Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID, DÍA 3 DE M A R Z O DE i 949. NUMERO. SUELTO 50 CENTS. ü MÚSICA N los añcs entre el setenta y ochenta del pasado siglo, los filarmónicos madrileños sólo contaban, para satisfacer su afición, con las óperas en el teatro Real, donde, más. que la ópera, se estimaba a los cantantes, y por él público aristocrático, más que la ópera y ios cantantes, el espectáculo de la sala, con la Sociedad de Cuartetos, dirigida por don Jesús Monasterio, excelente violinista. Esta Sociedad, durante una breve temporada, una vez por semana daba sus conciertos de música clásica en el Salón de Capellanes, hoy teatro Cómico. Las sesiones musicales de esta Sociedad tenían su clientela entré loe más puros aficionados a la música y. los más impuros snobes acompañamiento siempre obligado en toda manifestación artística; pero de los que sería injusto maldecir porque sin ellos es posible que fracasara toda empresa artística, que al fin, aparte la buena intención, aportan su dinero, sin el cual no sería posible su sostenimiento. Al terminar la temporada del teatro Eeal, su sustitutivo para los filarmónicos era la Sociédad de Conciertos, que empezaba su actuación en el Domingo dé Ramos, en el antiguo teatro del Príncipe Alfonso, situado en Recoletos, para continuar todos los domingos de la Cuaresma hasta el de Pascua de Resurrección, en el que empezaban las corridas de toros, con el mismo abono aristocrático del teatro Real y de los conciertos. Entonces se almorzaba temprano én Madrid y los conciertos empezaban a las dos de la tarde. La música in mió tempo era altra cosa como dice Don Bartolo. Los programas de aquellos conciertos darían hoy qué reír a los filarmónicos inteligentes, y mucho más a los que presumen de serlo. Oberturas de óperas, la de Guillermo Tell la de Semiramis la de Mignon alguna vez, las de Don Juan y las Bodas de Fígaro más de ta? de en tarde, la ópera del Oberón dé Weber, y la del Egmont de Beethoven. Con una dé estas oberturas, él minué de Bocherini o, el de Bolzoni, la Serenata de Saint- Saéns, -o el Ave María de Gounod, se llenaba la primera parte. En la segunda, era de rigor una de las Sinfonías de Beethoven. Como entonces la Sociedad sólo tenía un director, don Mariano Vázquez, no podía haber comparación ni discusiones, como en años posteriores, cuando vinieron directores alemanes y franceses, Levy, Weingarner, Straus, SaintSaéns y Lamoureuxr, y había ocasión para lo más grato al público español, la competencia. También dirigió, en algunas temporadas, el maestro Mancinelli, que era tam- bien director de orquesta en el teatro Real. El fue quien consiguió imponer a Wágner, que hasta entonces, sólo con timidez y siempre entre siseos y protestas, había hecho raras apariciones, y aun esto, con lo más inofensivo dé su música, para el gusto dé entonces: la obertura y la marcha de Rienzi o el preludio de Lohsr. grin Con Mancinelli entró de lleno In música de Wágner, hasta llegar a ser la preferida. La culminación fue el cuadro final de Los maestros cantores con partes y coros. Los intérpretes fueron el gran tenor De Marchi, y de ellas no recuerdo si la Tetrarinni o la Arkel. Por mucho tiempo todos é. ramos wagneristas, mejor- dicho, mancinellistas. Con la Sociedad dé Conciertos, se presentaron también en Madrid eminentes solistas: Saradüte y Botéssini, entre otros. Sarasate enloquecía al público con sus zapateados, jotas y zorcicos, y le adormecía decorosamente, con sus conciertos para violin y orquesta, que el público soportaba respetuoso, en la espera compensadora de las jotas, zapateados, Canto del ruiseñor y Movimiento continuo de Paganini. Como toda institución humana, cuando los conciertos parecían en su may o r esplendor, empezó la decadencia. Años después, revivieron en el teatro Real, bajo la dirección del maestro Arbós, de gloriosa memoria, quién modernizó cuanto, pudo el repertorio, en lucha con la natural resistencia de los ejecutantes y del público, qué por su gusto hubiera puesto punto final a la música con. Wágner, como hay quien lo hubiera puesto a la literatura con Cervantes y a los toros con Lagartijo. Para que pueda juzgarse dé las preferencias musicales del público en aquellos primeros conciertos, bastará con decir que él programa bomba, el que más entusiasmaba al público, era cuando en un mismo concierto se incluía: la Danza macabra de Saint- Saens; la Rapsodia húngara de Listz; la Obertura de Cléopatra de Mancineili, y para que no faltara un poco de seriedad, la Quinta o la Séptima Sinfonía de Bethovén. Y la verdad es que, después de habernos atiborrado de tanta música, de tantos estilos, tendencias y complicaciones, cuando volvemos a oír aquellas viejas músicas, no podemos por menos que decirnos: ¿Estaba tan equivocado aquel público? Dejémonos dé hipocresías. Yo estoy seguro dé que alguno de aquellos programas, con Rapsodia húngara Danza macabra y Obertura dé Cleopatra también hoy entusiasmaría al público. Y no digamos si volviéramos a oír las jotas, zapateados y habaneras de Sarasate. Jacinto BENAVENTE DIARIO ILUST R A D O D E IN F O R MA C I O N G E N E R A L evocada dilatadamente, con aliento y seguridad que parecían perdidos en el pulular lírico de nuestra actual poesía. No se trata, como en un soneto o cualquier ciase de poema lírico, de hacer culminar en un acierto expresivo o auténticamente poético, toda la sal del poema, sino en afrontar a lo largo de toda una vida evocada lo que ella tiene de ejemplar para la poesía. Cada octava del Tasso o de Erciila no es un poema que, exento, pueda parangonarse con un soneto o cualquiera otra composición lírica, sino la poesía que emana del relato íntegro y dilatado ha de ser la tenida en cuenta para calificar el poema. Montaner se dirige al tema de frente, y, como en el modismo conocido, coge al toro por los cuernos. Comienza eligiendo una estrofa regular y rigurosa, el terceto, que al final de cada canto remata con gallarda novedad. Como en las octavas de los viejos poemas, la rígida forma métrica escogida cobra un tono narrativo, lejano del aire familiar, que en epístolas y elegías prestaron al terceto nuestros ingenios del gran tiempo, y menos engolada que las octavas reales típicas de nuestros poemas épicos artísticos. Puestos a parangonar, en casos recuerdan la ingenua sencillez narrativa de un Juan de Castellanos, afinada y realzada en el primor del gran lírico que es Joaquín Montaner. Porque i en lo sabroso del relato puede evocarse el modesto nombre del beneficiado de Tunja, el tono elevado de Montaner está en el polo opuesto, y ello fundamentalmente porque Montaner no habla, como Erciila o el ciljpdo Castellanos, con el tono intuitivo del participante en la empresa que canta, sino que la canta reflexivamente, dándose, a distan cia de siglos, perfecta cuenta de su alcanes y trascendencia. Simbólicamente, la gloria de Soto va unida al discurrir caudaloso y perpetuo del gran río, del Río Grande, como hubieron de llamar los conquistadores al Mississipí. más de dos leguas de raudal camina sobre la alfombra del azul mojado, Para cruzar de un lado al oiro lacio, y recordando el conquistador los ios españoles, y recordándoles el poeta de hoy, surge para los des el recuerdo de: el familiar Guadiana campesino Que alegra a Villanueva y la alborota; porque para los dos, conquistador y peeta, la visión de la natal Extremadura, del, paraíso de la Serena, llena el recuerdo para aquél, entregado a heroicas empresas en los desiertos de la Florida, y para el poeta de hoy al tejer sus sueños poéticos en el tráfago y afán de Barcelona los dos ausentes... Vuelven a oírse con gozo rimar en el poema los indígenas n o m b r e s indios con las sonoras palabras castellanas, henchidas de tradición literaria, v vuelve la visión de los paisajes americanos a deslumhrarnos en el libro, como deslumhrarían a los conquistadores al gozarles en su virginidad. Dar aliento y suficiencia a este empeño es empresa digna de un gran poeta y de un gran español. José María DE COSSIO de la 2 cal Academia J Js par ¡oUi MISSISSIPI C ERCA de tres siglos han pasado sobre la literatura españofe desde que viera la luz un poema de Ja conquista, pues no han de contarse entre ellos engendros como el poema mejicano del canónigo Escoiquizo. No hablo c e cantos líricos, sino de un poema de auténtica emoción épica. Este poema, que reanuda una tradición española, y pienso que, en un momento oportuno, es el que Joaquín Montaner ha publicado con el título de Mississipí el pasado año. He dicho emoción épica, y me conviene aclarar esta idea: En la épica la emoción se transfiere al tema completo objeto del relato, y ha de medirse su intensidad y circunstancias mirando su conjunto. Aquí el de la vida de Ke iando de Soto, el Adelantado y capitán general de la Florida,