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D LA R I O I L U S T R A D O i DIE I N FO RMAC IO N G E NER A L) SPAÑA es una gran exportadora de aceite, vinos, naranjas... y energúmenos. Empleo esta palabra sin la más leve descalificación peyorativa: en su etimológico sentido de seres dotados de grandes chorros de energías. A nuestros escritores y filósofos, con simples a r m a s intelectuales les cuesta trabajo abrirse paso hacia la universalidad. A nosotros en el mercado internacional nos piden hombres Manolete ha sido nuestra máxima exportación reciente. Por eso nuestros escritores, para interesar en el mundo, han de parecerse a Manolete lo más posible: quiero decir que han de estar cargados, ante todo, d valores patéticos y personales. Así García Lorca, por su anécdotario o su teatro de pasiones tremendas. Así, sobre todo, don Miguel de Unamüno, que por su centelleante humanidad agónica y paradójica, se anticipó a ser una vacación de racionalidad, cuando los libros europeos eran todavía tan racionalistas. Por éso, por ser el hombre lo qus se busca en él y no el filósofo, ni el novelista, ni el dramaturgo toda Europa y América anda a la caza de sus cartas íntimas, donde, casi más vivamente que en su lírica, se perpetúa lo que nías interesa en él, que es él mismo. A don Miguel no le quieren oír ideas o frases; le quieren oír suspiros, tacos o rabietas. Y todo esto es más fácil de encontrar en una carta que én un ensayo filosófico. Ya se habían publicado muchas; sobre todo las interesantísimas a Ganivet y a Clarín Ahora, en la Revista de la Universidad de Buenos Aires él doctor Hernán Benítez publica el que, a mi juicio, va a ser el mayor tesoro epistolar de don Miguel: sus cartas al bilbaíno Jiménez Ilundain. Pertenecía Ilundain, con Areüza, Zuloaga y otros, al grupo intelectual vizcaíno del siglo pasado. Bilbao siempre ha tenido, al lado de su gran industria, una yeta intelectualista, un alto horno inquietud espiritual. Luego fue el grupo de Basterra, Equilior, Sánchez Mazas, el segundo Areilza, Mourlane. Estos grupos siempre me han dado una sensación agónica de patrulla cogida entre dos fuegos. Por la costa íes viene mucho universalismo europeo: el que recogen los cabalSeritos de Azcoitia los Peñaflorida, las Sociedades Económicas, De los valles de adentro les viene mucha fe de carbonero y mucha cerrazón prehistórica: lo que recogen los frailes separatistas... Y en el centro hay siempre una tertulia exquisita, que se consuela comunicándose su dolorida e incomprendida soledad. En la tertulia de fin de siglo, Ilundain, que pronto había de trasladarse a París, representa el espíritu plenamente ganado por el agnosticismo ateo de la hora. Su correspondencia con don Miguel se plantea en este plano y con una lógica absoluta. Don Miguel tampoco es creyente ortodoxo, pero es cristiano místico. Hundían le reprocha esto como una inconsecuencia y mal negocio. Ilundain, con rapidez lógica de hombre de negocios, le viene a replicar a Unamuno que al margen del dogma no hay más lógica aut la del paganismo, ni más Santo Padre que el viejo Anacreonte, -que amarraba con rosas los minutos fugaces de la vida. No vale 3 a pena de prescindir de la DIARIO ILUS T RADO D E INFO RMAC IO N G ENER A L monstruoso compromiso entre dos fuerzas que se destruyen el Derecho Romano y el Evangelio. Ese es todo el nudo de su objeción paralizante. El ve en el Evangelio una construcción pura de justicia, no de ley; de gracia, no de derecho. Y luego en la civilización cristiana, cree ver al Evangelio metido en un organismo romanista e impura de derechos y leyes. Es ésta su desilusión. Postura deshumanizada de místico puro de puritano angélico, que exige un Evangelio total, sin hombres qué vayan realizando poco a poco sin historicidad impura. Religión toda vencida del lado dé la Divinidad, con olvido de la Humanidad y de la Encarnación. En definitiva, lo que al alma arrebatada de Unamuno le faltaba para poder superar aquella paradoja del Cristianismo y su Evangelio era preparación positiva religiosa, como señala Hernán Benítez: esas letras que Santa Teresa consideraba tan precisas como el más alto espíritu para entender en las cosas de éste. A Unamuno le faltó un poco de humHdad para colocar su alma, vaso de agónicos problemas, en la corriente de una inmensa tradición de ciencia católica, elaborada y positiva, a ver si se llevaba. Porque era enorme la capacidad de angustia que tenía su alma... Pero veinte siglos de ciencia, en una constante dirección, también son algo, don Miguel. Y hubiera sido oportuno, alguna vez, ensayar el interrogar humildemente a esos veinte siglos, en vez de interrogarse tanto a sí mismo. Pero acaso esa interrogación fue duramente acallada, de una vez para siempre, en aquel episodio juvenil que relata en la carta segunda verdadera joya autobiográfica de valor inestimable. Siendo casi un niño al volver de comulgar, don Miguel se decide a abrir el Evangelio al azar y poner el dedo sobre un versillo. Le sale aquél que dice: Id y predicad el Evangelio por todas las naciones. Don Miguel se estremece. ¿Deberá hacerse sacerdote? Pero ya entonces- -dice- -como estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaraciones. Abro otra vez el Evangelio al volver de comulgar y le sale el versillo 27, del capítulo IX de San Juan: Ya os lo he dicho y no habéis atendido, ¿por qué lo queréis oír otra VÍZ? Don Miguel termina su relación: En mucho tiempo repercutió la sentencia en mi interior y el recuerdo dé aquellas palabras me ha seguido siempre. Decidiéndose a un audaz manejo de valores sobrenaturales, quizá está en ese inestimable pasaje epistolar, mejor que én todos sus libros, la explicación de la vida y angustia de Unamuno. Siempre dio la impresión dé un cura laico: desde su traje y su honestidad de conducta hasta esas cartas de director espiritual. Siempre dio la impresión de consumirse honradamente en un ascético rigor digno de mejor causa. ¿Sería esa causa rhejor la que le fue ofrecida al oído aquel día, en su niñez, de vuelta de la iglesia? La tristeza agónica qus le acompañó siempre, no sería en definitiva la incomodidad y la insatisfacción de la gracia resistida? José María PEMAN de la Real Acadvinhr Española UNAMUNO, OLA GRACIA RESISTIDA fe para imponerse las incomodidades y ascetismos que Unamuno se imponía a nombre de una verdad personal y problemática. El negocio de nuestra felicidad que es nuestro único fin, si no tenemos fe, se liquida con déficit si, rechazando la moral dogmática, nos fabricamos nosotros otra moral más exigente y dificultosa. Ilundain, con precisiones de contable objeta anchamente frente a la bancarrota de este mundo que, olvidado de la ley de Dios, se está legis- Oon Miguel de Unamuno. lando lealtades complicadísimas a nuestro propio yo y conductas apretadísimas que pueden llegar hasta el suicidio heroico y otras vacías sublimidades. La cumbre del Sinaí es sitio para Dios. El hombre, en ella, sufre vértigos, pierde la cEhaza y. en vez de diez mandamientos, acaba codificando diez mil tonterías. Frente a esta paganía de Ilundain, que ni siquiera tiene la compensación de una riénte exposición a lo Valera, don Miguel se coloca, desde el primer momento, en Un plano de verdadero director espiritual. Sus cartas no son de pura prosa especulativa; son activas, apostólicas. Más que exponer ideas, recomiendan un plan dé vida: le aconseja que lea el Evangelio continuamente; le envía su meditación titulada El reinado social de Jesús le propone que, como a él, aun sin fe, se ajuste a ciertas prácticas religiosas de su niñez creyente; que entre en sí; que rece... No habría más que cambiar una veintena de palabras para que sus cartas fuesen definitivamente las de cualquier cura, las de cualquier confesor. ¿Qué es lo que interceptaba entonces la pronunciación de esas veinte palabras que hubieran metido en orden y perfil aquel ímpetu apostólico; que hubieran dado normal aprovechamiento a aquel escritor que, a fuerza de no ser religioso, no habló más que de religión toda su vida? Es un problema que tienta la curiosidad, y cuya respuesta Hernán Benítez señala agudamente en la carta segunda. La Iglesia Católica- -escribe don Miguel- -no es, en gran parte, más que un