
el cuerpo del gorrión, Poco tiempo ha dé pasar si que éste desaparezca. ¿Vosotros habéis visto alguna veis un gorrión muerto? ¡A que no! Un día, hace de esto muchos, llamó mi atención una pareja de gorriones que transportaba a otro, sostenido con sus picos. Pasaron volando sobre mi cabeza. Quedé sorprendido, sin explicarme aquello y deduje serian acaso unos padres que ayudaban o enseñaban a volar al hijo. Cual no sería mi asombro cuando a poca distancia una de las avecillas soltó la presa, o se le escapó el prendido, y la otra ave, sin fuerza para llevar por sí al conducido, le dejó caer. Yo, pasito a paso, me aproximé. Los gorriones al sentirme cerca volaron a ocultarse en la pompa de un olmo. En el suelo Un gorrión muerto: el que momentos antes abandonaron o dejaron caer los que le conducían. Sin tocar al pajarillo. como si no le hubiera visto, puesto qué sabía que los alados huidos me vigilaban y espiaban todos mis movimientos, me alejé poco a poco de allí, sin perder de vista el sitio donde cayó el ítorrlón. Me senté en un ribazo a cierta distancia y esperé. Pasaron diez, quince minutos... Vi perfectamente elevarse a los gorriones llevando con sus picos hacia una próxima alameda de negrillos el cuerpo muerto de su compañero Hice reflexión sobre esto, conté el caso y nadie supo darme una razón que me con venciera: una explicación que aclarara mi duda y dejara satisfecha por completo mi curiosidad. Desde entonces, y, cuando lie teñido ocasión, en el campo, en las eras, en los estercoleros, en todas partes donde los gorriones hacen su vida, donde se proveen del diario alimento, he proseguido mis observaciones y he sacado la consecuencia y casi la seguridad de que, cuando un gorrión muere, es llevado por los de su especie a un punto determinado donde su cuerpo queda escondido: como sea, pero desaparecido a la vista del hombre. ¿Es esto cierto? Yo quisiera que alguien me apoyara en esta idea y me diera por seguro mi razonamiento. He hablado a la ligera de la Inteligencia de estas aves, al parecer esquivas, huidizas: pero es que ellas, a pesar de su convivencia con el hombre, temen, como todos los animales, al hombre, porque el hombre tes ataca. Recuerdo un gracioso cuenteeillo sobre ios gorriones. Una madre, antes de que sus hijos, ya criados, salieran del nido para volar por su cuenta, les daba lecciones en
En el teléfono...
En la máquina de escribir
previsión ele que, debido a su inocencia, pudieran caer en manos del cazador, que tantos medios emplea para conseguir sus fines. Una de las observaciones que hizo la madre a los pajarillos fue ésta: Ya sabéis: cuando veáis a un muchacho que se agacha para coger una piedra, ¡huid! i Volad a lo más alto! Quiere mataros. Uno de los hijuelos, abriendo su pico de amarillas comisuras, preguntó: Madre: ¿y si el chicó trae la piedra en la mano? Tú ya puedes volar, contestó la madre. i SÍ I: el hombre a t a d siempre. Unas veces para procurarse el sustento; otras, por deporte, y las más, por demostrar la superioridad que tiene concedida ante los demás seres de la naturaleza. El ave reconoce en el hombre a su enemigo y huye de él. Mas cuando se convence, aunque, tarde en ello, de que el hombre se produce y muestra como amigo de ellas, se confía a él de tal manera, que le llama, le espera, le atisba en su llegada, se pone a sus pies y le recibe con piadas continuadas, que se traducen en un alegre? saludo. lAh! i Si en esos momentos pudiéramos o supiéramos interpretar su lettguaje! Yo les he visto hace a ñ o s en el Prado. En uno de los bancos de piedra, sentábase un caballero a media mañana. Se hacia conocer por u n o s tenues, cortos, pero continuados s i 1 Wdos. A sus llamadas, los gorriones acudían remisos, peréjsosos. debidamente precavidos, h a s t a convencerse de que era su diario amigo el oue avisaba. Entonces, éste tíesmi ¿aba un trozo de pan y los pájaros comían hasta en su extendida manó, ¿i la que llegaban los más audaces y glotones, como a un terreno c o nquistadí
Otros se posaban en sus hombros y hasta en el sombrero. Esta escena también tenía lugar por las tarde. A fuerza de repetirse una y otra vez, llegó un día que loa gorriones seguían los pasos de su bienhechor dando cortos vuelos de árbol en árbol, armando una sonora algarabía, en tanto que el hombre no cesaba en a silbos de especial llamada. Siempre, durante estas simpáticas escenas, me producían admiración los chicos, que, mantenidos a prudente distancia, miraban a los gorriones, extrañados de su. docilidad, de su inaudita confianza. Poco a poco, insensiblemente, Iban los muchachos cerrando el corro, hasta que los pajarillos, temiendo por su integridad, huían, ocultándose en lá frondosidad de loa próximos árboles. Entonces se daba por terminado el espectáculo, y sin ía menor objeción a los intrusos, aquel señor se levantaba del asiento, sacudía las pocas migajas de pan que habían quedado adheridas a su ropa; alzaba su vista hacia los copudos plátanos donde habían huido los alados, y se retiraba. Uno de los muchachos que aquel día contemplaba extasiado a los pajarillos, un arrapiezo, un gorrión como ellos, que y seguramente se buscaba el sustento con su modesto trabajo, pues llevaba a la mano una lata grande con broe ins de pintor, separóse del corro; sacó un cigarrii pidió lumbre a un soldado que pasaba, fumó, escupió, se limpió la nariz con la manga de su blusilla, dejó en el suelo el envase con las brochas y se rebuscó en el bolsillo del pantalón, haciendo mil contorsiones con él cuerpo. A poco mostró, sonriente, en. su mano un hermoso tirador de férrea horquilla y gomas encamadas. ¿Qué iba a hacer con la terrible arina? ¿Cuáles serían sus intenciones? Yo le observaba u cierta distancia. El muchacho, con el tirador recogido en una manó, volvió a suspender el cachivache de las brochas y resueltamente se dirigió hacia la boca de un imbornal, donde, después de arrojar el arma, se quedó un rata Inmóvil y pensativo. Luego siguió su camino. Le perdí de vista. Aquella mañana los gorriones habían conquistado un enemigo de los más crueles y encarnizados.
A.
a.
T.
(Potos V. Muro.