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Por JOSÉ QARC 1 A MAZAS N estos momentos en que se inicia un acercamiento entre i Estados Unidos y España, las figuras de les esposos. Hun. s tington se agigantan, por el significado singular que su nombre tiene en el campo del hispanismo. Los Huntington no significan una amistad de conveniencia y circunstancial, sino una amistad sincera, leal y duradera, a prueba de todas las circunstancias. De Archer Milton Huntington ya tratamos en nuestro anterior artículo. Como poeta dedicó a España las más bellas y sentidas estrofas que jamás se le hayan dedicado en lengua inglesa. Como hispanófilo consagró por completo m yida a fundar y organizar la biblioteca que regaló a Nueva, Ycrl The Hispanic Society oí America Como amigo de España ignoró siempre la transitoriedad de las advoca c. rcunsuncias t n el campo de las relaciones hispanonprteamericanais. Precisé resumir el historial hispanófilo de Mr. Huntington para tratar ahora de su esposa, la gran escultora de renombré universal. Mrs. Anna Hyatt Huntington, porque, según ella misma nos confesó, la inspiración de los temas hispánicos de sus obras se Cebe a la influencia personal de. su marido. Cierto que antes de conocer a Mr. Huntington personalmente, doña Ana Hyatt ya conocía y admiraba- -a, los diecinueve años de edad- -erpoema del Mío Cid y el estudio que sobre el mismo había hecho el que más tarde fue su esposo. l? sro cuando se documentó y decidió hacer la estatua. ecuestre del héroe castellano, fue después de su matrimonio con Mr. Archer M. Huntington. El que conozca la estatua del Cid que esta escultora regaló a Sevilla en 1927 se preguntará- -como le ocurrió al que esto escribe- ¿cómo pudo una extranjera interpretar Babieca que tan bien se ajusta a la dignidad, nobleza y poder del que lo monta? La insigne escultora me aclaró este el caballo que monta El Cid no es el producto del concienzudo estudio de la obra, sino el puro resultado de su libre imaginación artística Í Es ésta una característica del arte neoclásico norteamericano- -imaginación- -y muy peculiar en esta especialista en cuadrúpedos. En la lucha contra el realismo servil, pero inigualable, de- lia cámara fotográfica, el artista norteamericano se ha sabido v er de su poderosa imaginación para remontarse por encima de lo que no puede mostrar la fotografía: expresión y movimiento. Anna: Hyatt Huntington representa, quizá como ningún otro escultor norteamericano contemporáneo, estas dos características del neoclasicismo. Es curiosa la anécdota que mé contó doña Ana sobre ¡su imaginado Babieca Cuenta que cuando el Rey de España vio por primara vez la estatua del Cid que ella había regalado a Sevilla, le dije: Yo siempre quise saber qué clase de caballo cabal- gaba el Cid. Ahc ¡i al ver el que usted modeló, coincido con usted en que éste es el único caballo digno de haber sido montado por el héroe castellano. Lo que más se ajusta al poema del Mío. Cid dé este grupo escultórico es el Cid mismo. Su actitud, su gesto altivo, su brazo esforzado portando- el staridarte, su posición de jinete éru uidG, la robustez musculosa de su tórax, todo parece tomado fielmente de la descripción que del héroe medieval nos da en castellano arcaico la mencionada obra. Además de la copia que de dicha estatua hizo la señora Huntington para situarla n el centro de la plazoleta de The Hispanic Society of America en Nueva York, también regaló a Buenos Aires, San E ie- go y San Francisco (California) copias de esta gran obra. El último Rey de España le concedió la Gran Cruz de Alfonso XII. No hay otro escultor en el mundo que tenga tal honor. La estatua del Cid, junta con la de Juana d? A ce, elevaron a Anna Hyatt Huntington a la cúspide de la fama. Los críticos- de arte en los Estados Unidos no dudaron en afirmar que estas do; piezas, escultóricas son las obias de mayoi envergadura que jama haya llevado a cabo mujer algun, i en la Histona del Arte rn lin, Ui Estatua, del Cid obra áe Auna hyatt Huntmgion. y.