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por todo el Continettte americano, y, ¡más concretamente, a los n o m b r e s españoles que salpican el territorio de las Estados Unidos, nombres que también son miel para los labios: León, Almadén, Laredo, Cádiz, Madrid, Duran gó, Toledo, Alhambra, Medina, Málaga, El Toboso... ¿El Toboso? ¡El Toboso, eso es! He aquí el ncmbre m á g i c o el n o m b r e áureo, el nombre del pueblo en que naciera la amadamas insigne de las amadas, la más universal y más duradera de cuantas tuvieron los a m a d o r e s E l Toboso es üii pueblo único n o s dijo el maestro Azorín cuando andaba en rute por la ruta de Don Quijote. ¿Y cómo, no siendo El T o b o s o úñ pueblo único, querría Oria na trocar par él su Londres? Pero no divaguemos: lo que ahora debe dejarnos estupefactos, no por escolar d e s c u bruñiente, es esto de que en los Estados Unidos de Norteamérica, en algún 1 u g a r escondido de Pensilvania- -no puedo precisarlo exactamente- existe un pueblo que se llamé El Toboso. ¿No seria verdaderamente revolucionaria la meditación que de aquí se siguiera? ¿De mojo que los Thompson, si ¿tener- que tomar el avión, sin tener que hacer turismo por los campos de la Mansha, pueden ir á El Toboso, bañarse, siquiera idealmente, en la amorosa luz del nombre del pueblo de la sin par Dulcinea? ¿Conque que los Thompson pueden, en mitad de un bar vanguardista, hablar como en su propia casa de la venta- donde el más bizarro de los caballeros veló sus incomparables armas? Pues bien si es así, enhorabuena, señores míos, albricias por usted y por sus h i j o s Mí. Thompson. Y sepa usted, amigo, que haíbita en la preclara aldea, que el nombre ¿deku r, pueblo natal es más ilustre que aquel que más ilustre sea. Y bien, ¿cómo será ese Toboso norteamericano? ¿Cuántos, cines cuántos automóviles, cuántos aparatos de televisión tsndrá? ¿Cómo viven las mujeres del Toboso pensilvano? ¿Habrá alguna que se llame Dulcinea? ¿No habrá allí ningún padrino que tuviera el buen capricho de poner a su ahijada el nombre de la amada inmortal? ¿Qué efecto nos haría, en una ciudad- vecina al pueblo norteamericano del preclaro nombre, en una ciudad de nombre inglés, naturalmente, oír a alguien hablar de Dulcinsa, del Toboso? ¿Seríamos capaces de imaginar que, en efecto, en los Estados ttoidos, Una chica pudiera llamarse Dulcinea y, lo que es más granda aún, qué tal moza, como una toledana cualquiera, naciera en Ha Toboso? ¡Qué de cosas, Mr. Thcmpscn, nos trae el nombre insigne, y cómo se acrecienta en él nuestra simpatía sor su país, amigo mío! De algo- quisiera enterarme; empero: quisiera saber si en ese Toboso hay algún molino de viento, y si es que no lo hay, quisiera- pídirle a usted que mandara levanta uno- -usted es rico y un molino cuesta poco y hasta le pediría que nan. dara poner en el molino una sencilla leyenda referida a la eterna mujer que íúé llama del Caballero de ola Triste Figura y gloria de su propia aldea. Un molino, ahí, en su Toboso norteamericano, sería algo increíble, y si dentro del molino instalara usted una bibliotequita cervantina, mejor que mejor. Yo, a modestísimo cambio, le prometo mi admiración, y hasta le aseguro qu gestionaré para el alcalde dj su Toboso el título de manchego adoptivo. ¿Qué le parece, amigo? Antonio Manuel CAMPOY.