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DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACION GENERAL. 50 CÉNTIMOS km m EL k UE DIARIO ILUST R A D O D E INF O R MA C I O N G EN ERA L que la piel de rico abriga más, puesto que se conforman con el duro clima de la meseta. Piel de rico español, se entiende. Y no importa para el caso qué se envuelva en espesos gabanes y que eleve artificialmente la temperatura de su casa, porque las penosas molestias del mal tiempo no desaparecen con precauciones tan elementales que no alcanzan a suprimir la tristeza invernal, los vientos fríos, la hostilidad de la Naturaleza en esa época del año. No se comprende por qué no existe en ninguna parte de España una ciudad dé invierno. Alicante, las Baleares, las Canarias ofrecen inútilmente la dulzura de su cielo y la belleza dé su tierra, y algunas personas se deciden a acudir para beneficiarse con ello, pero apenas existe una organización que refuerce ésos atractivos naturales, y los resultados, desde el punto de vista del turismo, son muy pobres. Málaga podía ser la Costa Azul de Ja Península. Su clima es mejor, más delicioso y constante que el de aquellos afamados lugares; reúne todas las apetecibles condiciones, no le falta más que un esfuerzo inteligente que sin duda ella sola no alcanzaría a realizar en la necesaria medida. Lo cierto es que, como ciudad, Málaga no basta. Ni ella ni ninguna otra. No hay en España un San Sebastián de invierno, y es evidente que no se podría construir, pero sí algo que no se alejase demasiado, sin ser una ciudad precisamente. Málaga no tiene por su urbanización un carácter atractivo. Ni la severa sugestión de tantos encantadores I rincones de Córdoba, ni la incomparable belleza ds algún barrio de Sevilla. Apénas la simpatía de algunas angostas calles, gratas para ser paseadas durante la nacho, en las que el balcón de un edificio parece tocar la pared de enfrente, y laa bombillas eléctricas. se ocultan en la abultada armadura de faroles antiguos, y una casa aquí y otra allá rompen la alineación y dan un paso al frente como si contestasen a las Ordenanzas municipales: -Déjenme ustedes, que quiero ver mejor a esa mujer bonita que entra en la callé y decirle un piropo al oído. Pero a escasos kilómetros de la capital existen lugares cautivadores. Entre Fuéngirola y Marbclla, y más allá, entre Marbdla y Esíepona, ss extienden paisajes donde se acumulan, satisfechos, todos los requisitos apetecibles para una estación invernal. Bosques de pinos dan sombra y aroma, limpias y frecuentes playas ponen canela a un mar tibio y tranquilo, el sol rara vez se ausenta del cielo azul a lo largo de días mágicos que ponen en la sangre el suave gozo de sentirse vivir dulcemente. La sierra- -esa brava y alta e impresionante sierra de Ronda- -es vecina del mar. Las posibiliEL BUEN TIEMPO ES ORO dades son inmensas. intentar algo con Reconozco que para E cuenta que Montero Ríos- -gran garantías de acierto no bastaría la iniciativa particular abandonada a sí misfriolero- -decía que la piel de las mujeres era la más resistente al frío. ma. Hay un peligro en esta clase de enpor corno las veía afrontarlo con telas sayos, y es que, por una u otra razón, bajo las cuales no dejaría de tiritar un si cada upo se dedica a hacer lo qus le hombre, e ir, en crudas noches, descota- parece más provechoso para él, por puro das y con vestidos levísiiros. Yo pienso afán lucrativo, el conjunto resulte latodo literatura, y aun lo que es literatura, es otra literatura, que bien pudiéramos llamar teatral; para hablada, más que para leída; aunque a la larga sólo vengan a quedar las obras de teatro bien escritas, que suelen ser las menos apreciadas en la representación. Shakespeare fue sin duda un gran autor teatral, pues son muchos los críticos y admiradores, dé acuerdo en opinar que las obras de Shakespeare nada ganan en la representación. El autor ha de luchar hoy hasta con el tiempo; con la hora de empezar los espectáculos. En poco más de dos horas, ha de representarse una comedia a toda prisa. Alguna vez, los críticos advierten que los caracteres están desdibujados. Dígase si en dos horas, aunque sólo tenga la obra seis o siete personajes, hay tiempo para dibujarles a todos el carácter; es en la vida y en muchos años de ella apenas si encontramos un carácter bien dibujado. Nadie ignora que, por razones económicas, todas las compañías son hoy deficientes y los autores sólo cuentan con una o dos figuras a las que puede confiarse para una interpretación acertada; a los demás, hay que escamotearles cuanto sea posible su cometido. Por la premura del tiempo- -en todo ha de economizarse- hay que evitar los cambios de decorado. Hay que evitar que la obra sea de mucho vestir para las actrices. ¡Aquellos segundos actos de las comedias francesas y de algunas españolas, en que era de rigor un salón de baile, para que las actrices lucieran lujosos vestidos, y las espectadoras pudieran recrearse admirándoles o criticándoles, que todo era aliciente en ventaja de las comedias! Hoy sería crueldad exigir a las actrices vestidos que suponen el sueldo ds una temporada. Por las mismas razones, no se puede imponer a una empresa obras de época o de un numeroso reparto, que significaría un aumento insoportable en la nómina. El autor que tenga el don de hacerse cargo no saldrá de la saüta modesta, de los vestidos sencillos y ds un reparto limitado a cinco o seis actores. Todo ello es bien poco para sostener un día y otro el interés del público. Las empresas debieran pensar, y esto sería tal vez la salvación del teatro, en que el dinero sólo se defiende con dinero, y que una buena compañía, con lujosa 1; presentaciones de escena, actrices bien vestidas, en nada perjudicaría a una obra genial, cuando la obra genial llegara; y entré las del término medio, acostumbrado y corriente, algunas, por gracia de los actores y de la presentación, es posible que llegaran a parecer geniales. Jacinto BENAVENTE TEATRO el teatro, como dicen en Francia, tiene la vida dura, es indudable. Han sido siempre, y son todavía tantos sus enemigos, que sin una fuerte vitalidad no se comprende cómo ha podido subsistir. La docta crítica, los cultivadores de otros géneros literarios, que siempre han mirado el teatro con desprecio, considerándole como inferior a la poesía y a la novela quizá por comunicarse más directamente con el público y conseguir con ello para sus cultivadores más ruidosa popularidad; pasemos por alto lo de ser más lucrativo en apariencia; digo en apariencia, porque en el teatro, como teatro, todo es apariencia, lo mismo aplausos que ganancias; con altibajos que todo autor de comedias ha conocido y aun de pg tener previstos. En el teatro, por el acierto en una obra, como si el aplauso fuera un préstamo oneroso, hay que pagar los réditos en obras sucesivas, aunque éstas no sean peores que la celebrada por el público y por la crítica. Hay una frase muy usual y muy expresiva, entre, la gente de teatro, cuando un negocio teatral ha sido muy productivo: Ha sido robar el dinero. En efecto, los triunfos del teatro, en gloria o en dinero, parecen siempre robados, nunca permiten la satisfacción de una legítima ganancia. Yo no he creído nunca en la cris. s teatral, al contrario, creo que nunca ha estado el teatro en condiciones más favorables en compensación de otras muchas, que por sí solas justificarían la crisis, si crisis hubiera en efecto. Las condiciones favorables son: un público nada exigente, una crítica nunca más benévola, quizá por generosa y muy plausible consideración a los intereses que hov se arriesgan en cualquier empresa teatral. El público paga cada vez más caras las localidades en los espectáculos, y acude con preferencia a los más sin duda po ¡r creer que al precio ha de corresponder la calidad; estimación de nuevos ricos, y! a verdad es que, cuando el público ha pagado más cara su localidad, tarda más en percatarse de que le han engañado. El papel de primo es siempre deslucido y si el dejarse robar se ha dicho siempre, qué es cualidad de los grandes señores, en nada más fácil imitarlos. Las condiciones en contra del teatro pesan principalmente sobre los autores; y ya es milagroso que puedan salvarlas y haya todavía autores que las superan con talento o con habilidad. Hoy, el teatro, como todo en la vida, está supeditado al factor económico. El autor viene a ser hoy el socio de una industria, a cuya prosperidad ha de contribuir, pero justamente en ese mismo factor económico halla la mayor dificultad para defenderlo. Se dirá que un autor genial puede manifestarse siempre en las condiciones más desfavorables; pero el teatro no vive del autor genial, que es lo excepcional, vive del término medio, y el término medio necesita ir ayudado por los intérpretes de su obra, por la presentación, per todo lo aue ha sido siempre el teatro, espectáculo. Un buen director de escena, un empresario inteligente deben sacar todo el partido posible del término medio. El teatro no es S