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Felipe tiró el famoso manifiesto que derrocaría el Trono isabelino. Y ya triunfante el movimiento de septiembre, Ducazcal satélite entusiasta del valeroso vencedor de Castillejos, se constit ó en jefe de la Partida de la Porra w e a palos, asaltaba los periódicos, disolvía reuniones y era el terror de tirios y tróvanos. Desafiado Prim por Paúl y Ángulo, SU acérrimo enemigo, y no pudiendo batirse por ser presidente del Consejo, Ducazcal se ofreció a sustituirle y, gallardamente, acudió al terreno, cambiando unos disparos de pistola y resultando herido en el oído. A aquel tiro- -del que no sanaría totalmente- -habrían de seguir los trabucazos de la calle del Turco, dirigidos también por Paúl y Ángulo, que pondrían fin a la existencia del vehemente general con- de de Reus. Y al advenir la dinastía saboyana, se adheriría a su causa nuestro héroe, siendo el autor de la famosa treta de deslucir la manifestación de las mantillas- -que las damas alfonsinas exhibieron al desfilar en sus carruajes por la Castellana- -introduciendo a unas cuantas suripantas conocidas, que desagraviaron a la esposa de Amadeo, blanco del desaire aristocrático. Restaurado en Sagundo Alfonso XII no sólo Ducazcal sé hizo alfonsino y admirador del Rey, sino que puso al servicio de la causa a su temible Partida de la Porra que usó niás violencia que en anteriores etapas, repartiendo leña y tundiendo a cuantos discrepaban del joven Monarca entronizado. No fue un Fierabrás a pesar de ello. Simpático, popular y queridísimo; generoso, cordial y bullanguero, en todas partes- -toros, teatros, Fornos y en la calle- -su barba, su levita y su chistera, lo mismo que sus arengas y sus gracias, eran en Madrid famosas. Y a Madrid consagró sus entusiasmos, lo mismo en el Congreso como diputado que en las columnas vibrantes del Heraldo que él fundó y dirigió Abascal, con el concurso de Blasco, Burell, Comenges y Talero, periodistas insignes. Pero donde el talento de Felipe llegó al ápice fue como empresario teatral, conocedor del público y sus gustos. Apolo y el Español, poco menos que en crisis, alcanzaron llenazos continuados. Los éxitos de Echegaray fueron enormes. Y el genial Felipe los supo magnificar con grupos callejeros que acompañaban a don José a su casa entre antorchas y ovaciones delirantes, que forjaban ambiente para futuros triunfos. El presidía en Fornos la Farmacia ter- El Café Nuevo FELIPE DUCAZCAL ANTO afanarse, tanto luchar, tanto consumirse en ansias y ambiciociones ¿Para qué? Para no dejar el menos rastro de nuestro paso por la vida y para que dentro de unos lustros nadie tenga la más remota idea de quiénes fuimos. He aquí un ejemplo: Felipe Ducazcal. El hombre más popular, más simpático y más querido del Madrid del último cuarto del pasado siglo. Y, sin embargo, ¿quién le recuerda hoy? ¿Qué dice su nombre a las generaciones jóvenes? ¿Se dan éstas cuenta de que todo es efímero y que de ellas tampoco se hablará nada dentro de sesenta años, que son los transcurridos, más o menos, desde la muerte del famoso empresario, político y periodista madrileño? Después de este introito de filosofía barata, hagamos un poco de historia y evoquemos ios contornos de este castizo tipo, en tiempos tan célebre y hoy casi olvidado. T tulía chispeante en el Madrid noctámbulo, que duraba hasta el alba y a la que el célebre perro Paco concurría y era tan popular como Felipe mismo. Con las sumas ganadas- El gran Galeoto le produjo mucho- -fundó el teatro Felipe, sito donde hoy está el Palacio de Comunicaciones y que, a pesar de sus frágiles maderas, no era un vulgar barracón, sino un tinglado estival de ágiles lineas. Allí se estrenaron La Gran Vía Al agua, patos Los valientes El chaleco blanco La baraja francesa De Madrid París etc. zarzuelas que hicieron las delicias dé nuestros antepasados y dieron a Ducazcal buenos ingresos. El 15 de octubre de 1890, casi de repente, murió, en su domicilio de Alcalá, 7 T, Felipe Ducazcal. La bala que Paúl y Ángulo veinte años ha le disparara quedan dolé alojada en el oído debió de provocar el desenlace. Su entierro- -que presidieron Abascal, Echegaray, Chueca, Romero Robledo. Vico. Valdeiglesias y Santa Ana- -fue una expresión de duelo inenarrable, al que se asoció todo Madrid, al que él quería tanto. Porque al decir de Manuel del Palacio; No fue un guerrero, no fue un poeta. ni un gran artista, ni un gran señor. Fue un alma noble, piadosa, Inquieta, llena de fuego, llena de amor. El 9 de julio de 1845 vino al mundo, en la casa de la calle de la Palma, número 3, Felipe Ducazcal, siendo bautizado en la iglesia de San Ildefonso. Su padre, José María, tenía una imprenta en la plaza de Isabel Et, esquina a Caños- -donde hoy se alza una sala cinematográfica- y en ella aprendió el oficio el chicuelo, que, desde su infancia, dio muestras de carácter inquieto y natural fogoso, si bien, noble y cordialísimo. Esta inquietud le movió a dejar las cajas para ser mancebo de farmacia e ingresar en la que, junto a la imprenta, poseía don Quintín Chiarlone, en cuya rebotica reuníanse políticos conspicuos y a la que no faltaba Boguier, empresario del Real en aquel entonces, que cobró simpatía al avispado mozo y le encomendó la jefatura de la claque donde Felipe demostró sus dotes. Cursando su bachillerato mientras tanto, el joven se metió en política, afiliándose al partido que Prim acaudillaba, siendo en la imprenta de su padre donde Federico OLIVAN. Un rincón del madrileño café dé Levante (1850