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MADRID, DÍA 30 DE MAYO DE 1 9 5 0 NUMERO SUELTO 50 C E N T S S S CONTESTACIÓN A UNA CARTA ECIBO una amable carta, en la que se comenta mi último artículo, publicado en estas columnas, con el título de Festejos memorables Entre otras cosas, dice la carta: ¡No nos llené usted de confusiones en sus artículos! ¡Sí- qué serían. festejos memorables los del año i88 r, con motivo del centenario de la muerte de Calderón, cuando en ellos representase Rafael Calvo La hija del airé refundida por don José Echegaray í Porque no cabe duda de que hubo de realizarse una milagrosa adivinación para ello, pues don José Echegaray no refundió Semíramis o la hija del aire hasta dieciséis años después, y quién estrenó su refundición fue la incomparable María Guerrero, en el teatro Español, él 23 de octubre de 1896. i Pues no le quepa duda a mi amable tensor, de que la adivinación, como él dice, pudo realizarse. La hija del airé de Calderón, tiene Jos partes. La segunda parte, refundida por don José Echegaray, la estrenó, en efecto, María Guerrero en octubre de 1896. Pero muchos años antes, Rafael Calvo había estrenado en el mismo teatro Español la primera parte, refundida también por don José Echegaray. Y ésta es la que pudo representar Rafael Calvo en el teatro Real de Madrid, durante los festejos del centenario de Calderón, sin que ello pudiera parecer milagroso. Para no atestiguar con- muertos, Ricardo Calvo, hijo de don Rafael, sabe muy bien que su padre representó La hija del aire primera parte, refundida por don José Echegaray. A Ricardo Calvo le he oído muchas veces que él hubiera querido representarla también, pero que no le había sido posible encontrar el ejemplar en el archivo de su padre. Aunque ya no seamos muchos, supongo qué alguien más quedará todavía que pueda recordar haber visto a Rafael Calvo representar La hija del aire no sólo durante las fiestas del centenario de Calderón, sino mucho antes. Yo hubiera preferido que ello fuera caso milagroso, pero no; fue de lo más natural y sencillo. Rafael Calvo había estrenado la primera parte de La hija del aire unos años antes del centenario de Calderón y pudo volver a representarla en el año del centenario, lo mismo qué María Guerrero pudo representar años después la segunda parte, refundida también por don José Echegaray. En cuanto al centenario de Lope, en 1935 me limité a decir qué no recordaba si se habría representado alguna obra más que Fuenteovejuna En aquel año estuve mucho tiempo fuera de España y no estaba muy al tanto dé lo que sé había representado. Por mi amable comunicante me entero de que se representaron muchas obras: El villano en su rincón La dama boba una parte del San Isidro y algunos entremeses. Dé alguna de e s t as representaciones podía haberme acordado, pero ya dice Freud qué en nuestros olvidos y nuestras equivocaciones hay siempre en el fondo un deseo dé equivocarnos y de olvidar. Y lo primero que he querido olvidar és que esto era en el año 1935. Respecto al centenario de Tirso estoy dé acuerdo con la acertada afirmación contenida en la carta: Podrá citarse en lo porvenir como insuperable modelo dé centenario- fantasma. Siempre he sido enemigo de rectificaciones y de volver sobre mis artículos para aclaraciones o comentarios, pero en esta ocasión no he querido dejar en duda el probable milagro dé una representación teatral. Ya que en la carta sé puntualizan datos y fechas, para ayudar a mi memoria, que parece que flaquea- -son sus palabras- por lo menos he querido puntualizar yo también que, respecto a la representación de La hija del aire primera parte, refundida por do n José Echegaray y representada antes y durante el centenario de Calderón, mi memoria no ha flaqueado. ¡Así estuviera tan seguro de mi entendimiento como lo estoy de mi memoria, a pesar de sus flaquezas! Todavía puedo recitar, sin apuntador, la descripción de Semíramis en la primera parte de La hija del aire que más de una vez oí a Rafael Calvo, y esto sí que no he podido ni he querido olvidarlo. Jacinto BENAVENTE I L U sT R A D O D E IJN F O R hA A C I O N G ENE R A L í p I A R 1I O AÑO DE SAN MARTIN OS hallamos én el Año de San Martín esto es, el año en que se cumple un siglo de la muerte del Libertador de la Argentina y de Chile, protector del Perú Nos lo recuerdan, en expresión ritual del centenario, diarios, revistas, documentos oficiales, cartas: Año de San Martín se lee junto a la fecha o timbrando el sobrescrito. Pero, ¡qué triste, después de tanta gloria, aquel 1850, por ser el de la muerte de San Martín, en el destierro y en el olvido! No es pequeña satisfacción para nuestra patria él que un español, don Alejandro Aguado, primer marqués de las Marismas del Guadalquivir, endulzara la última fase de la vida del héroe hispanoamericano. Grande fue la gloria de San Martín: no menores su amargura y melancolía. De las proezas de San Martín se ha escrito mucho, comenzando por él mismo, que en memorable carta al presidente del Perú, general Castilla, se confiesa y cuenta su vida, en bien lograda mezcla de orgullo, harto justificado, y muy natural sencillez. Empieza por recordar sus servicios en el Ejército español: en la Península, desde la edad dé trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de Caballería y termina con la obligada referencia a su retiro, sin ambición alguna ya, viejo, pobre y casi ciego, en Boulogne- sur- Mer, donde moriría dos años más tarde. Entremedias, ¡cuánta lucha, esperanza, angustia, experiencia del poder; cuántos rasgos de heroísmo y de sacrificio, cuánto golpe de intuición y sabiduría! Son los años a que tanto han vuelto los ojos los historiadores y biógrafos, poetas de octava real y pintores de Historia: los años de Chacabuco y Mai- pú: la victoria radiante; de Cancha Rayada, la difícil lección de la derrota; de Guayaquil, la inmolación de la propia personalidad. Son los años en que la América continental lucha por su independencia hasta obtenerla: años de guerra civil ultramarina, que significa para España terrible e inevitable prueba, llevada serena y dignamente, superada con generosidad y lucidez extraordinarias. España reconoció de muy buen ánimo el hecho consumado y no tardó en expresar el orgullo de su sangre en las jóvenes Repúblicas hispanoamericanas, no siéndola difícil dado su fecundo y clarividente sentido histórico, olvidar toda la literatura vejatoria e injuriosa que fatalmente la guerra arrastró consigo, como una violencia más. También San Martín habló de yugos, de amos, de tiranías... Pero, ¿no era San Martín un español de abolengo, con siglos de Historia en sus venas, brindadas a la efusión de sangre por la patria, en África el Roséllón, Bailen? De la magnanimidad con que España procediera en la política ulterior a la emancipación de América, no se ha escrito tanto como parece debido. Ningún resentimiento, encono, despechado afán de desquite; absurda, pero humana reacción que en otros pueblos acaso no hubiera dejado de producirse, y en ese espíritu de familia que quiere a todo trance mantener su unidad sentimental, se inspira, en efecto, la política adoptada en relación con los subsiguientes reconocimientos. Y tampoco se ha escrito demasiado sobre el otro San Martín: superviviente de sí mismcY probado por la ingratitud y la traición, por la vida que es así. Se ha escrito poco sobre San Martín, sombra deslizada por paisajes de Europa que no podían reconocer en él al Centauro de los Andes, porque, realmente, desde su renuncia a toda iniciativa histórica en 1822, hasta su muerte hay poco que contar, y su asomada al Plata en i82 g, en casi automático viajé dé ida y vuelta, por no querer intervenir en la guerra civil que le aguarda, no es sino una corroboración más de su desprendimiento y buen juicio. Pocos sucesos, sí, a lo largo de tantos años en voluntario ostra- cismo. Pero, ¡cuánta vida interior! Los soliloquies del desterrado necesitarían de Shakespeare para hallar adecuada expresión. Mucho monólogo, y apenas diálogo. Excepcional diálogo el de San Martín y Aguado. Se encuentran en París, lejanísimos ya sus días de conmííitcnes, bajo la bandera de España, y el banquero opulento brinda su protección al c. 2 Ído capitán de Hispanoamérica. San Martín no olvidará nunca la ayuda recibida. Confesando a O Higgins, tiempo después, su misantropía, S a n Martín 1 e escribe: ...muy contento con no tener la menor relación con ninguna persona, excepto cen mi bienhechor. Este es un tal Aguado, el más rico propietario de Francia, que sirvió conmigo en el mismo regimiento en España, y a quien le soy deudor de na haber muerto en un hospital de resultas de mi larga enfermedad. Raza hispánica se llama esa figura. M. FERNANDEZ ALMAGRO de la Real Academia de la Historia