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MADRID, 18 DE FEBRERO DE 1949. NÚMERO SUELTO 50 CENTS vLECTURAS PR O VJE C H O S A S OMO se recomienda, a los convalecientes alimentos de fácil digestión, en horas de abatimiento espiritual, debe recomendarse lecturas no menos digestibles. En esas horas, la lectura de viejas revistas ilustradas es para mí la mejor distracción. Alguien pensará que mejor me estaría la lectura de libros piadosos y ascéticos. Yo pienso que a esos libros, para ser leídos con provecho, mejor les sientan las horas de serenidad y fortaleza espirituales. Leerlos por distracción y distraídos, disipados, en una. palabra, pensando en otra cosa, como suele decirse, es más bien falta de respeto a lo que fue escrito para tomarse en serio. Ni el repaso de viejas revistas, con ser medicación, ligera, deja de sernos provechoso. Take phisic pomp dice Shakespeare, por boca del rey Lear. Cúrate de vanidades, nos dicen las viejas revistas, que al repasarlas nos traen a la memoria sucesos y personas que creíamos no poder, haber olvidado nunca V estaban olvidados. Por donde la lectura que empezó como diversión y pasatiempo acaba por traernos a serias meditaciones, y religiosas, ya poéticas, pero todas recordatorio de la muerte, primero, y después, del olvido, que será al fin toda la muerte; la losa sin epitafio del silencico etefno. No quisiera ser como el fariseo. Sel Evangelio, que da gracias a Dios por no ser como aquel publicano. Pero, sin compararme con nadie, de nada estoy más satisfecho que de no haberme nunca deslumhrado por el aplauso público. No he pensado nunca en los triunfadores sin pensar antes en los vencidos. Por las preferencias de los contemporáneos, ¿quién puede asegurarnos la preferencia de la posteridad? Autores que fueron soberanos en la escena en su tiempo cayeron, en el más profundo olvido o en menosprecio, más triste que. el olvido. ¿Cómo podía aplaudirse esto? nos decimos. De autores españoles que tuvieron sus días de gloria, que, sin duda, pudieron hacerles creer en la inmortalidad de su nombre y de sus obs s, no sería piadoso acordarnos, ya que todavía vivirán descendientes suyos- a los que sería penoso el recuerdo, De autores franceses, xrecor. demos a Scribe, arbitro de los teatros franceses en su tiempo y traducido a todos lcjs idiomas. A Emilio Augrer, halagado por empresarios y actores, a la espera de verse favorecidos con alguna obra del maestro. A Dumas, hijo, al que sólo ha sobrevivido una obra, La dama de las camelias la cual debe su permanencia en la escena más aj lucimiento de una actriz que a méritos de la obra, en que hasta la significación ha cambiado, pues de ser, en la intención del autor obra rea. lista y aun de tesis social, ha quedado cómo obra romántica, como la entendieron Sarah Bernhardt y la Duse, que, sin importarles de la mujer caída, ni de su redención social, hacían de Margarita Gautier, la enamorada. La Duse con- Tnayor sinceridad y más fina percepción. Sarah, aun en sus más artísticas Interpretaciones, no sabía prescindir de sus teatralerías. D IARIO I LU S T RADO D E INF 0 R MA C I O N fc GEN E RAL dé marcharse y no anticiparlo caigi quien cayere. Marcharse cuando queda todavía un verso por leer y éste verso es el último, y el último, nada menos, que de un soneto, cifra y llave de cuantos le anteceden, ha de reprocharse siempre auna Electra como Dios manda. La traición fue terrible. El postrer, recorte quedó frustrado; para el aliento y la atención dispuestas faltaron la idea, el ritmo y la rima que las cuartillas traían apercibidos... Él lector, por otra parte excelente, Olvidara ese verso definitivo y tuvo que esperar a que la- luz volviera segundos después- -y a contárnoslo entonces... Un soneto malogrado por un fallo de luz acontecido fuera del calendario y del programa de los fallos oficiales de la luz... Los altos ingenieros no saben, con certeza, cuántas cosas se truncan e irreparablemente con el juego de esas grandes palancas que nos dejan, de improviso, a oscuras... Llega el terrible aletazo de. la sombra en momentos cruciales! Aquí se enhebraba la casera aguja de tís zurcidos; allí se clavaba en el cuerpo enfermo la inyección- reparadora allí se trababa, en la noche del estreno, la escena culminante de la que el éxito o el fracaso pendían; acullá vola- ba alguno hacia el ático de sus sueños en el aeróstato que alivia la pesadumbre de Jas escaleras... Y se suspendió cuando él tibio y fugitivo calor cíe la corriente eléctrica precisaba... Él zurcido, la inyección, el diálogo y el vuelo... Todo mudo y quieto a lo largo de unos instantes interminables, de unos instantes que no debiera cargarse en la cuenta de nuestras vidas, sino adicionárnoslos al final de ellas, en atención a no haberlos podido vivir én sazón por causas ajenas a nuestra voluntad primera... ¡Ah! esa luz, cortada en seco, guillotinada, fulminada, sin puntos suspensivos, sin cuenco para la despedida, sin verónica... Esa luz- implacable, inapelable, ordenancista, que nos huye, de cuyas haldas nadie sé puede prender para aguantarla Sft poco todavía, justo en el rincón en donde tan necesaria es... Esa luz á la que nuestros ojos civilizados se aficionaron seguramente con exceso, sobre la que sé confiaron rotativas y tornos, poleas y complicadas maquinarias y que ahora tan pretenciosa se, ha puesto y tan arbitrariamente régafea su ayudaDichosa luz... Vayase, si es imposible- impedir que se. vaya... Ahora, eso sí ¡con cortesía, con delicadeza, diciéndonos adiós en dos tiempos... Vayase, al menos, sin demasiado es. trago... ¿Qué importan unos segundos de diferencia? Pero justo esos segundos, señores ingenieros, y sólo esos segundos de luz, eran los que exigía el soneto de ayer para verse terminado y redondoy para queda musical, tintineante y sonoro vibrah 3o en el oído de los espectadores de Lara como una onza antigua rebotada en el mármol de la mesa de un café de otros siglosJoaquín CALVO- SOTELO G La distinguida escritora peruana doña Elvira Miró Quesada de Roca Rey, que ha dado una interesante conferencia en el Círculo Cultural Medina acerca de El vestido peruano a través del tiempo Más reciente el recuerdo y más pronto olvidado, Henri Bataille, cuyas premieres eran siempre en París un acontecimiento. El autor predilecto de las mujeres, a las que, durante la representación de sus obras, no se les caía de la boca I3 palabra: exquis exquis pronunciada en amoroso deliquio, ¿ornó al sentir se en brazos de un galán seductor. Pues no habían pasado dos años desde su muerte y ya el público no quería ver sus obras. Fueron inútiles los esfuerzos y sacrificios de su fiel actriz, Yvonne de Bray, por sostenerlas en su repertorio. Ante lo imposible tuvo que darse por vencida. Si los juicios de los contemporáneos son tan falibles, ¿no podría ser lo mismo el juicio de la posteridad? Si el publico contemporáneo puede engañarse, ¿qué razón hay para que el juicio de la posteridad ño esté también equivocado? Cuando lee uno muchas obras de los llamados inmortales, no puede uno pqr menos de preguntarse: ¿Por qué? Inmortales de puro muertas. Yo no he creído nunca que el estar muerto sea una razón para hacerse inmortal. Y si así fuera, es muy costoso ascenso. Vivamos satisfechos en nuestra medianía y después... thé rest is silencie, como dice Hamlet al morir. Después... venga él silencio, venga el olvido y bienvenidos sean, que al fin es descansar. Jacinto BENAVENTE APAGOÑ P ROCURE la luz no abandonarnos nunca en trance de lectura del decimotercero verso del soneto, como hoy, a cierto vate ilustre, cuando recitaba una diadema dé cinco al elogio de la fiesta brava enderezados. Porque la luz y como ella todas las cosas esenciales han de buscar, con tacto, el momento oportuno