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L A popularidad de la trucha de Cástrelo no se limitaba a Cástrelo ni a sus inmediaciones. En toda Inglaterra se contaban acerca de ella las historias más abrac. idabrantcs y raro era el año en que The Angler el órgano de los pescadores de caña, no publicaba una carta de algún inglés diciendo que, durante sus vacaciones a había, visto en Galicia y había estado a punto de pescarla. Ya saben ustedes que los ingleses son muy aficionados a la pesca de la trucha. Practican esta pesca con arreglo a unas normas que ellos consideran de la mayor equidad, renunciando al uso de redes y otros artefactos desleales para que la trucha esté siempre en iguales condiciones que el pescador, pero, con todo y observar constantemente estas normas tan caballerescas, yo, la verdad, no sé de trucha ninguna que haya pescado jamás a un inglés. Como digo, la trucha de Cástrelo gozaba de gran popularidad en toda Inglaterra y había ingleses de condición modesta que se imponían las mayores privaciones durante años enteros al objeto de reunir algunos fondos y poderse ir un día a Galicia para tratar de pescarla. Era, al parecer, una trucha gigante que, al decir de la leyenda, se salía con frecuencia del río y hacía breves incursiones predatorias por sus márgenes donde igual se zampaba una empanada de pollc- -si la familia que se disponía a hacer con ella una comida campestre tenía un momento de descuido- -que le arrebataba a un señor un puro encendido y aparecía luego con él dando chupadas y echando humo corriente arriba. Estas y otras hazañas, por lo menos, se le atribuían a la trucha de Cástrelo y- no faltaban per sonas dispuestas a iurar que ellas las habían presenciado con sus propios ojos. Nada tan espeluznante, sin embargo, como el rapto de ün niño de dos meses, que. según ciertas versiones- -lo que no es igual, ni mucho menos, que versiones ciertas o fidedignas- -la trucha había encontré mía especie de botón, que, 0 mucho rae engaño, o es un botón de carabinero. Todavía debe de andar por ahí. ¿Quiere usted que se lo busque? ¡Santo Dios! -exclamé yo entonces- ¿Es que, no contento con tragarse a los niños crudos, este monstruo le hincaba también el diente a los carabineros que hacían su servicio a las orillas del río? 1 Qué horror! Porque ya no me cupo la menor duda de que nos encontrábamos ante la celebérrima trucha de Cástrelo. No ante una trucha de Cástrelo cualquiera, sino ante la trucha que habia popularizado el nombre de Cástrelo en todo el Reino Unido. Así lo reconocieron también el médico y los demás comensales, entre los que figuraba el cura arrastrado una vez al fondo del rio para de Barbantes, gran aficionado a trudevorarlo. También se afirmaba que la chas, pero, de común acuerdo, decidifamosa trucha tenía ün arpón en 1 mos no decírselo a nadie. Renunciábalotno. Un pescador local se lo había cla- mos con esto a una gran satisfacción, vado un día y, de una sacudida formida- porque no todos los mas le es dado a ble, la trucha lo había roto, dejándole el uno el comerse una pieza de pesca o palo en la mano al pescador y yéndose de caza con tanta historia ni con tanta leyenda, un ejemplar cuya fama ha trasella con el hierro. pasado las fronteras, y al que sin exageYo estuve oyendo hablar de la trucha ración se puede calificar de ilustre, pero, de Cástrelo durante años y más años, y. a cambio del sacrificio que le imponíauna buena mañana, cuando mi pensa- mos a nuestra vanidad, le prestábamos Un miento se encontraba más alejado de ella. notorio servicio a la comarca. Hay que recibí, la siguiente nota del médico de tener en cuenta que la trucha llevaba Barbantes: Me han mandado de Cás- todos los años a Cástrelo cuando menos trelo Una trucha enorme. ¿Por qué no se dos o tres docenas de ingleses con sus viene usted a almorzar con nosotros y buenas libras esterlinas en el bolsillo nos ayuda a comerla? Fui y les presté- -entonces las libras esterlinas todavía a mis amigos una ayuda bastante eficaz, eran buenas- -y que, el día en que upero todavía sobró trucha. Naturalmen- piese que no había trucha, no habría te, mientras nos la comíamos yo plan- tampoco ingleses, con lo que la econoteé en la mesa la cuestión de su identidad. mía local sufriría un perjuicio bastante- ¿No tenía hierro ninguno en el considerable. lomo? -le pregunté a la cocinera que la De común acuerdo, pues, decidimos había limoiado. -No. Hierro no tenía, pero tenía, en decir- que lo que habíamos comido en cambio, algo así como una especie de ci- casa del médico de, Barbantes era un rodaballo, y, al año siguiente, todavía catrices. ¿Y en el estómago? ¿No le encontró hubo ingleses en Cástrelo. Julio CAMBA usted nada extraño en el estómago? -Pues sí, señor, En el estómago le (Dibujos de Picó. CÁSTRELO RV tí