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UNA LAPIDA CONMEMORATIVA go Valeriano Bécquer. Después de una de aquellas conversaciones con el artista, Antonio Machado Alvarez solía refugiarse en su despacho. En ocasiones, los pequeños se asomaban sin que él lo notase. Le veían entre sus libros. Estaba leyendo en uno de ellos. Luego escribía. Después se ponía en pie y paseaba por la habitación. De su obra literaria, jurídica, periodística, y, especialmente de sus estudios sobre folklore, quedará indeleble memoria. Don Antonio Machado Núñez también era uu tipo extraordinario. Le habían designado las gentes por el médico del gabán blanco cuando regresó de estudiar con el famoso Orfila en París. Pero su liu sión de galeno se quebró en un momento ante la impotencia de su ciencia para salvar a una joven enferma. Entonces cambió de rumbo y se dedicó a las Ciencias Naturales. Fundó revistas, fue catedrático, y no desdeñó la política. Como gobernador civil de Sevilla, en unión de Zugasti, el de Córdoba, y de Aguilera, el de Málaga, había combatido eficazmente en 1870 la plaga del bandolerismo andaluz. Doña Cipriana, su esposa, dama de encantadora y culAntonio Machado, dibujo de de Pantorba Bernardlno ta conversación, hija del ilustre veterano de las contiendas napoleónicas y gran filósofo don José Alvarez Guerra, encontró en él al amigo y al marido de aficiones exquisitas a tenor de las suyas. Durante los años en que los Machado habitaron la Casa de las Dueñas, la familia, auelos y padrea, rodeados de cuatro retoños, llevó una vida plácida y feliz, regida por el trabajo intelectual de los varones y las dulzuras del hogar, del que eran celosas guardadoras las mujeres. Las veladas transcurrían en tertulias amables, a las que acudían amistades escogidas, deseosas de escuchar de labios de don Antonio Machado Núñez una impresión política, o para disfrutar oyendo a don Antonio Machado Alvarez una sabrosa y original lectura. De la reunión se levantaba a vece sigilosamente Ana Ruiz para vigilar el sueño de los niños. Y al volver traía la sonrisa de quien ve satisfechos sus afanes. Y ésta es la estampa. La estampa que a mí me ha sugerido la noticia de que v a colocarse esa lápida en el palacio del duque de Alba y que veo imaginariamente proyectada en su superficie, sirviendo de fondo al nombre del poeta, y a la leyenda conmemorativa de su nacimiento. Miguel PERE 2 FEBRERO ACE poco el duque de Alba comunicó a la Real Academia de Buenas ¿etras de Sevilla su propósito tie mandar poner una lápida conmemorativa de Antonio Machado en el palacio de las Dueñas, de su propiedad, y que es su habitual residencia cuando visita la ciudad de la Giralda, porque en ese palacio nació el poeta. Por el año 1875 los Alba no habitaban la Casa de las Dueñas, que es como llaman comúnmente los sevillanos a la mansión señorial. Dejaban que la ocupasen n parte algunas familias dé confianza, y entre ellas la de los Machado. Vivían también bajo los mismos techos un señor Ojeda, con los suyos, y un pintor pobre, enamorado de su arte: Gumersindo Díaz. La familia Machado se componía por entonces de don Antonio Machado Núñez y doña Cipriana Alvares; Duran, los abuelos; don Antonio Machado Alvarez y doña Ana Ruiz, los padres, y Manuel Machado Ruiz. nacido meses antes en la calle ae San Pedro Mártir, del barrio de la Magdalena. Es Antonia Machado, segundo de los vastagos del matrimonio joven, el primero de los hermanos que nace en morada de tanta prosapia, ya que tras él abrirán los ojos a la luz en ella José y Joaquín. Y Antonio es quien infundirá un día aliento nuevo a aquellas imágenes, medio esfumadas en la neblina de su tierna infancia, con pinceladas imborrables. Transmitirá en versos cristalinos su noción de habei dado los torpes pasos iniciales por el palacio, con su rumor de fuente y cuando entorne los párpados para evocar mejor 1 lejano ayer se reconocerá en cierto chiquillo que corretea por el fresco patio y juega en un huerto claro donde madura el limonero En su mente se dibujará precisa, con precisión que habrá de asombrarle, la figura de su progenitor, y su rostro: alta frente, breve mosca, bigote lacio Antonio Machado Alvarez era hombre de letras, cuyo gusto había alimentado el padre. Ante sus hijos, tan niños todavía, su juventud aparecía grave en sus inquietas pupilas, pero que a veces se posaban como en el vacío. Simpatizaba mucho y solía departir laníamente con el pintor Díaz, que experimentaba nostalgia de no haber tenido valor para arrostrar la aventura de lanzarse a la Corte, como su colega y ami- H Canéela del palacio de las Dueñas (Sevilla)