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libró así a cientos de miles de hectáreas de agricultura, siendo pagado espléndidamente por este servicio. En sus emisiones marxistas alzó a las subeapecies, contra las razas, a las especies contra los géneros. Prometió amor a las obreras castradas, y ojos y luces de primavera a las hormigas ciegas. Insurreccionó a los machos contra las Repúblicas de las Madres. Y obedientes a su voz, las hormigas bombonas, colgadas como odres colectivos, se alzaron contra sus Señores, a r grito de no más bodegas vivientes. Fue un Marafc, toda una Revolución Francesa, en los gigantescos Imperios babilónicos fundados por la Fórmica Exseetoides cuyo nidos, comparados con su tamaño, son ochenta veces más altos que las pirámides de Egipto, con respecto al Hombre. Y los campesinos de Pennsylvania le premiaron con suculentos chisques. Lanzó minúsculos Trostkys y Lenines, que formaron su Soviet de obreras y soldados, contra las aristocráticas Sanguinas europeas, valientes y esclavistas, y derribó sus Romas y exterminó sus ganados de pulgones. Se apoyó en las cobardes Glebariaí a las que enardeció cen himnos y arengas. Lanzó a las Alpini contra las Trotanorium pasó a sangre y fuego a las australianas Cabeza de Caballo y enseñó a usar a las pacificas y afeminadas Praitensis su terrible veneno, hacia siglos olvidado. Fue, ssgún J e convino, un Alejandro Magno de las Dorilinas carnívoras de América; del Sur. a las que llamó para alentarlas las que nunca huyen y compuso un himno- -como en Cataluña- -para sublevar a las Segadoras, e incendió millones de jardines y huertos subterráneos. Como Mahoma, practicó la Guerra Santa entre las Hatjíegnatus Cruentatus que saltan medio metro apoyándose en sus desmesuradas mandíbulas, y justificó y aplaudió el regicidio de las Dacapitans que sierran los cuellos de sus reinas. Hans ablandó con inmundos parásitos eteromanos a los grandes Aquiles enemigos. Practicó el racionalismo en los Imperios que quiso abatir. Resucitó entre las Ecitones la esperanzados, religión de la Mano, haciéndoles creer que era suya y aliada aquella mano neolítica que hace miles de años desbarató a un hormiguero; y fue el propio Hans quien renovó la guerra no ya milenaria, sino de millones de años, entre las hormigas y las termitas. Billones de muertos fundaron el pedestal de su gloria o tal vez de su crimen. Y sus insectos- espías le avisaron de cuándo iban a abrirse los misteriosos termiteros, ofreciendo una fácil presa a los pájaros e incluso a los negros indígenas. Madras, el Congo, Ceilán vieron, con alegría, cómo después de contratado el ingeniero sueco, disminuía la peste de los termes. Sus gigantescos Nueva, Yores quedaban vacíos, y la cuenta de Hans en los Bancos de Nueva York se henchía continuamente. También el Destino del panal fue modificado, porque conocía perfectamente el lenguaje de las abejas. Hans propuso a los agricultores acabar con las malas razas que usufructuaban el polen áe las flores, y contra ellas levantó a los vencidos zánganos. El dulce mito de Miel de Abril sacrificada junto a su amado Rocío Real fue utilizado en sus programas políticos. Los zánganos, reblandecientes de ojos, lujosos de penachos, recuperaron el poder. Poco después vino la ruina de los panales y el ocio y el vicio dejaron vacíes de miel a los perfumados lagares. Con las enormes Apis Dorsata aniquiló a. las débiles Apis Florea Y las tristes y enlutadas Caücodomas abejas- albañiles, dejaron can la extinción de su débil raza de visitar a las corolas. Ya soy- -escribía vanidosamente en su cuaderno- -el dueño de la Primavera. Si alguna Nación solicita mis servicios, puedo, por medio de mis intrigas en las colmenas, hacer desaparecer a todas las abejas de un territorio y con ellas desaparecerán más de cien mil especies de plantas üüe estas abejas fecundan. Con la muerte de éstas plantas puedo suprimir especies de animales y matar de hambre a los ganaderos. Está en mis manos el alterar los planes de la Creación, modificar el clima, la fauna, la flora y trastornar ei destino del Hombre. ¿Comprendéis por qué Háns no utilizaba, ningún insecticida para combatir a estas plagas del campo, y por qué se hacia pagar, lujosamente, sus campañas? Los contratos le llovían. Los Gobiernos sé lo disputaban. Sabía explotar al individualismo como una bomba atómica, entre los tediosos insectos sociales. Podía dar un nombre y salvar a la célula del inmenso cerebro colectivo, transformarla en héroe; podía introducir la muerte individual, hasta entonces ignorada, en su inmortalidad colectiva. Pero los insectos reaccionaron. Vieron en aquella intervención sobrenatural algo que iba a destruirles a, todos. Los Senades Secretos enterrados, empezaron a reunirse en sus titiebfcs. Sabiamente, durante millones de años, los insectos habían aguardado su hora. -Sabían que a la larga sólo ellos reinarían sobre el planeta. Los insectos del mundo declararon la guerra: a Hans. Y éste emr- ezó a replegarse. Evacuó las regiones tropicales; huyó hacia el Norte apoyado en sus aliados. Llevaba cuatro años retirándose. Su diario era patético y deslumbrador. He perdido- -escribía- -a Australia; mis mejores regimientos se baten en el Congo Belga. Formosa está sitiada. Se han. pasado al enemigo todas las razas de las Dorilinas. VEMOS A LOS INSECTOS- -Ha venido la luz- -comentó don Ángel. Porque en aquel pueblo sólo la daban de nueve a doce de la noche. Entonces se iluminaron los radiorreceptores, too teletipos y los aparatos de televisión, l Nos quedamos aterrados! Porque de repente, como gigantes monstruosos, vimos y oímos los insectos, En la pantalla aparecían rostros fabuloso con mihs de ojos, con mandíbulas con trompas, sin perfil ni frente, vibrando sus antenas, con enormes parásitos colgados de las comisuras de sus bocas, para no desnivelarlos al andar. Escuchamos unas salmodias lúgubres, lejanas al principio. Y luego atronaduras. Era, sin duda, el himno amenazador del termitero. Se oía su programa. Era la primara víz, después de Hans- -que ya no escuchaba- -que unos oídos de hombre oían el alarido de una hormiga; era un voz ultraterrestre, chillona como la interferencia de la radió por una. tormenta, pero con algo de bramido animal, de rugido de entrañas. Ños llagó un mugido espantoso, de recién parida, de vaca inmensa, de la Reina de las Abejas, golpeándose contra las. celdas selladas. Las cintas del teletipo, como una serpentina cansada, calan y se enrollaban en el cssto. Traducían, al inglés, aquella voz, aquellos alaridos minerales, aquellas carcajadas sin piedad, Todos cantaban, gritaban contra Hans y sus aliados. En vano el Jefe de las Decapitan arrastrando sus entrañas por el suelo, hafcía intentado detener a los enemigos en el suelo ds España, al írente de sus Batallones Sagradas La Falange macedónica de las abejas, mandadas por Antena de Abril habla sido diezmada por múltiples Don Opas, que en infinitos Guadaletes se habían pasado al enemigo en las batallas decisivas. Millones de millones de termitas subieron desde el trópico, desde las selvas del Congo, desde las hojas calientes del Amazonas americano; de las selvas, podridas de vida, de Sumatra y de Borneo, hacia. la clásica claridad del Mediterráneo. Venían ondulantes, convirtüudo los muebles y las casas en fantasmas en hueco, en puras formas sin materia, royéndolo todo; con sus fabulosas mandíbulas. Hans narraba en sus Memorias aquella marca, devastadora. En un poblado negro hablan dejado convertido en mondo esqueleto, sujeto por una cadena, al jaguar qué guardaban una jaula de hierro. En Egipto convirtieron en muebles de papel toda la lujosa residencia del gobernador inglés. Todas las últimas ¡páginas del Diario de Hans eran desalentadoras. l a s palabras avanzan avanzan se retsetian incesantemente. Y las radios continuaban atronando en nuestro derredor. Sin duda estaban celebrando la victoria. Más adelante escribía: He prendido hogueras delante de mi ventana para ver si el humo las detiene. El día 4 escribía lo siguiente: Todo está perdido, el Campo está en calma, ni un solo insecto visita a las fiares. Están preparando el asalto final. Esa misma noche Hans murió asesinado por los insectos. LA ORAN VENGANZA La ventana había quedado abierta. Miles de millones, billones, trillones de termitas, de hormigas, de abejas con corseletes dorados, -con mandíbulas, jeringa venenosas, berbiquíes, sierras, aguijones, debieron caer sobre él cuando estaba dormido. No pudo despertar. Los infinitos y sutilísimos venenes paralizaron su sistema nervioso. Tóxicos que parecían venidos de otros planetas le pararon el corazón. Por eso. aparecía tranquilo sobre su cama con una. vaga y fugaz expresión ida espanta, que únicamente se había refugiado en su boca, -Hans- -expliqué mis sobrecogidos compañeros- -ha pagado esta noche su gran pecado. Intentó penetrar en lo prohibido, alterar la evolución misteriosa de las Especies. Quiso tener en sus manos un atributo de la Divinidad. Y eso sé paga. -Pero no hay ningún gesto inútil- -contestó don Ángel- Como la piedra en el rio hace ondas que se agrandan hasta la orilla, así se agrandará el paso de Hans entre los insectos. Los millones a M transcurridos entre la Creación de estos pequeños seres hasta interferencia de Hans son unos segundos en la vida de la Tierra y su Era verdadera comienza on este hombre que yace muerto en este w Sí- -añadió don Mariano- ha trastornado tsara siempre las líneas de su Destino, y si algún, di los insectos nos sustituyen y son lod futuros reyes del Fianeta. Hattf será responsable de su triunfo. Lucía un sol espléndido. ¿A qué hora- -pregunté- -es el entie- -A la una, tíespués de la Misa Mayor. Apoyé mi mano en el chopo cercana a la ventana de Hans para; no caer en un charco. Y vimos, con terror, que el inmenso Árbol caía sobre nosotros, y va nos dábamos per aplastados y mal heridos. Pero no sucedió nada. Porque el enorme chopo no existía. Era un fantasma, de las termitas eme sólo conservaba su figura. Sobre nosotros llovió únicamente un furioso serrín d color marrón. -Desde este árbol- -4i je- -debieron esperar agazapados la misteriosa señal pata saltar al cuarto de Hans. Todo el pueblo acompañó al cadáver, llevado en hombros, ñor el mal cuidado cementerio de la aldea, lleno de zarzas y morados car- dos, entre las cruces de madera, caídas. Entre las malvas del cementerio civil, unos pobres burros, con mataduras y llagas del aparejo, pastaban despreocupadamente. Ni un solo insecto apareció en aquella, jubilosa mañana de abril. El campo guardaba luto, o callaba, rencoroso. Únicamente, cuando todos hubieron desfilado sute la tumba y ya nos marchábamos del camposanto, vimos a una abeja zumbadora que, como una bolita de oro, vibró un momento sobre la blanca lápida. Había cercanas unas malvas reales, pero no las visitó. Era, sin duda, un emisario, el primero, que venía a cerciorarse sí su dios había sido enterrado, o acaso vigilar (en nom tore de (tantos insectos que mueren en gusanos y reviven en mariposas) su posible resurrección... A. de F. (Ilustraciones de Brufau. cuarto.