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DIARIO ILUST R A D O DE I N FORMACIÓN GENERAL g A p a s a d o el Carnaval... sin pasar. En otro tiempo, el Car; naval efa. anuncio de la Cuaresma; hoy, es la Cuaresma la que nos anuncia que ha pa! sado eí Carnaval. Esr los años desde el 8o de! pasado siglo hasta los primeros del presente, era Niza, en la estación de invierno y al despedirle con sus fiestas carnavalescas, la mayor atracción del turismo mundial. Repuesta Francia de sus desastrosa guerra del 70 y de la terrible consecuencia suya, en que se juntaron el patriotismo herido y la ilusión de un internacionalismo pacificador, como aviso y ensayo general con todo, de lo que hablan de ser la revolución rusa y la española, la una patrocinada y alentada por los que menos debieran, sólo atentos a conveniencias del momento, sin precaver los peligros futuros; la otra, vencida en España y por España, para dar una lec. cjón al mundo, por cierto no muy aprovechada. Francia en aquellos años era la nación predilecta de Europa. Sobre su rápida recuperación económica, su predominio intelectual y. sobré todo, ei atractivo de lo que en otras partes no deja de er o prosaica necesidad o frivolidades innecesarias de la vida, pero en todo ello ios franceses sobreponían a lo necesario lo gustoso, a lo rico y lo frivolo, la gracia y ei buen gusto, y así, en Francia, lo más necesario y lo más inútil, cocina, joyería, modistería, juguetes y- bombones, todo, al pasar por su industria podía figurar por derecho propio entre las Bellas Artes. Yo, ante muchos escaparates de París, me he emocionado como en cualquiera de los grandes Museos del mundo, y en uno de sus famosos restaurantes, en cierta ocasión, no pude por menos de apla u d i r ante una chuleta de ternera. De todas las gracias de Francia, era Niza el compendio en sus fiestas invernales. Era el alarde ostentoso de las más encantadoras apariencias de un mundo ilusionado. Europa estaba en paz. Eran los tiempos en que un buen cocinero- la bodega sey lecta de un embajador bastaban p a r a s o s layar conflictos intefnacionales y suavizar asperezas. La triple alianza de un lado y la alianza franco- rusa del otro se enseñaban los dien- tes, pero aun era sonrisa más que amenaza. Inglaterra, en su H ENTRE SUEÑO T RECUERDO espléndido aislamiento, era, con su neutralidad, el temor o la esperanza de todos, sej Ún la tuvieran en su día con ellos o contra ellos y, con esto, la mejor garantía de paz. El oro no habida ido a esconderse en los Bancos de Wall- Street para no dejarse ver más en Europa. Eran los tiempos en que un cochero de punto daba monedas de oro como sobrante al pago de su servicio, y en la s mesas de juego de Montecarlo se amontonaban las monedas de oro de cien francos del Principado de Monaco, que, según fama, eran las mejor acuñadas del mundo. En Niza podía verse a los grandes duques de Rusia, hermanos de Alejandro III y tíos de Nicolás II, pasar en sus carruajes, tirados por magníficos troncos de ios corpulentos trotones rusos, de color bronceado, como caballos de estatua ecuestre. Las bellezas profesionales, Carolina Oterc, Liane de Pougy, Emilienne d Alenqon, comnetían en belleza y atavíos. Carolina Otero había regresado de Rusia, con su deslumbrante coraza de brillantes v esmeraldas, que había sido la admiración 3 e París, al presentarse en Folies Bergére. Las más bellas artistas de París alternaban con las tres grandes sin competencia posible ni en trenes, ni en vestidos, ni en joyas. En ios días de Carnaval, más que de ABC DIARIO ÍLUS T R A D O D E INF O R M AC I O N G E N E RAL 0. V confetti o de flores, las batallas erars de lujosa presentad ó a en el adorno de los coches y en el vestuario de sus propietarias. Los confettis nó eran entonces los papelitos de colores que todos hemos conocido en los últimos tiempos de los Carnavales; eran tales confettis bolitas de harina endurecida, que se tiraban con raqueta, y de cuyos tiros había que defenderse con caretas de esgrima, pues algunas llegaban al blanco sin deshacerse y podían ocasionar un buen chichón. Las que se deshacían ín el aire o al golpe espolvoreaban trajesy coches, y al final el efecto era como s i hubiera nevado, pues hasta el suelo que daba blanqueado. ¡Felices tiempos en que de este modo podía desperdiciarse la harina! En ¡a batalla de flores, como en la de confetti, el suelo quedaba alfombrado de ella Por las noches se prolongaba ia fiesta en bailes de disfraces, en que- lo de menos, con ser mucho, era la suntuosidad; sobre ella, parecían siempre el arte y el buen gusto. El cronista de todo ello era Juan Lorrain, temible por sus procacidades al comentar sucesos y personas. Lo más satisfactorio era que esta insolente ostentación del lujo no despertaba odios. Los espectadores agradecían el espectáculo y los más humildes sabían que al correr y saltar del oro algunas salpicaduras íes llegaban. Quizá los más felices eran ios que se alegraban de la aparente alegría de los que les alegraban la vida y eran quizá los más tristes de todos. Montecarlo, con su Casino, era el complemento de los esplendores de N i z a. Pero, como en la cena de Baltasar de Alcázar, dejémoslo en que el portugués cayó enfermo, y quédese para otro día. No es que me duerma; es que quiero soñar sin dormir. No somos tan desgraciados los que podemos soñar, aí recordarlos, con aquellos tiempos de un m u n d o ilusionado, que había de teiter tan triste despertar, apenas empezado el siglo xx. Los que lleguen a empezar otro siglo, entre sueño y recuerdo, ¿pod r á 1 1 soííar ni recordar de este siglo triste algo parecido? Entonces podía decirse, como en El genio alegre, de los h e r m a n o s Quintero: ¡Alegrémonos de haber nacido! Hoy sólo podem o s decir: ¡Alegrémonos de morirnos pronto V JACINTO BRNAVEXTE RIVALIDAD, por Echea. -Ahora, para quedar bien, no voy a tener, mis remedio que encargar la Invención de la bomba de oxígeno.