivos que había en una salita detrás del mostrador. Era la hora en que todo el personal del establecimiento se dedicaba a hacer la distribución del pan. La panadera iba escribriendo nombres y números en unos cartuchos que le pasaba a su hija, quien los llenaba, acto continuo, de tiernos panscillos y. al contacto de aquella honesta y un tanto biblica actividad, mi amigo me declaró que su alma se purificaba y ennoblecía por momentos. Señora profesor escribía la patrona en un cartucho. Señora consejero secreto Müller ponía en otro. Y su hija cogía los panecillos humeantes y los distribuía cuidadosamente en los cartuchos. Mi amigo y yo nos interesamos mucho en aquella distribución y aprendimos bastantes cosas. El profesor y su esposa, por ejemplo, no desayunaban nunca con pan blanco. Los seis Brfidchen que recibían eran para sus hijas, nacidas en la época de la prosperidad de Berlín: U unas muchachas contagiadas por la moda francesa, por el- tango argentino y por la harina del trigo. El caso de los señores por lo demás, era el mismo de casi todos los clientes de la panadería. Examinando la clase de pan que la hija de la panadera iba metiendo en cada cartucho, mi amigo y yo nos complacimos, mientras llegaba nuestro café, en imaginar el número de personas de que se componían algunas familias berlinesas, la edad de estas personas, su sexo y sus costumbres. Luego nos trajeron el doppelt moka que, claro está, no era doble ni procedía de los cafetales de la Moca, sino, probablemente, de los de Hamburgo, pero que, por lo menos, tenia la virtud de estar bien caliente. La mantequilla se derretía sobre el pan recién salido del horno y tanto mi amigo cflmo yo nos dimos un verdadero atracón... Antes de la guerra del 70, Alemania no comía realmente pan. En su lugar usaba unas pastas duras y de un color oscuro que 53 llamaban Brot y, faltos de equivalencia para esta palabra, los autores de diccionarios la tradujeron por la palabra pan, pero el Brot no era pan ni muchísimo menos. El verdadero pan, el pan latino de corteza crujiente y miga elástica y esponjosa que sirve para empanar las cosas y para sopear en las salsas- -tengamos el valor de nuestros hábitos y de nuestr convicciones- -no se parecía nada al Brot Alemania había sido siempre un jraís pobre que ni pro- ducía apenas trigo ni podía permitirse el lujo de comprarlo. Vino la victoria, te consolidó el Imperio y las nuevas generaciones empezaron a comer pan blanco, pero los viejos seguían con el Brot que era lo suyo. Y esto fue lo que, por si no lo supiéramos ya, mi amigo y yo vimos con nuestros propios ojos un dia en aquella tahona de Berlín adonde llegamos de arribada muy cerca ya del amanecer. Nuestra estancia en la tahona duró aproximadamente una media hora y, aquella media hora constituyó para nosotros todo un curso de historia contemporánea. Julio CAMBA (Dibujo de Lorenzo Gofti.