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Carmen EL PRIMER ES T R E p DE JACINTO BENAVENTE Y de la Comedia. Don Jacinto Benavente leyendo Gente conocida a Carmen Oobeífa y Emilio Thuliier sino que le prometió su estreno. Entonces, los empresarios y los directores tenían el valor, el buen gusto o la afición suficiente pata estrenar a un autor joven y desconocido y no ampararse en nombres famosos, con ¡más garantí externa que valor real, por aquella época estrenó mí. marido, otro novel recién llegado de Sevilla, sin más recomendación que su arte, su primera drama, Xa, muralla Sirvan estos jios ejemplos como retrato de una época menos comercial que la actual. A Einüiq Mario lé gustó mucho la comedia de Jacinto, vio el talento del autor y extrañó la forma. Nos leyó la obra, que a mí me encantó, porque; era la verdad de la vida, entusiasmo que compartí con Emilio Thuiller y con... Emilio Mario, solos los tres. Los cómicos, de tapadillo y a escondidas, se reían de Benavente y de su producción. Entre ellos estaban Miguel Cepillo, Sofía Alverá, Soledad López y Francisco ürquijo. No pongo sus nombres en la picota porque a nadie puede chocar que extrañarán un teatro que se salía 1 del que interpretábamos. Obras clásicas. Dramas en verso, más falsos que reales. Moldes viejos, que Jacinto y la generación de comediógrafos que le siguieron desterraron para siempre de nuestros escenarios. Se estrenó El nido ajeno y el público, como antes los cómicos, no entendió ni a 1 obra ni al autor. El público estuvo frío, yo diría hostil. Al final de los actos sonaron aplausos corteses y cuando terminó la i- epresentación, al salir Jacinto a saludar, hubo síseos y palmas de ia claque La gente abandonaba el teatro de la- Comedia sin hacernos ningún caso. Hubo una frase, en el tercer acto, que fue una carcajada general. La frase, desacostumbrada en escena por aquel tiempo, era: d estrené la. primera comedia de Jacinto. Hace ya muchos años, fue 16 de octubre de Í 894, en el teatro Jacinto Benavente, desde entonces amigo entrañable, era un muchacho Joven, delgadito, con una barba de broma y un humor desusado en la gravedad de las formas y de los tiempos; Yo en seguida simpaticé con él; había algo que me atraía: su juventud o su alegría; no sé, o quizá las dos cosas. Jacinto entraba en mi cuarto y no salía de él, hablaba por los codos y, cuando nos aburríamos, imitaba al elefante y al león. Todas aquellas cosas extrañaban a i compañía, pero a mí me ganaron, porqué entraba hablando y se quedaba solo, de salado q u eera, Benavénté; ra entóncés el niño del doctor Bena vente; nadie lo tomaba en serio- y menos que nadie, los óómicos. Aun Ja cinto no era don Jacinto, n fumaba puros; en cambio se comía, uno a uño, todos los bombones que llegaban a mi cuarto. Un día, el niño del doctor Benavehte escribió una comedia, se titulaba EL nido ajeno y la llevó a la compañía que dirigía Émüíó Mario y que encabezábamos Emilio Thuülier y yo. Emilio Mario leyó la obra y le gustó, tiero ño sólo le gustó, Dame un poco de magnesia. ¡Dame un poco de magnesia! ¡Qué atrevimiento! Decir aquella porquería en un teatro tíe iMadrid. ¡Cuando sólo se hablaba dé adulterios terribles, pero muy románticos i La comedia de Jacinto estuvo en los carteles unos días, muy pocos... Y no se representó ya hasta que Paco Morano ía eligió p ra su beneficio. Ahora Jacinto no está con nosotros. Su barbita no asomará a ningún otro escenario del mundo, ni el humo de sus cigarros perfumará ningún camerino. Yo no podré olvidar nunca, Jacinto, el calor de tu mano el día en que por primera vez saludaste desde un escenario. La mía te bendice, amigo. 1 Carmen COBBÑA I