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ABRIL DE- 1950, NUMERO SUELTO 50 CENTS. W- IB terjección que hizo famosa otro general francés, ennobleciendo con ello una j- N sus mayores perturbaciones, en palabra que es desde entonces como blaÍH sus más peligrosos descarríos, de són en el idioma dé Francia! ¡Cuántas J Francia siempre hay que esperar veces, el mariscal Pétain sé vería oblila imposición de le bon sens ese. gado a dar órdenes, con- el íntimo deseo bon séns de, los franceses, que será de que no se cumplieran! Y sólo él que siempre para Europa la mayor garantía sepa del amar a la Patria puede dudar de su seguridad en las más difíciles cir- dé que el mariscal Pétain no fue el pricunstancias. El buen sentido tiene mu- mero én alegrarse- al yér a Francia libechas maneras de; manifestarse, unas ve- rada, y él. también libre al fin de una ces en broma, otras én serio. Aunque condena, que sin duda fue para- él más la comedia Él matrimonio de Fígaro penosa que la que después le fue imtiene su lugar de acción en España, bien puesta y sobrelleva tai vez fQn más sase vé que su autor Beaumarchais, ha tisfacción interior que la primera. pensadq más en. Francia que en España El mariscal Pétain fue víctima del al escribirla. La comedia co puede ser miedo vengativo. Nada hay tan vengamás francesa, y al decir Beaumarchais tivo como él miedo. Comunistas, judíos, en ella qué, suceda lo que suceda, todo políticos torpes o malvados, hicieron paacaba en canciones, más- se refiere a gar al mariscal Péíain el miedo que haFrancia qué a España, donde suele ser bían pasado bajo la dominación alemalo contrario, que es por canciones. como na, de la que el mariscal era el menos se empieza y sólo Dios sabe cómo se culpable. acaba. En Francia, si no es siempre por Puerilidad ha sido discutir si el armiscanciones, es por. literatura, que iodo ticio fue o no fue anticipado. En la con- es cantar a la postre. ciencia de todos está que era inevitable, El buen, sentido ha logrado por fin de no haber emulado a Sagunto y a Nusu expresión literaria en el (asunto del mancia. y por mucho que sea su patriomariscal Pétain. Una bella alegoría. El tismo, ningún pueblo, en estos tiempos, escudo y la espada. Lo más parecido a es capaz de llegar a ese extremo desestuna canciónr Cuántas veces el acierto pérado. La verdad es qué por el armisdé, una palabra puede decidir el triunfo ticio pudo recuperarse Francia, por él de una idea. ¿Cómo se ha tardado tanto pudo ganarse tiempo para que Inglateen percibir lo que el mariscal Pétain fue rra y. lea Estados Unidos pudieran ser para Francia? Algo más que un escudo. de eficaz ayuda, y sin el escudo, interPor él, pudiera decirse, como Calderón DUésto entre Hitlér y Francia, quizá no de la Barca dijo de la Cruz redentora: hubieran quedado en Francia ni espadas ni brazos para alzarlas. iris de paz csue se puso i El escudo y la espada! Para el escuentre las ¡ras de! cielo do el baldón y el martirio, para la espaV los pecados del mundo. da la gloria! Pero llega la hora de la Así fue el mariscal Pétain: Iris de paz justicia. Alguna vez el cielo la anticipa entre Jas iras de Hitle r y los pecados dé en la tierra. En un santoral laico, mejor Francia; que pecados hubo, -y pecados diremos, patriótico, pues lo. de lajeo dice de todos, y con ellos cargó él mariscal, irreligiosidad, y religión es siemnré el amor a la Patria, el mariscal, Pétain como pesada cruz sobre sus hombros. Y, ¿puede dudarse que sin la tregua quedará inscripto én el santoral de. del armisticio, nunca hub. iera sido po- Francia sible la recuperación de Francia? Y, Jacinto BENAVENTE ¿puede dudarse qué el marispal Pétain, en su patriotismo, no era el primero en desearla, y que su corazón y su pensamiento no estaban siempre con los resistentes, aunque otra cosa tuviera que aparentar ante él enemigo victorioso? O- dirá él lector pérfido que me escri- ¡Gran- cosa es entender un alma! de- bió un feroz anónimo- -le regalo escía Santa Teresa. Poco entenderá de alios dos esdrújulos, y hasta cuatro mas él que no sepa dé ponerse en el caso de cada una en las diversas situaciones con los, dos últimos, porque sé cuánto los de la vida. Sólo por nosotros mismos odia- -que le doy la callada por respuesta. Claro está que no le contesto, a él- ¡no podemos saber de los demás, y para todo noble espíritu, capaz de sentir el faltaría más! sino que cojo la tosca amor patrio, no é s difícil comprender lo piedra dé su maldad y me pongo a pulir- que sería p ara el defensor. de Verdún, la un poquito a ver si me sirve siquiera para el que, había tenido en jaque por de pisapapeles y nace bajo ella, milagro- mucho tiempo e. n los ejércitos alemanes, sámente, por generación espontánea, un frente a frente, tener ahora que sosla- articuliilo que le contesté sin contestarle. yar, con habilidades las arrogancias del Es lo que saldré ganando. Por lo menos enemigo vencedor. Cualquier impacien- pudiera servirme para afirmarme en un antiguo propósito y hasta para cia, cualquier desplante, podía ocasio- a aquellos de mis colegas bisónos aconsejar quienes nar la destrucción de París- y aun de en gracia a mi vétéranía no les alastimen toda Francia, en una de las impetuosi- mis consejos. dades de Hitler, que ya, a. duras penas, habían podido contener algunos dé los Nada hay que contestar nunca a un mismos generales alemanes a sus órde- anónimo, ni aun para censurarle la cones. ¡Cuántas veces, ante alguna genia- bardía, que cada uno es dueño de su mielidad de fíitler. no habrá- sentido el ma- do, y a las cartas particulares sólo deberiscal Pétain abrasarle los labios, la in- remos responder ante la necesidad inelu- D I Al 1 1 O i L U ST R A D O D E i. N F O R MA C I O N G E. N E R A L 4 sr dible de concertar un negocio o cuan. do nos obligue la cortesía o nos mueva la cordialidad. Y sobre todo no hay que discutir. Una larga experiencia de mis años mozos, en los que mucho discutí, según era de; imprudente e inquieto, sin convencer nunca a nadie y muy rara vez convencido de, las opiniones ajenas, me- ha demostrado qué no es siempre cierto aquello de que dé la discusión sale la luz, que lo qué suele salir es la luz del alba sin encontrar conformes a los discutidores que empezaron a discutir la noche anterior. Por eso se me ocurre aconsejar al escritor que diga lo que le plazca sin lastimar a nadie, y jamás vuelva sobre ello ni para castigar a los que pretendan ofenderle ni siquiera para discutir. La discu- sión serviría si la palabra fuese siempre entendimiento; pero lo es muy rara vez, puesto que habla el indocto para corregir al docto, y el profano para censurar al artista, y elN matemático para aconsejar una pócima al enfermo, y él abogado para negar la realidad de los platillos vo- lantes, y algún lector, que escribe muy bien y no sabe leer, para torcerle la intención al cronista, y casi todos para preguntar lo que no les importa o ya- se han respondido a sí mismos. Y en el fondo ésto último es lo qué hacen o. lo qué debieran hacer siempre los buenos escrito res; preguntarse a sí mismos, y a sí mis- mos contestarse, en todos les sentidos del vocablo contestar, sin una gran. inquietud por la opinión ajena. Un escritor no ha de contestar a nadie, según vivirá trancuülo porque nadie le conteste. El escritor y el orador son los grandes. cultivadores del monólogo; hasta én la mesa de su tertulia donde llegan con el disco de cada día a gozar dé la crédula y fácil admiración de lps amigos. Al escritor, que es generalmente un ególatra- -y mucho más si es un artista- le gusta escucharse para, entenderse a sí mismo, y que lé escuchen en silencio para que le entiendan los démás, y a veces para qué no- le entiendan, qué esto también suele complacerle. ¿Qué sería del pobre escritor que se entretuviese én la inútil y odiosa tarea dé convencer uno poruno a los lectores que se ¡e opongan, y qué, por enredarse én una. polémica convirtiese, para hastío de los lectores inocentes, en el cuento de la buena pipa él efímero artículo dé un día? No, amigos, no; no hay que contestar nunca a na die. Él escritor ha de ir por su camino mirando sólo a su meta- -preguntándose y contestándose a sí mismo- por la tierra o por el cielo, contra el viento o a favor del que se fabriqué coa sus propias alas, como- el rinoceronte o como el águila; pero 1 sólo, lejos del rebaño, porqué él rebaño pudiera atropellarlq. Y aquí acaba el consejo, que si es bueno, lo será dos veces en gracia á su brevedad. Y- que es bueno pienso, porque r, o sé me ocurrió a mí, que es una admonición dé Renán, que la aprendió de M. de Sacy, famoso orientalista del siglo XVIII, quien a su. vez se la oyó a Bufíon, y todo esto me cuenta otro escritor francés moderno, Antonio Albalat, y. yo se lo digo cariñosa y humildemente a los lectores silenciosos y de buena fe. Felipe SASSONE EL ESCUDO Y LA ESPADA LA RESPUESTA DEL SILENCIO