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MADRID, DÍA 2 DE DICBRE. DE 1949, NUMERO SUELTO 50 CENTS. g. Ü LOS CABALLITOS rror; los hay que sólo ceden a la dulzura y al trabajo. Los hay trabajadores y los hay (hc! gazsnes. Los a n i m a l e s feroces son propensos a la holgazanería. Casi ío- dos los accidentes de los domadores se producen en días en que las fieras, ya en ensayos o en funciones, han tenido un exceso de trabajo. Les caballos son muy sensibles a ia vanidad; les gusta verse bien enjaezados, con adornos y penachos. Caballos que en la cuadra parecen, y a veces lo sen en realidad, viejos y cansinos, apenas los enjaezan y engalanan para salir a la pista, parecen rejuvenecidos y gallardos. Agradezcamos- al señor Carceller la restauración del Circo; que, como de niños nos decían: os llevaremos a los caballitos, podamos decir lo mismo a los niños de nuestro cariño: iremos a los caballitos, y que su alegría nes alegre como nos alegraba de niños, porque eso es el circo ante todo, alegría para los niños y para los que saben ser niños siempre, que es el modo de no envejecer nunca, cuando la vejez puede llamarse, con el más grato nombré, segunda infancia, aunque sea a costa de chocheces, qué es lo más parecido a las niñadas. Jacinto BENAVENTE TARI O I L U S T R A. D O D E l N F O R M. A C I- CD N G E N E R A L ü los secretos de la talla directa. Dio sus iniciales pasos de escultor, y gracias a ellos obtuvo, la modesta pensión para atravesar la frontera e instalarse en París. Mateo Hernández se encontraba ya en rumbo cierto hacia la fama. El anecdoíario, como animalista, de Hernández es inagotable. Los animales llamados salvajes que tanta ternura y tan bellas páginas inspiraran a Démaisen, y antes a Kipling, y también a Zelten, eran los mejores amigos del escultor. Debía poseer esa especié- de olor que se atribuye Munthe cuando explica la atracción amistosa que por él sentían los perros, sólo que extendido a un mundo más vasto, en el que otras muchas especies, que la de los canes, estaban comprendidas. Una de las mejores anécdotas la ha relatado en su hermoso libro, Manolo el escritor Francisco de Cos ío. Es la del gran mono del Zoo parisién. Mateo Hernández había ido con asiduidad ante su jaula y siempre le llevaba alguna golosina. Después de un tiempo sin volver, retornó un día y le pidió al encargado de kis fieras que le abriese la reja para entrar a saludar al mono. Aquél se negó. en principio, pero ante la insistencia, y no sin gran miedo, accedió. Y entonces, cuenta Cossío, que el mono hizo una recepción conmovedora a su amigo: le abrazaba, 1? daba palmaditas en la cara, parecía un humano al qué la emoción le embargase. Poseía una osa en su casa Mateo Hernández. Le había servido como modelo infinidad de veces. La esa era para él como una persona de la familia. Su aumentación era cestcsa, pero en los tiempos difíciles de la ocupación alemana todavía se hizo más difícil. Y el escultor bajaba casi a diario a París psra adquirir, a peso de oro Ips alimentos necesarios. Hace poco, si la. memoria no nos engaña, murió la esa, y el artista quedó sumido en, un gran desconsuelo. A Mateo Hernández, según las noticias de las agencias informadoras, se pensaba hacerle ahora en su patria, y la nuestra, España, un homenaje nacional. La muerte, arrebatándole, lo ha hecho imposible. Pero ello no quita para que se lé tribute a su obra organizando una gran exhibición dé sus esculturas, -d e cuantas se puedan allegar. A él este homenaje, en vida, de fijo qu e le hubiera llenado de legítima, satisfacción y hubiese supuesto la bella coronación de una existencia de lucha, de noble devoción al arte de renunciamiento a- muchas cosas en beneficio dé una sola. Mateo Hernández ha sido uno de les escultores más característicos de este tiempo. Aparte dé su justa fama de ani malista, también había hecho, bustos y figuras de gran valor. Realizaba su obra directamente. Hcmbre de recia naturaleza, no obstante, el manejo de los instrumentos sobre las duras materias fueron minando, a lo largo de los años, sus fuerzas físicas. Ahora, cualquiera que se acerqué al taller de Mateo Hernández, en Meudon, lo hallará rodeado de silencio. No cantará él martillo en é! Y el húmedo paisaje lo parecerá de llanto por el maestro ido- para siempre. Miguel PÉREZ PERRERO L activo, ahora, decimos dinámico, empresario señor Carceller ha teni do el acierto de restaurar el espectáculo del Circo, para satisfacción de sus aficionados, a 1 lo que deb; ser él Circo. En estes últimos tiempos, a consecuencia de las guerras, por las dificultades de viajes y transportes, por la escasez de artis as disponibles, el Circo había perdido su peculiaridad, mixtificado con números más propios de un escenario que de la pista. Faltaban en primer lugar los caballos, que fueron siempre para chicos y grandes sinónimo de circo. Vamos a los caballitos, se decía: os llevaremos a los caballitos, nos decían de niños. El Circo, psra ser verdadero circo; ha de oler a caballeriza, y a ese olor, que los franceses llaman fauve que es el perfume de las fieras, entre amoníaco y almizcle, aguzado por algún desinfectante. No quiera esto decir que ahora el Circo trascienda a estes olores, pues nunca los diferentes animales en él presentados lo han sido con tanta limpieza y cuidadoso esmero. Ppro con ellos el Cir- co es hoy verdadero Circo. Caballos, leones, tigres, osos, elefantes, con amazonas, acróbatas, -malabaristas... Muchos y grandes escritores han sido admiradores del Circo y de sus artistas, pero ninguno se ha atrevido a- incluir el arte del Circo entre las bellas artes. Sus ejercicios se han considerado sólo en su material aspecto de ejercicio físico. Pocos han sido les que han sabido ver la parte espiritual que hay en ellos. Tanto como de su estética, que ya s asunto espiritual, pudiera decirse de su ética. La perseverante voluntad, la disciplina, la vocación, el esfuerzo que supone el llegar a conseguir ese automatismo del cuerpo, triunfador de las leyes físicas y aun de las espirituales, ese dominio, tanto físico como espiritual, que- un día y otros, a la misma hora se sobrepone a las flaquezas del cuerpo y a las preocupaciones del espíritu para no perder atención mi seguridad, que en un ejercicio de Circo no pasarían inadvertidos, como puede pasar en cualquier otro arte. Y la doma de animales, feroces o domésticos, ¿no supone un conocimiento de su psicología, del carácter individual cié cada uno de ellos? Aun grandes filósofos, Schopenhauer, entre ellos, han asegurado que el animal carecía 1 de individualidad, que en cada uno sólo ss percibía el carácter de la r. sza. Poco familiarizado está con los animales el que pueda creerlo. De esto saben más los domadores que los filósofos y- los naturalistas. No hay dos animales a los que pueda aplicarse el mismo sistema de educación: Sin contar con los desechados por ineducables. El famoso Corradini, gran amaestrador de caballos, en libertad y a la alta escuela, tuvo que probar con más de veinte caballos hasta conseguir que uno de ellos ejecutara el número de la pista giratoria, que Corradini presentó en el antiguo Gran Hipódromo de París y después por todo el rnundo. Al domador Bidel le he oído referir curiosas particularidades de los caprichos, rarezas y manías de los animales. Como entré las personas, los hay imbéciles, locos, y hasta neurasténicos por temporadas, como cualquier señora distinguida o cualquier artista célebre. Los, hay que sólo pueden ser dominados por el te- MATEO HERNÁNDEZ EUDON, paisaje tierno, como to do el que rodea París, extiendesus grises suaves y sus verdes húmedos, que ai mediterráneo se antojan un tanto tristes, sobre tod; al principio, cuando liega con las retinas llenas de los límpidos cielos de su patria y. ds luces deslumbrantes... En Meudon vivía desde hace mucho tiempo Mateo Hernándea, español de cuerpo entero, con el alma, acaso sin él saberle- parecida a la de esos conquistadores, orgullo de nuestra Historia. A ÍES encasas horas de la muerte de Mateo Hernández en su mojado rincón de las puertas de JParís, las radios del mundo entero lanzaban al espacio, can duelo, la noticia. Sin embargo, cada vez que muere un gran artista resta, al menos, un consuelo, eme no- nuéde venir en- alivio dé otras pérdidas: la obra queda. Los hombres de esta generación, en España, que ahora se hallan en la mitad del camino de la vida, empezaron a ver y- admirar los asombrosos animales de Mateo Hernández en una bella re ista de minorías que se titulaba Alfar y en la que aspiraban escribir todos les jóvenes literatos y críticos del momento. Allí, en láminas de papel brillante, pegadas sobre las hojas mate, se nos mostraban las creaciones del asombroso escultor. A veces el artículo que las acompañaba era biográfico, o crítico, o hacía una relación de anécdotas del personaje, que reflejaban s u voluntad, Su carácter, o sus extraordinarias dotes. Nadie, medianamente aficionado a las disciplinas artísticas, ignora los comienzos de Mateo Hernández, la ascensión en su carrera desde la humilde condición de cantero, que fue la de sus añes de adolescencia, allá en Béjar, su villa natal salmantina. Mas aquellos agobiadores con- tactoá con la piedra habrían de darle su futura técnica, su penetración en todos M