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HOMBRES MALOGRADOS AY figuras en la historia de nuestras ciencias que no deben relegarse al olvido. Algunas de ellas brillaron desde un principio con luz propia, pero un destino cruel las extinguió prematuráme te. Asi la de. Nicolás Áchúcarro, psiquiatra y anatomopatólogo, nacido en Bilbao en 1880 y muerto treinta y ocho años más tarde H Un t a r d e c e r de principios del otoño de 1911 tuve la gran fortuna de qué Gregorio Marafión me presentara al doctor Achúca rro en uno dé los lóbregos pasillos del Hospital Provincial. Su amistad, sus enseñanzas y consejos fueron decisivos partí el curso ulterior de mi vida profesional. Su muerte quebró la continuidad de una escuela apenas iniciada por él. Los que pertenecíamos a ella seguimos después nuestro incierto camino sin guía, desorientados. La posibilidad, entonces, de una auténtica escuela española de psiquiatría se desvaneció. Nicolás Achúearroéija un hombre alto, delgado, rubio, distinguido y afable. Su sonrisa, a veces irónica, traslucía un alma generosa y noble. Vasco por línea paterna, era de ascendencia noruega por su madre. Desdé su adolescencia estudió en Alemania, Francia e Italia. Su dominio de los idiomas era sorprendentei excepcional. Nosotros, recién salidos de las aulas, educados en el ambiente enralecido de la pequeña burguesía española, -admirábamos a Nicolás Achúcarro, el hombre que había recorrido Europa y estudiado con los grandes maestros de la medicina. Sus críticas, para algunos un tanto mordaces, de las personas y de su obra, eran siempre agudas y certeras. En su sala del Hospital Provincial sus enseñanzas fueron modelo de sencillez y de gran perspicacia clínica. No sólo nos enseñaba neurología y psiquiatría, sino cómo hay que ser cordial y comprensivo con el enfermo. En el modesto laboratorio de histopatología del sistema nervioso, que le fue oficialmente instalado en el Museo de Ciencias Naturales, en los altos del antiguo Hipódromo, continuaban por la tarde, hasta bien entrada la noche, sus inolvidables enseñanzas. En aquel laboratorio se reveló el más aventajado de los continuadores de su obra, el doctor Del Rio Hortega, insigne histólogo, fallecido no hace mucho tiempo en Buenos Aires. Achúcarro era autor de un método original vde tinción del sistema nervioso, mediante el cual logró descubrir nuevas estructuras del tejido conectivo y de la neuroglia. De ellas, parten las investigaciones ulteriores, recogidas hoy en todo el mundo, de Del Río Hortega. La prematura muerte de Achúcarro privó a la ciencia española, de un investigador dé primera lineal no sólo por lo que a la histopatologia del sistema nervioso se refiere, sino a la psiquiatría, especialidad médica para la que estaba especialmente dotado. Llamaba la atención en Achúcarro su penetrabilidad psicológica, su capacidad de comprender de einfühlen como dicen, los alemanes, es decir, de entender la vida psíquica ajena, de profundizar en lia como en la de uno mismo. La pose la pedantería, la egolatría, el partidismo y la unilateralidád no existían en Achúcarro. Achúcarro era lo opuesto a tatitos seudocíentificos enfatuados y charlatanes que tanto daño han hecho y hacen a la psiquiatría. Si Achúcarro no hubiese muerto tan pronto, la psiquiatría en España hubiese seguido, con toda seguridad, un derrotero diferente. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que nuestro país carezca de preclaros psiquiatras que honran a la medicina, española. El espíritu dé Achúcarro, sin deformidad profesional alguna, se hallaba abierto a todas las curiosidades. Se interesaba, fervorosamente por cuanto es expresión! del alma humana: música, literatura, pintura, etcétera. Amaba la naturaleza y a pie recorrió nuestra sierra de Guadarrama- y las verdes montañas de Vizcaya, tan gratas a don Miguel de TJnamuno, su maestro en la niñez, él primero que descubrió sus excepcionales condiciones intelectuales: f La vida científica de Achúearro fue breve, pero fecunda, y dio frutos de primera calidad. A su muerte, Cajal, Ortega y Gasset y Unamuno le dedicaron conmovedoras necrologías. Achúcarro, cómo Cajal, pudo, pero, no quiso, trabajar fuera de España, y a pesar de las trabas y dificultades con que entonces- tropezaba 1 I n vestigación pura en nuestro país, permaneció en su patria. Para cuantos deseamos que la ciencia española ocupe lugar preeminente en el mundo, Achúcarro es una figura inolvidable que las nuevas generaciones de futuros investigadores deben reverenciar y tomar como ejemplo. Dr. José M. SACRISTÁN