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MADRID, DÍA 14 DE MARZO DE 1950. NUMERO SUELTO 50 C E N T S 8 POR LAS IDEAS UALQUIERA juzgaría que un asesinato cometido con premeditación, con alevosía, no tiene más que un nombre: asesinato. Usurpar a Dios el terrible poder dé dar la muerte. Sólo puede tener una atenuante: la defensa de la propia vida o la de seres queridos. Pero hoy las cosas van por otro orden, y si él asesinato lleva en su misma premeditación una idea, en vez de agravarse, hasta sé justifica con el nombre de crimen político. Si lo de político no bastara, puede sustituirse con otro apelativo no menos convincente: crimen social o crimen filosófico. Lo importante es qué responda a una idea de mayor trascendencia que el vulgar móvil del robo o de particular animadversión con la víctima. Raskolnikoff, el protagonista de Crimen y castigo de Dostoievsky, J u é un asesino filosófico. Si asesina y roba, es por enmendar injusticias sociales. No podía consentirse que una vieja inútil poseyera un dinero que en otras manos podía ser de utilidad social. Podrá discutirse el razonamiento, pero con el razonamiento basta para que un crimen pierda de su vulgaridad y su autor pueda codearse con Platón en la suprema altura de las Ideas. Hubo un tiempo en que la contraseña de los anarquistas al presentarse unos a otros era decir: Es dé las ideas. ¡Vaya con las ideas! Con tener ideas ya está todo justificado: se asesina, se roba, todo por las ideas. No importa que las ideas sean buenas o malas; ya es bastante con ser ideas. ¡Suena tan bien! ¡Ideas, ideales, idealidad! Todos sus derivados, a cual más respetable. Torpe será él asesino y de escasos recursos oratorios el abogado qué le defienda para no dar con una idea, como móvil del crimen; una idea que, si. no consigue aminorar el castigo, por incomprensión de los jueces, por lo menos no haga desmerecer al acusado en la pública estimación. ¿Quién es capaz de negar él saludo a un hombre de ideas? Yo me imagino la vista de una causa por asesinato. En apariencia, un crimen vulgar, hasta repugnante. La víctima, una pobre mujer, que vivía atenida a una pensión por viudedad. El aparente móvil del crimen, el robo. El asesino, con los peores antecedentes. La pobre mujer vivía sola én una mísera vivienda. El criminal, con pretexto de entregar una carta, una vez dentro, y mientras la hace firmar el sobre dé la carta como acuse de recibo, derriba a la mujer, vieja y medio impe- U N LIBRO S BRE dida, y con las manos y después con una faja la estrangula, sin que la mujer puZULOAGA diera dar un grito. Lo registra todo, sóio L profesor Enrique Lafuenté Ferraencuentra tres o cuatro duros, que la muri nos ha traído el recuerdo de Igjer guardaba en el pecho; no encuentra nacio Zuloaga en un libro fundanada más qué valga la pena dé llevárse- mental sobre el pintor, en el que estudia lo, y sale de la casa no muy satisfecho, su vida y su arte Con toda intención pero pensando, sin duda, como aquel otro he escrito que nos trae su recuerdo, pues asesino de su eslaña, quien al ser detenido en el libro no sólo se estudian las caliday en presencia del juez, como éste le in- des, carácter, significación y valía de su crepaba por la enormidad de un asesina- pintura, sino que se traza la figura moral y se evoca el valor humano del pintor, to ante lo mezquino del provecho: D I A R I O ILU ST R A D C) D E I N F O R M AC IO N G E N ER A L ¿Y por tres duros ha sido usted capaz dé matar a un hombre? -Y, ¿qué quiere él señor juez? Tres duntos de aquí, tres dé allí... Pero este nuestro era, como Raskolnikoff, hombre de ideas y halló mejor disculpa, que supo aprovechar su abogado en el día del juicio para una brillante oración forense. El crimen era, mejor qué político, digamos social o filosófico, o! con mayor propiedad económico, ya que de resolver un problema económico se trataba El defendido no era un anarquista, sus ideas no eran perturbadoras del régimen; todo lo contrario, un ferviente partidario. Por ello, era su constante preocupación aliviarle de cargas innecesarias. ¡Cuántas veces había pensado él dispendio inútil que representa para el Estado las pensiones a las clases pasivas! Para todo buen ciudadano era un deber procurar aliviar al Estado dé esa onerosa carga. La víctima del crimen, al parecer inocente, era parte de esa carga. ¡Era viuda y cobraba por clases pasivas! -Mi defendido no tuvo én cuenta otra razón para suprimirla. Una viuda por aquí, una huérfana por allí... Si condenáis a mi defendido, malograréis los nobles propósitos de una banda de afiliados, que en poco tiempo estaban dispuestos a terminar con las clases pasivas, lo que supondría para el Estado el ahorro de muchos millones... El que se sienta én el banquillo no es un asesino, no es un vulgar criminal; es un sociólogo, es un hombre de ideas, qué pudieran estar equivocadas, pero no pueden ser más generosas... ¡La supresión de las clases pasivas! Como al llegar aquí dé su brillante oración hubo algunos murmullos en la sala, el defensor sé irguió arrogante: -Esos que protestan serán de esos parásitos, sanguijuelas del Estado, seres inútiles en la sociedad, que no tardarían en desaparecer si mi defendido llegara a conseguir la libre expansión de sus ideas. El Tribunal tuvo muy en cuenta las ideas económicas del acusado y, considerando: Que su permanencia en un presidio supondría para él Estado un dispendio no menos oneroso que una pensión de clases pasivas, le condenó a muerte, no por nada, sino como aorobación y conformidad con sus ideas. Y bien está cuando los criminales tienen su idea, que también la tengan los jueces que hayan de sentenciarlos. Jacinto BENAVENTE y ello con tal riqueza de datos y con fuerza evocativa tan incisiva, que volvemos otra vez a convivir con el gran hombre y a sentir como actuales y vivas las tertulias dé su estudio, él dinamismo de su sociabilidad, las excursiones por tierras de Castilla o de Vasconia, o las horas de la lucha enérgica y de la discusión de su arte; él aluvión dé argumentos polémicos sobre su concepción de la pintura primero y dé los temas españoles después. Zuloaga vivió el momento más despreocupado de Europa, ya que por mil razones, especialmente de orden espiritual, mé resista a decir que el más feliz. Es el momento anterior a la guerra mundial primera. Por su estudio desfilan los hombres de la política, de las finanzas, de la inteligencia, de la aristocracia más exigente. Unos posan ante su caballete para el retrato otros discuten las tendencias dé las últimas escuelas del arte y de la literatura; todos rinden pleitesía al pintor. Estos hombres se llaman Barres, o Rodin, o Rilke, o Ravél, o Degas. Entretanto en España se discute su arte o se censura su interpretación dé nuestro carácter. Ha irrumpido én nuestra literatura un grupo de escritores un tanto agrios y desafora- dos. Su critica está hecha precisamente desde él fondo más castizo y entrañable de España. A pesar de sus distintas y contradictorias tendencias, había de comprendérseles en un nombre generacional. A éste grupo correspondía Zuloaga, y es dé todos acaso el más característico y extremado dé toda la generación. Ha sido acierto de Lafuenté el presentarnos al gran pintor én medio de las solicitaciones, de una parte, del mtmdo cosmopolita y modernista (entonces cuadraba este adjetivo) de París, y dé otra, del austero mundo español que Zuloaga quiso vivir y experimentar en lo más desolado y yermo de Castilla la Vieja. Precisamente en los ajustes y desajustes con uno y otro ambienté había de residir lo más sugestivo del arte interpretativo de Zuloaga. El pintor, fiel a sí mismo, sorprende el carácter conquista principal de su pintura, de igual manera en las figuras intransferibles a otro ambiente del toreo El Chepa o el enano Gregorio el Botero, que en la silueta extra refinada y d anunziana dé la marquesa Casati. La enérgica consecuencia del pintor a su temperamento mantiene este paralelismo entre objetos al parecer tan distantes. Lafuenté, al estudiar el mundo que rodeó a Zuloaga, escribé páginas dé las más sagaces que conozco sobré nuestro pai- saje o nu stras costumbres y sobre la vida y él arte de Europa en aquel momento. Él espíritu de la vieja ciudad segovia na y ¿a silueta tan típicamente parisina de Mauricio Barres aparecen en esté libro ungidr i por el mismo acierto. Pero éste libro no es sólo cosa de leer, sino también de ver el defile de la obra del gran pintor en reproducciones impecables que jalona la lectura de su vida y comprueba las aserciones hechas sobre su arte. José María DE COSSIO de la Real Academia Española. C E