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MUJERES DEL SEGUNDO IMPERIO c a r t a s perfumadas atadas con cintas de seda azul y rosa. Los a b r e temblorosa y puede apreciar q u e significan la prueba Las gracias incomde la infidelidad de parables de la gentil su difunto esposo. Sofía seducen a wss Entonces rasga injoven dandy que acadignada los funeraba de llegar a la capirios velos, rompe el tal de Rusia, investiaislamiento, enj u g a do de una alta reprelas lágrimas y se lansentación al duque za al gran mundo a de Morny, ex mínts embriagarse con su tro de Negocios Exnéctar, a olvidar y a tranjeros de Francia divertirse. y hermanastro y emAllí conoce al dubajador de N a p o león 1 H. M a n e r a s que de Sesto, marelegantes, levitas imqués de Alcañices; y pecables, monocle y sus patillas y su mahortensia en la soladrileño g a r b o la pa, es esta flor la únienamoran. Se casan, ca divisa de su ejea pesar de que ella cutoria, que se ciíra tiene varios hijos. Y en estas palabras, la La princesa Sofía TroubetzkSy, duquesa de Morny y de Sesto pintada, por Winterhalter. desde ese instante, ya tinas grabadas en la instalada en Madrid, portezuela de su coSofía se entrega con che: Tace sed memento (calla, pero recuer- toman forma teatral e inconsolable. Cu- pasión ardorosa y entusiasta a la empresa da) Como todos saben, Morny ha nacido bierta de crespones y deshecha en llanto, de restaurar en el Trono a los Borbones. de los amores de la Reina Hortensia con córtase los rubios bucles con gesto de reEl futuro Alfonso XII sonreirá allá en el conde Flaíhaut, al que a su vez se consi- nunciación y sacrificio, y los deposita como Sanhurst, complacido al vislumbrar los adadera fruto de otra ilícita pasión: la que ligó ofrenda fúnebre sobre el negro féretro que lides de su justa causa, nuncios de uri triuna la condesa, su madre, con Talleyrand. De encierra los conyugales restos del gran fo ya seguro; un estadista insigne: don ahí la frase igualmente cínica del colega dandy. Antonio Cánovas, y un puñado de mujeres Le guarda luto severísimo con trazas de bonitas y elegantes, que acaudilla la en un de nuestro duque de Osuna: Mi abuelo era obispo, mi madre Reina y mi hermano Em- ser eterna Mas, de repente, registrando tiempo duquesa de Morny, ahora de Sesto. perador. Y encuentro todo esto natural. un día un secrétaire, buscando unos papeFEDERICO OLIVAN Sofía Troubetzkóy, convertida en duque- les, caen en sus manos unos paquetes de XAMINEMOS hoy, siquiera a grandes i rasgos y en visión relámpago, la figu 4 ra exquisita de esta belleza del segundo Imperio que, como otras de la época, infiere su hermosura en la política y se asocia también, po. r amor a España y a su segundo esposo, a los avatares de nuestra Historia y a las vicisitudes de la Restauración. Sofía Troubetzkóy, hija del príncipe Sergio de este nombre y de Catalina Moussinv: Puskhine, nace en San Petersburgo durante el reinado del Zar Nicolás I, cuya paternidad sse le atribuye, dada la apasionada admiración que por la princesa siente éste y el alejamiento al Cáucaso con una misión especial de su rebelde y estrafalario cónyuge. Sofía, q o e ha heredado la fascinante hermosura de su madre y posee todas las complejidades y misterios de! carácter eslavo, se educa en la Corte, dando muestras muy precoces de su fina inteligencia y de su sensibilidad, hecha de intuiciones y de ensueños. Al morir sus padres y el Emperador, la Emperatriz viuda y el nuevo Zar Alejandro II se hacen cargo de la pequeña, conociendo tal vez la augusta ascendencia, que a nadie se oculta y menos al Soberano, que, s i g u i e n d o e l ejemplo de su padre y antecesor, ha convertido a la be 11- a princesa Dolgoruky en su amante y favorita. SOFÍA TROUBETZKOY E sa de Morny, brilló con esplendor apoteósico, primero, en San Petersburgo, y después, en París, como embajadora de Fran cia y ministra de Negocios Extranjeros, respectivamente. Se envidia su belleza, que sólo puede rivalizar con la de la Emperatriz o la de la Castiglione; se copian sus toilettes, que constituyen el último grito de la moda; se comentan sus caprichos y sus aficiones a los pájaros exóticos, a los monos, a los perros japoneses, a los refinamientos de Oriente... Muere en esto su marido, a quien quería sinceramente. Y su dolor y desesperación Duque de Sesto, marqués de Alcañices.