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D LA R I O í LU s. TR ADO DE I F 0I R M A C I O N G E ÑERA L tf til amigo de don Juan Vázquez de Mella y Fanjul. Se le llamaba, corrientemente, Mella; alguna, vez, Vázquez Mella. Era un hombre más bien bajo que alto, recio, fornido, de ancha caja torácica, fuertes manos; la barba, roja, en punta; claros y reidores los ojos. E r o naturalmente jovial: g u s t a b a de las chanzas- -de las malic i a, s- -bondadosas. E 1 cuello corto eri la base ancha le daba cierto aspecto imponente; el r e s p e t o se matizaba- -ante él, en su interlocutor- -con una sonrisa. Los elervistas, en el Congreso, nos sentábamos en el centro, debajo del reloj: cei ca estaba don Ramón Nocedal, representante del integr ismo diputado por Parpiona; un poco más allá, la minoría carlista, con Barrio y Mler, con Mella. Don Juan de La Cierva- -querido e inolvidable mentor político- -y don Juan Vázquez de Mella se profesaban sincero afecto, m u t u a admiración. Por, incumbencias del periodismo, por amistad, visité varias veces a Mella; le vi primero- -que yo recuerde- -en ÍF calle de la Cruz, número 42; extrafiaba yo que un hombre como Mella, que trabajaba reciamente, pudiera vivir en callejita penumbrosa por lo angosta y atronada siempre por el pasó de los coches. Vi luego a Mella en el paseo del Prado, 18, dfln- D I A R I O L US T R AD 0 D E I N F O R MAC I O N GENERAL MELLA de murió. Tenía Mella su tertulia en el sa- Cuando Mella vivía en el Prado, solía- sulón de conferencias del Congreso, en su bir hacia la Cibeles, lentamente, con su bascasa, en algún café; en el Congreso, de ton; el bastón lo usaban todos los políticos; cuando en cuando, se acercaba a otra ter- todo el mundo usaba bastón. Ahora veo tulia que teníamos varios amigos y que se que lo usan- oficiales y jefes del Ejército titulaba de las Cornejas: malagorábamos norteamericano, en el Ejército inglés. Solía siempre, como siniestras cornejas, descalabros y perturbaciones políticos. Descollaba en la tertulia de Mella Rafael Comenge, alto, hercúleo, jovial en todo momento. HaDía nacido en Alberique, Valencia; recordaba a menudo a su pueblo con cariñosas palabras: desempeñó con valor cívico, en tiempos de revuelta, un alto cargo en Filipinas: fue diputado y notable periodista: ucn amigo. En la noche, acabada la tertulia, acompañaban todos a Mella hasta su En los viajes casa, paseando, disertando Mella; el cual no quería despedirse de sus acompañantes; el mejor remedio volvía con ellos a desandar lo andado; todos, en fin- -siempre escuchando, embelecientífico contra el sados, a Mella- tornaban, como en uit rito, como en una ceremonia solemne, a emprender el mismo camino y dejar, al cabo, en su casa a Mella. VASANO mareo Mella detenerse en un puestecito de libros rjue había en el Prado, frente a la calle de Los Madrano; ¡lili le encontraba yo muchas veces. M 11 a, al verme, daba unos goipeeitos en el suelo con el bastón y preguntaba: ¿Qué dice el señor Azoriti? Ya es sabido que Mella definía asi mi estilo: Donde otros ponen coma, Azorin puno punto. Tenía Mella el gusto por la Historia: le apasionaba la Historia. En la conversación familiar, su palabra se deslizaba fácil, irreprochable; al hablar con 61. surgía en seguida la Historia comenzaba y no se detenía. Presenciábamos sus amigos un desfile mágico, sorprendente, de personajes antiguos, de episodios pretéritos, de escenas remotas, todo con sus fechas exactas, con pormenores pintorescos. Su oratoria era como su conversación: tan fácil, tan correcta. En su oratoria, naturalmente, subía, iba, subiendo poco a poco el tono: Hegaba. cn fin. a lo inspirado, a lo proíctico. a lo apocalíptico. Levantaba los brazos; miraba fulminador; r u g í a su v o z Cuando acababa, era el león que se des- ploma, jadeante. Vi muchas veces que el cuello duro de la camisa lo tenía blando, arrugado, empapado en sudor. He dicho antes profético las profecías políticas de Mella se han solido confirmar de un modo increíble. Elegido académico, demoraba su entrada en la Academia; siendo director don Antonio Maura, se hizo una intimación afectuosa a ciertos recalcitrantes; Mella contestó que iba a redactar inmediatamente su discurso de entrada. Verán ustedes- -nos decía a los amigos- voy a decir esto. Y se estaba media hora hablando. Corno se. repitiese la escena, Comenge le dijo sonriendo; ¡Pero, don Juan, que venga un taquifirafo que recoja esto que va usted diciendo, y el discurso está hecho! Era Mella desprendido; pudo ser mucho y no fue nada. Vivía independiente. Lo circunstancial se convertía en él en lo definitivo; en cierta ocasión, nos anunció que se marchaba a Galicia por unos días y se estancó allí meses. Había en Mella un fondo de nostalgia por algo que no se ha visto; este hombre tan jovial, tan campechano, tenía en lo hondo una perspectiva lejana de melancolía; era la inelancojia dulce, seductora, iri cíe los paisajes de su tierra nativa. AZOifJN-