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El domicilio conyugal Mujer apuñalada por su maildo. (De los periódicos. E N un nospital madrileño agoniza una mujer, víctima d doce cuchilladas. La noticia, extraída da. entre las que pregonan el discutido Pnemio Nóbsl, el nuevo estatuto de Trieste, el repugnante asesinato de Bobby Greenlease, o la catástrofe de Cestona; pasa inadvertida, cuando no por vulgar, deja de ser aleccionadora, ya que al ahondarse en las razones que llevaron a este final sangriento se pone en claro que la muerte de la desgraciada mujer la provocó la convivencia, una convivencia, que, (por humanidad; debió de ser evitada. La historia es realista, amarga. Un marifio que se ciega a entregar a la esposa el producto de su trabajo para inantener a la familia, compuesta por los padres y tres hijos; una esposa, que, a fln ds sacar adelante a esa misma familia, se afana en tareas agotadoras, de la mañana a la noche. A menudo, ruega al marido que cumpla con su obligación de jefe de la casa. El marido se limita a golpearla. limité bastante suave en un hombre que llegará hasta el. parricidio. De estos golpes existe constancia abundante en la Comisaría dei distrito. Se me dirá, por el público ingenuo, que antes de dejarse matar, esta mujer pudo separarse legalmente de su marido, invocando la causa segunda del artículo 105 del Código Civil. Un grave obstáculo, sin embargo, se lo impedía: la escasez de vivienda. v H Nuestro Código Civil, tan injusto córi la mujer en la mayoría ¡áe Sus instituciones, no podía hacer una excepción con la esposa, y la casada que se vé en el trance de pedir la sElparaeión; aun en aquellos supuestos en que su inocencia está comprobada, ha de pasar por el previo depósito, que en este caso habrá de ser realizado fuera del domicilio conyugal, y ya el proceso de separación en marcha, el juez le entregará, o no le entregará, los hijos, los bienes muebles, Ajará una pensión alimenticia, pero lo que ningún magistrado sentenciará- -entre otras razones porque carece de facultades para ello- -es que sea la esposa la que permanezca en él domicilio común y sea el maridó culpable el que lo abandone. En otra época, la medida, aunque injusta, planteaba problemas secundarlos; hoy, esta parcialidad, lleva a las doce cuchilladas. Qué duda cabe que en estos tiempos, en que el desequilibrio e tre habitantes y habitación ha t? lanteado un problema dé gobierno y ha dado vida a una ley tan revolucionaria como la de Arrendamientos Urbanos, pocas mujeres se arriesgarán a dejar su casa para lanzarse a la aventura de vivir debajo de un puente, o en un cuarto de renta nueva e inaccesible. La mujer qué se encuentra en esta situación se resigna, y aguanta hasta eljímite, que, como en el supuesto que nos ocupa, es la propia vida, La defensa de la familia cristiana, imprescindible para el logro de una s? azduradera, se consigue con la convivencia pacífica, equitativa, en la que cada cónyuge lleve. su carga y cumpla con su deber. Es contraproducente para este logro el ejemplo a los hijos de la repetida mala conducta del más fuerte, qué lo es sólo porqué le mantiene una ley arbitraria. Los señores jueces deberían tener facultades para otorgar la titularidad del domicilia conyugal al cónyuge- inocente, en este casó a la esposa, ya que, en definitiva, el domicilio conyugal es la casa de la familia; y no la casa del marido cómo dice la ley. La familia ganaría a moralidad y buenos ejemplos, y los hijos varones conocerían a tiempo- que su mala conducta futura no se verá salvaguardada por el Código Civil, aliado circunstancias 4 e momento, de escasez de vivienda en este caso. Los buenos padres, que por lo general son también los buenos maridos, adquirirán la certeza de que sus hijas quedaban liberadas de una suerte dura. Esa mujer, que a la publicación ¡de estas líneas quizá ya no sea, representa algo más que la protagonista de un suceso- de sangre; representa un símbolo: el tfe la buena esposa, excelente madre de familia, a ia que una injusticia de la ley llevó al inútil sa- criflcio de su vida. No permitamos ue su caso se repita. Hora es ya de prevenir, en lugar de lamentarse, de escoger el camino del diálogo y no el de la violencia, cuando se préténiije implantar na reforma justa. En apoyo de mi teoría diré que en el Congreso de Abogados celebrado en Madrid el pasado año se puso de manifiesto la necesidad de reformar la ley en este sentido, y como detalle digno de tenerse en cuenta, señalaré qué fueron los abogados sacerdotes, a los que sus circunstancias hacía imparciales, los que se pronunciaron a favor de esta reforma. Mercedes 1 FÓRMICA Letrado del I. C. de A. de Madrid micas, puede dese gedia semejante a