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L OPE murió de pena de que Tenorio, le llevó una hija... En la vida borrascosa de aquel insigne vate, honra de nuestras letras, que se llamó don Lope Félix de la Vega y Carpió, hay un episodio, tremendo y dramático, que es como la penitencia de su gran pecado de amor. Ese gran pecado de amor que asaeta toda su existencia, con un incansable vivir y soñar por paisajes de mujer en lo que el poeta busca la luz de un ideal que al cruzar el prisma de sus desengaños se deshace en versos de maravilla. Fue en sus postreros días. Dos años llevaba el autor de la Dorotea reposando en versos las incidencias de escándalo de sus amoríos con la famosa comedianta Lucia áe Salcedo, cuando en la paz de este paraje tranquilo de su existencia brotó como una flor de fatalismo el otoño melancólico y hermoso de doña Marta Nevares de Santoño. De sus amores nació una lindísima Antonia Clara, que al correr de los años fue una bellísima joven, en la que se hicieron portento de hermosura todos los encantos de su madre. En el cariño de esta hija refugió Lope todas las melancolías de su vida. Ella era el consuelo de su vejez, el bálsamo de sus desengaños, la alegría de su vivir. Pero cuentan que una tarde, al regresar el Fénix a su mansión un poco antes de la hora acostumbrada, halló pegado a una tie sus rejas a un mancebo de gallardo continente que charlaba con su linda hija, y que al verlo huyó por la estrecha calleja. Pronto averiguó el poeta, por las confidencias de la dueña Catalina, la elevada condición del galán, así como su borrascosa vida llena de escándalos, pendencias y aventuras de amor y de abandono. Grande fue su desesperación, intenso su dolor. Y desde aquel momento dedicó todos sus afanes a librar su honra y la de su amada hija del baldón que sobre ellas pretendía echar el impenitente cazador de doncellas. Amonestó y reconvino a su hija, la amenazó con recluirla en el convento de las Trinitarias, donde ya era profesa su hermana Marcela, y tuvo con el burlador una escena violentísima, una noche de fiesta cortesana, en los jardines del Buen Retiro. Pero todo fue en balde, porque la damisela se había prendado locamente de su galanteador. Es más, hasta hay quien piensa que la bolsa de este conquistador fue la que pagó a los matones que una noche asaltaron a Lope de Vega a la altura de la calleja del Niño- -hoy de Quevedo- -ciñendolo en una rueda de cuchilladas que hubiera acabado con su vida a no ser por la maestría del poeta manejando la espada. Don Juan contra don Juan. A los pocos días del lance, y a pesar de todas las previsiones, la hija de Lope de Vega huía con. su raptor, sumiendo el ocaso glorioso del Fénix de los ingenios españoles en la más tremenda desesperación, en el más acerbo dolor. Dolor que se agigantaba al ver el poeta en él justo castigo a su gran pecado de conquistador impenitente. Don Juan vencía a don Juan con sus mismas armas. El mito legendario del burlador cumplía su destino de no respetar ni la honra de su viejo maestro en la profesión. El nombre del raptor de la hija de Lope, obsesionó durante mucho tiempo a núes tros eruditos. Barrera y Cotarelo creyeron era un bastardo del Conde- Duque, llamado Julián Valcárcel. Menéndez Ormaza, otro hijo natural del valido llamado Gaspar de Teves. Diego San José, con Barbieri y Renert, creyeron ver en él la figura gallarda y escandalosa de don Ramiro Núñez de Guzmán, el magnifico yerno de Olivares. Hasta que por fin el ilustre académico, señor González Amezúa, identificó plenamente la personalidad, del burlador. Se llamaba don Cristóbal Tenorio y Azofeijo dei Villalba, caballero del hábito de Santiago y protegido también del todopoderoso don Gaspar de Guzmán, Conde- Duque de Olivares y privado de la Católica Majestad de don Felipe IV, de quien fue Tenorio ayuda de cámara. Era natural de Morón, estuvo casado con la hija de un alcalde de Casa y Corte, llamado don Juan de Agujera, y en segundas nupcias con doña María Suárez de Deza. Llegó a ser secretario de Audiencia. La pista del valioso descubrimiento la halló el señor Amezúa, un día que, trabajando en la sección de manuscritos de 1 Biblioteca Nacional, encontró al margen izquierdo de un libro de varios la siguiente apostilla, que es todo ún mundo de sugerencias: Lope murió de pena de que Tenorio le sacó una hija. F. BONMATI DE CODECIDO