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D I i F 11 O I L U T R A DO D E INFO RMA C I O N G E N ERA L DIARIO itus- e T R A D O D E 1 NF 0 RM A G 1 0 N G E NER A L J LOS THOMPSON, EN ESPAÑA r a RAN apenas las diez de la maña r na cuando UeL gamos a casa de nuestros ilustres abuelos los t r o g 1 o d i t a- s. M r s Thompson saltó de su caballería al suelo y se acercó a la boca de la caverna. Un aire frío y húmedo que salía de las entrañas mismas, de la tierra bendijo su rostro perlado por el sudor demudado por el cansancio. El viaje de la víspera p pr una carre tera de infierno- -diecis i e t e veces obstruida por peligrosos derrumbamientos- el madrugón; la salida al clarear el día por un camino vecinal en que eí coche, entre otros obs táculos antitanques que fue venciendo, tuvo que vadear un río, y. por último, la excursión a caballo a través de la montaña, bajo un sol todavi niño, pero por ello cruel, la habían agotado hasta el extremo de recibir ahora como un bálsamo este viento que. desde el interior de la caverna, llegaba hasta ella, ensortijando su pelo, secando el sudor que como rocío diminuto humedecía su frente, abrazando y cíñendo, en fin- -el viento siempre galán- el contorno de su talle. A lo largo del penoso recorrido (a caballo, sí, pero de burros) -Mrs. Thompson, qué no había visto nunca este animal antes de ahora, salvo en el Zoológico de Washington, exclamó varias veces, palmeteando cautivada, que aquello era muy pintoresco. Su marido, derrengado sobre un rucio anquiseco y saltarín, le dedicó una feroz sonrisa, que imaginé de Holofernes al sentirse decapitado por Judit, y no dijo nada, pero pensó de seguro cuánto mejor sería llegar al soberbio escondrijo al que nos dirigíamos a bordo de un Chrysler o de un Cadillac. En efecto; siendo el objeto de nuestro viaje introducirnos en la Edad de Piedra, resultaba, como decía Mrs. Thompson, muy dentro de su ambiente que el paisaje no tuviera modificación alguna sobre el que ya existía en tiempos de los trogloditas. Pero no creo que ello sea precisamente motivo de orgullo para nosotros. Porque es preciso decirlo antes que la pluma se nos dispare hacia el portentoso espectáculo que íbamos a presenciar; para llegar a la Cueva de la Pileta, una de las que en España encierra más bellezas naturales a lo largó de los tres kilómetros de sus galerías hasta hoy descubiertas, una de las más ricas de la Península en yacimientos de cerámica, en restos humanos y en animales de la prehistoria; la que ha servido de preciosa cantera para enriquecer, entre otras salas arqueológicas, las del Museo Británico de Londres; la que encierra mayor número de pinturas paleolíticas y neolíticas del Universo; una de las cuevas, en fin, de más interés histó- E LA JOYA ABANDONADA nuestros pies, inmensas catedrales de Gaudí. labradas al correr de los siglos por el meior arquitecto que Dios Via regalado a la tierra: el agua. Soberbias columnas, blanquísimas algunas como el mejor mármol de la Serranía de Ronda, nacaradas otras por rubios reflejos de conchabo sonrosadas en un perenne rubor. Grandes cortinas de piedra caliza recogí das en inverosímiles repliegues y dobleces y tan finas y transparentes que a su través se veia la luz de un petromáx polarizada en rojo, como si éYi vez áé agua destilara sangre; C a s íadas petrificadas, como ríos que estuvieran despeñándose cuando de pronto Dios suprimió el movimiento. Candelabros con s u s brazos desbordados por Los Thompson camino de la Cueva de la Pileta. la cera: una cera de mentira, que engañaba rico del mundo, estaba pesar de haber a la vista, cómo si estuviera tierna. Y en s i d o declarada Monumento Nacional una- -valga él símil por aproximación- -hace veintinueve años- -escondida, apartainagotable policromía de formas fleda, casi diríamos que prohibida para el cos, alas, nubes, rayos, formando las, bóacceso normal del turismo extranjero o vedas y las paredes de estas naves natura español. les, por cuyos suelos corre limpísima el Entramos en la cueva con el respeto de agua, escondiéndose aquí, remansándose quien penetra en un santuario. Abría la allá, en lagos pequeños o en grandes aveexpedición un hombrecito raído y des- nidas, en cuyo espejo se refleja, multiplicándose por dos, está loca arquitectura. dentado, de mirada inteligente y rápida, De pronto, Mrs. Thompson dio un grilabrador de un modestísimo predio vecino. Tras de él, siete expedicionarios, y to de terror. Desde el más allá de la guardándonos las espaldas, un horn- caverna surgieron unas notas, unos rubrón pequeño y corpulento, de gran- mores, unos sones extrañísimos nunca des orejas puntiagudas, ancha nariz aplas- antes de ese momento oídos por los tada y gruesos labiogí carnosos, ibero Thompson; ni por mí, ni por casi ninsin mezcla o tartesio o camita, como los guno de los que allí estábamos. Era Murestos de la cueva de la Pileta, a quien ñoz, el sherpa Muñoz que estaba gol; Mr. Thompson calificó en seguida, con peando con una piedra un órgano natuun cientifismo muy a la americana, de ral, formado por rocas huecas, que al pura raza troglodita y a quien su mu- tener distinto espesor y longitud, produjer, por ser quien cargaba con nuestros cían también distinto sonido. La melobultos, bautizó, no sin gracia, con el ape- día que así se producía tenía resonanlativo de El Sherpa Muñoz cias atávicas, raras vibraciones. El menos imaginativo de los horffbres, el maAl penetrar en la Caverna percibí lo pobre que es el humano lenguaje para yor enemigo de la fantasía, el más apeexpresar tanta maravilla. Ante nosotros gado a las realidades numéricas y visise alzaban o E despeñaban, invertidas a bles (y este hombre es Willie R. H. Thompson) no podría, y no pudo, en efecto, dejar de percibir junto a sí la vivencia de los hombres cuaternarios golpeando aquellas paredes polifónicas para danzar ál ritmo de sus primitivas PARA LA BELLEZA DE SU PIEL melodías, al son de sus canciones primigenias, en honor de sus dioses, implorando ag ua o celebrando los sangrientos sacrificios de los quí, algo más lejos, habríamos de encontrar pavorosas huellas. Los pelos se erizaban sobre la piel al son de aquella música cavernaria, más aún EN CASA Y AL. SOL que al encontrar en el último extremo TAMBIÉN ES UN de una sima el esqueleto dé una muchacha de unos diecisiete años y de cuatro PRODUCTO mil de antigüedad, que yacía boca arriba sobre el suelo, fosilizada, mineralizaCHLORODONT da, vuelto el rostro pulverizado hacia el LEOCKEMA