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MADRID, DÍA 7 DE J U N I O DE 1 9 4 9 NUMERO SUELTO 5 C E N T S ANTE UN ROMERO ROBLEDO OMO presumir que, después de tantos y tantos años, reaparecería Romero Robledo, en Asamblea nada política, alternando con gentes de muy acendradas y exclusivas preocupaciones estéticas? Claro es que esta insospechable comparecencia dé Romero Robledo en la d orsiana. Academia Breve se debe al pincel recreador de Pinazo el viejo, Pero comoquiera que sea, Romero Robledo está ahí, vivo y hablando, o dispuesto a hablar, por obra del arte y decisión propia a la vez, en persuasiva y di- j recta correspondencia del miguelangesco Perché non paríate? y el casi automático Pido la palabra que ávidamente lanzó el propio Romero Robledo cuando fue autorizado para hablar de nuevo por el cirujano que acababa dé operarle un terrible tumor facial que le desfiguró para siempre. DIARIO ILUS T RAD O DE INF 0 R MA C IO N G E N ERA L í quien para más cumplida realización de día pellizcó, picó y rascó en las prietas su papel en el escenario de la vida nacio- carnes del bridón, avivándole músculos, nal, dijérase que le fue dada por el doctor nervios y tendones. Bergmann la máscara en carne viva con Andando, andando, también, se armaba que hubo de retratarle Pinazo; careta él caballero: la loriga, el casco de bacine- -mitad naturaleza, mitad artificio- -de te... -las calzas, los agudos acicates... tragediante sin saberlo, extraída del proEl mismo viento que encaracoló las pio ser. crines y peinó la cola de Babieca aplas Está hablando suele decirse de cual- tó las barbas del Cid sobre su recio pequier persona bien retratada. Hablando cho castellano, henchido de valor y de tenía que estar Romero Robledo, por ser nobleza. la palabra razón suprema dé su vida; Devoradas ya arma arrojadiza, tantas veces certera, en otea el jinete muchas leguas de paz, del la bruma y los álamos la polémica librada como batalla conti- río burgalés. Pocos días faltaban para nua. Romero Robledo ganó el campeona- que caballo y caballero to de duración en oratoria parlamentaria la prieta y blanca brumase perdieran en. de la escayola, con su famoso discurso de las ocho ho- y no volveríamos a verlos sino hartos ras- -seis cuenta Pons y Umbért- para de bronce, listos para aguantar la Fadar tiempo a una solución que evitara la ma y pelear con el Tiempo por los siglos crisis del Ministerio Malcampo. Romero los siglos Robledo hablaba con espíritu que hoy de España. si Dios atiende a la ilusión llamaríamos deportivo, atento a los efec- de Fuimos a despedirnos del s olarengo de tos inmediatos, resolviendo su juego político en encuentros personales. Pero la Vivar y a darle a Babieca una palmada crítica de Romero y del romerismo se en las ampulosas nalgas. El Cid, caído el ha hecho mil veces, y la explicación dé brazo izquierdo sobre el recio muslo, fijasu carácter por un ambiente determina- ba los ojos én la Tizona que empuña la do habría que llevarla a cabo con algún diestra mano, apuntando a la Historia áz detenimiento. Dentro del cacique alenta- Castilla. Juan Cristóbal, derrengado en un sillón ba un hombre de muy viva inteligencia, de singular habilidad polémica, de exce- del estudio, contemplaba la obra de su lente castellano en sus discursos. Un talento y dé su esfuerzo. Al revés que hombre de generoso arranque como él todas las moscas, él había dado su sangre acreditado en la defensa de la duquesa de al Cid y a Babieca Castro- Enríquéz. Y sería preciso conside- -Mañana- -mé dijo- -empiezan a escarar, en la revisión histórica de Romero yolar. Y una nubécula de tristeza nos nuRobledo, su patriotismo, el patriotismo bló la vista: el hermoso juguete pasaba harto irreflexivo- -por tantos españoles a otras manos. ¡Paciencia! Ya lo habíacompartido- que le llevó a pedir la sa- mos disfrutado bastante tiempo. lida de la Escuadra de Cervera, en la dramática disyuntiva de todos sabida. Y ¿Luego? Aseguro que nunca vi ruina en otra ocasión, con mejor discernimiento de circunstancias, su intransigencia en tan impresionante: el cuarto delantero de punto a la Unidad Nacional le hizo en Babieca se vino al suelo en una silenfrentarse con los primeros diputados ca- ciosa madrugada sin que nadie pudiera presentirlo ni siquiera sospecharlo. ¿Qué talanistas. duendes jugaron tan mala partida al famoso caballero? ¿Qué gigante airado y M. FERNANDEZ ALMAGRO malsín hendió con tan formidable cuchide la Real Academia de la Historiare llada el magnífico caballo? Una maraña de nervios y arterias de alambre, tendones de hierro y EL CABALLO DE JUAN ra, músculos dé barro... todo de madeen aplastado regocijo, del que descuella la cabeCRISTÓBAL za del bruto; el estupor cuajado en ios i RA nuestro magnífico juguete, por- enormes ojos y el belfo tembloroso en H que nos entretenía y también por- mueca dé dolor y vencimiento; mientras que nos ilusionaba: gran caballo el Cid, caballero en la mitad de su Bade barro en cuyos ollares cabían un par bieca sigue mirando serenamente la ruta de aquellos caballitos que de niños com- de su fama. prábamos- en los puestecillos callejeros, ¿Es un la Proa tres reales el tronco. Le vimos crecer videncia! símbolo aque el azar, ¡ode hogaofrece los hombres y embarnecer. Cuando era potro, pelón ño, angustiados y ciegos de terrores y de crines y cernejas, Juan Cristóbal le dudas? echó la silla a la morisca, le cinchó, y, caA Juan Cristóbal y a mí, porque sosi cerrero, lo cabalgó Rodrigo Díaz de Vivar, que, empinado en los estribos, a mos hombres de hogaño, ae nos llenan de la brida, lo puso a largo tranco de an- lágrimas los ojos; poco decimos y medadura camino de Burgos, decidido a no n o s comentamos. Pero... nos infunde echar pie a tierra mientras no pasara bajo alientos, y bien lo necesita mi amigo, este el ancho arco de la Puerta de Santa Cid Campeador que, seguro e implacable, sigue, a lomos de medio caballo, seMaría. ñalando con la punta de su espada a la Andando crecía el caballo, y andando Historia de Castilla. le despalmaron y herraron. Juan era su única mosca; mosca sabia que día tras José Carlos DE LUNA C Ese Romero Robledo, retratado por Pinszo, a título de presidente del Congreso, tal como era- poco antes dé su muerte, dista mucho del Romero Robledo juvenil, auténtico pollo de Antequera novel diputado én las Cortes de la Unión Liberal, que describió don Aureliano Linares Rivas en La primera Cámara de la Restauración con palabras cargadas por el acento de una época que todavía era romántica: Aquel rostro, rubio como el de Apolo, poblado de barba del mismo color, artística en el más alto grado; aquella cabellera ensortijada y hermosa, aquella palidez intensa, aquellos ojos lánguidos y expresivos, aquella sonrisa sardónica, aquel ímpetu y aquella vivacidad casi infantil... Ese presunto héroe de novela romántica luchó denodadamente, pero no como en las de aire legendario o fabuloso, sino con muy reales y realistas empeños, a salvo de escrúpulos y fantasías, en fangosa liza por cierto, salpicando de corruptelas el régimen, de tan típica y personal manera, que llegó a encarnar todo un estilo político, poco favorable, en verdad, al interés general. El batallador diputado se le llamó por antonomasia, y más aún que a Posada Herrera le habría podido aplicar Olózaga el moté irónico de Grande Elector Por conocer al detalle la topografía política de su tiempo, y a los nombres qué en ella se movían- -divididos implacablemente en amigos y enemigos- Romero Robledo, Empecinado del Parlamento, fue un guerrillero de sagaz instinto y de tanto tesón como arrogancia. Personaje representativo, podría dar nombre a una achicada España, existente, a partir de la revolución del 68: una España, la de Romero Robledo, que no fue precisamente la del fino e intelectual Silvéla, su antagonista por tantos motivos: diferentes el uno del otro como lo son un patricio florentino y un jeque marroquí. Personaje representativo, sí resulta el vehemente y poco inclinado a la lectura Romero a