Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
B ha dicho que cuando algún viajero procedente de Madrid visitaba en su residencia de Inglaterra al duque de Wellington, la conversación giraba siempre en torno a la venerable figura del general Castaños, por quien el héroe de Waterloo sentía singular afecto desde que las espadas de ambos brillaron balo el mismo sol en las memorables jornadas de Vitoria y los Arapiles. Algo más joven lord Wellesley. que el general español, sentía renacer 1 ilusión de una esperanza cuando se le decía que el vencedor de Bailen paseaba aún su ancianidad gloriosa por los senderos soleados de los Jardines madrileños. Ninguno de los dos imaginaba que el destino que estrechó su amistad en los campos de batalla habla de reservarles la postrera casualidad de hacer coincidir en M breve espacio de tiempo el final de la n existencia de ambos: pocos días después de la muerte de Wellington ocurrió la de Castaños, en el mes de septiembre de 1852, hace ahora exactamente un siglo. Breve y sencilla es la biografía del du 1 que de Bailen. Descendiente de una noble familia madrileña, fue nombrado muy jo. ven capitán de Infantería por el Rey Car los III. intervino en la guerra de Siete Años, y luego en todos los conflictos que se sucedieron en la época de aquel monarca y en el tormentoso reinado de Carlos IV. Luchó en el bloqueo de Oibraltar, eti Oran y contra la Convención en los Pirineos Occidentales, alcanzando en esta época el grado de mariscal de campo, sufrió destierro en Extremadura por orden de Oodoy. que le catalogó entre sus adversarios políticos, hasta que, ascendido a teniente general, se reintegró al Ejército para asumir el mando del Campo de Gi- EL GENERAL CASTAÑOS S braltar. Falleció en edad muy avanzada, adornado, de cuantas dignidades puede alcanzar quien faé símbolo y representación de una de las epopeyas más brillantes de nuestra historia. No estaba considerado Castaños en su época como un estratega de primer o r d e n Pero al producirse la invasión napoleónica se asoció abiertamente al movimiento de independencia Que conmovió a la nación, dirigiendo con extraordinario acierto la victoriosa hazaña de Bailen, que h i z o cambiar en. tierra andaluza los planes ambiciosos de un Ejército que había cruzado Europa sin hallar a su paso un enemigo capaz de contenerlo. De carácter franco, generoso y afable, mostrábase el general español indiferente al aplauso y la lisonja, sin que los halagos de la fama lograran conmoverlo La agudeza de su Don Francisco Javier OastaAos, duqu de B ii n. ingenio cristalizó en curiosas anécdotas, que fueron celebradas en su época, y, salvando la distancia sino en sufragios y limosnas a familias nedel tiempo, llegaron a nuestros días, sin cesitadas... perder un ápice de su espontánea natuAunque las humildes disposiciones tesralidad. tamentarias de Castaños se hicieron públiEntró Castaños en Sevilla, tras la vic- cas en la Gaceta de Madrid como ejemtoriosa jornada de Bailen, ajeno al en- plo de su extremada modestia, sólo en partusiasmo de una multitud que le aclamaba te pudieron llevarse a la práctica por hafervorosamente. Mi general- -se aventuró ber acordado el Gobierno que el cadáver a indicarle uno de sus ayudantes- ¿no ad- del héroe nacional fuese conducido con los vierte usted el sincero regocijo con que máximos honores a la iglesia de Nuestra este pueblo aplaude a su libertador? Sí Señora de Atocha, lugar de su enterra- -contestó Castaños- estoy presenciando miento. La Corte, que había seguido con mi Domingo de Ramos, pero no olvido que vivo interés desde el Real Sitio dé San Ilun día puede llegar mi viernes Santo. Y defonso el curso de la enfermedad del iluseste Viernes llegó, efectivamente, en- la des- tre soldado, regresó inmediatamente a Magraciada batalla de Tudela. drid para que la joven Reina Isabel n puEl gobernador de la plaza de Oibraltar, diese asociarse al duelo nacional y asistir duque de Kent, tuvo la galantería de invi- personalmente a las exequias oficiales. tar a Castaños en cierta ocasión para que Por Real Decreto se ordenó que revistase las tropas de la guarnición Ingle- pada del duque de Bailen figurase la esen el sa. Presentóse a caballo el general espa- Museo de Artillería como recuerdo permañol y en traje de gala. Podéis mandar, mi nente de quien había forjado para su pageneral- -le dijo el duque- como si estuuna de las victorias más rotundas: vieseis al frente de vuestro propio Ejérci- tria objeto glorioso y el breve bastoncillo to. Perfectamente- -contestó! Castaños este sirvió de apoyo al cuerpo vencido de con fingida gravedad e intencionada fra- que se se- que desfilen vuestras fuerzas hacia Castaños en la última época de su vida, rePuerta de fierra para que mis soldados conservan actualmente, entre otros Baicuerdos de la memorable jornada de entren a tomar posesión de esta plaza. La len, en ese relicario de la historia castreninesperada y aguda respuesta provocó la se de España, que es el Museo del Ejército. hilaridad de quienes la escucharon, trasWellington, el héroe de Waterloo, y Cascendiendo poco después a toda España. taños, el vencedor de Bailen, exhalaban su Don Francisco Javier Castaños, capitán último suspiro guando un nuevo Imperio general del Ejército, grande de España, du- trataba de fundamentar su edificio en el que de Baliten y Regente del Reino, llegó vecino país transpirenaico. al final de sil larga existencia agobiado por Francisco RODRÍGUEZ BATLLORI el peso de las condecoraciones, pero sin un gesto de altivez ni un movimiento de orgullo. Dispongo- -ordenó en un testamento, cuyas cláusulas conmueven al leerlas un siglo después de su tránsito- -que se me amortaje con el uniforme más viejo que tengo y solía llevar al Consejo. Pasadas veinticuatro horas será conducido mi cadáver al campo santo, que será el de San Nicolás, y colocado... no en nicho y sí en el suelo, por donde transiten las gentes, con sólo una tosa de mármol, lisa, sin más Inscripción que mi nombre, edad y el día pero 1. a espada y ti bMtonelllo 4 1 otnwil de mi fallecimiento... Muero pobre, no en aunque fuese rico preferiría gastar Ufto qu conservan n t i Multo átí suntuosos catafalcos y grandes músicas, Autógrafo d l g n raf Ejército.