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CARTAS DE ALEMANIA PATRIOTISMO EUROPEO cruzado apresuradamente en ülm, a la sombra dé la catedral gótica, y el Rhin con sus barcazas lentas, casi hundidas de tanta carga, y los bosques por donde corren Bambi y Falina, todo es nuestro. Como las murallas de Avila y el Parlamento de Londres, y los cuadros chiquitos de Vermeer de Deíft, y los jardines de A Usé yon den DriesCh. i S casi un tópico decir que la primera batalla de la segunda Guerra Mundial fue la guerra de España; de esa afirmación se sacan consecuencias curiosamente diversas; es una de las predilectas de los expertos internacionales en confundir las cosas, que hoy suelen ser los encargados profesionalmente de regir el mundo o de informarlo. Y sin embargó yo diría casi lo mismo; y? también encuentro esencial afinidad entre nuestra guerra y la más grande; pero no porque la primera fuese un ensayo en pequeño de guerra internacional- -dejo a otros el cuidado de decidirlo- sino al revés, porque la segunda me parece- -en sus orígenes, en su primeras fases, en su núcleo más hondo- -una colosal guerra civil, la Guerra Civil Europea. Y esto se siente, mejor quizá que en parte alguna, en Alemania. No porque Alemania no haya pecado gravemente contra Europa, sirio a causa precisamente de ese pecado, que descubre y pone de manifiesto la ley infringida. Por el pecado y por la penitencia, que en este caso es- -literalmente: por falta de gracia- -el pecado de los otros. Por esto se siente allí, más vivo por estar en carne viva, eso que vengo llamando hace años patriotismo europeo. Y lo llamo así porqué no se trata de Una mera realidad económica, o política, o cultural, ni de una mera conciencia de unidad histórica, sino de una fuerza, de una viva potencia actuante que nos penetra, nos domina y nos mueve y conmueve, porque es una emoción. Es algo que afecta al alma y al cuerpo, que persuade y humedece los Ojos, que enorgullece y provoca rubor, que tensa los músculos y estremece. Yo sentí como una humilla clon el día que los alemanes entraron en París, y dolor y vergüenza ante la Catedral de Worms, ceñida de ruinas, como una madre rodeada de hijos muertos, o en la vieja Maguncia, brutalmente machacada. Como si hubiese visto hendida mi vieja torre vallisoletana de la Antigua, o el salmantino Colegio de Irlandeses, o el puente romano que abraza er Guadalquivir en Córdoba. Como tantas veces de hecho. Los campos bien labrados de Francia. y el lago de Starnberg en Baviera, y los dos lagos que enhebra la Isar, camino de Munich, y el Danubio, río divino, que he E pertenecen también sus dudas, sus espinas siempre clavadas, sus romances fronterizos, con música de guala o de balal a i k a -f Y no cabe duda de que sin Alemania no hay Europa. Claro es que ella; olvidó, eu una mala hora, que sin Europa no hay Alemania, y se perdió a sí misma; pero eso no es razón para seguir jugando, de olvido en olvido, a una siniestra comedia de las equivocaciones. Pero se advierte que el patriotismo europeo va germinando Monreale, y el Danubio entero, hasta su última gota, desde la Selva Negra hasta el mar Negro. ¿Y las redondas cúpulas moscovitas? No sé, porque a Europa le El lago de Starnberg. (Fotografía del autor. jovial, briosa y, á la vez, melancólicamente en las almas. Ya sé, ya sé que no es otb todo lo que reluce, que se pone al majl, tiempo buena cara, que hay muchos trisjtes ismos que retoñan, más tristes todáp vía, porque nunca segundas partes fueron buenas. Pero, también se ha dicho qué no siempre lo peor es cierto; y no estoy dispuesto a creer que; lo más importante son las feas almas anacrónicas que ani dan en todos ios pueblos: las que nunca olvidan, las qué nunca perdonan, las Que se enquistan en las ideas viejas; las qué- -paradójicamente- -nunca recuerdan lo que hay que recordar: la Historia que pasa y pasa y nunca se detiene y nos lleva siempre a mares antes nunca navegados. Preñero creer que el patriotismo eul ropeo es sentido por muchos que no lo saben, porque, aunque es una opinión muy difundida, no es todavía opinión pública; Por las almas jóvenes de Europa, capaces de llegar- -no importan sus afios- -a está mitad de siglo; por los que, cuando oyen hablar de ese patriotismo nuevo, en el que acaso nunca habían pensado, encuentran que ya era el suyo más profundo y se sien- j ten arrastrados, como cuando pasa el regimiento, por una música entrañable j r m a oída. nunca n i f i n Julián MARÍAS j