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MADRID, DÍA 19 DE D J C B R E DE 1948, NUMERO SUELTO 50 CENTS. g UN no se conocía la l u z eléctrica y ya el siglo XIX, con arrogante impaciencia, se había proclamado el siglo de las luces. Si pudo parecer ambicioso el sobrenombre, y prematuro, pues era de esperar que el siglo XX superase a su antecesor en todo, hoy, mediado el siglo, hemos de reconocer que no le faltaba razón a su antecesor para ostentar orgulloso el título, pues al paso que vamos, a media luz de todas las luces, el presente siglo es posible que merezca en la historia el título de siglo de las tinieblas, y más si a las tinieblas materiales añadimos las espirituales. Hasta muy entrado el siglo XIX, eran sus luces, y con ellas nos dábamos por satisfechos, el aceite, el petróleo, las bujías y el gas; este último no muy admitido en las viviendas, en donde no solía pasar del portal y de la escalera por lo ocasionado a explosiones. Ya lo advertía una de las moralejas cómicas a las que tanta añción había en aquel tiempo, y decía así: Un mozo de café al encender el gas rompió un quinqué. Los inventos del siglo diecinueve no son para tratados por la plebe. D IA RIO I LU sT RADO D E I M F O Ft M A G; I o N GE N E: Ri L una situación á inferioridad y penuria. En el teatro de la Comedia, cuando era empresario y director don Emilio Mario, hubo una actriz que cuando ya en todos los teatros lucía la luz eléctrica, y por lo tanto en los cuartos de los actores todavía continuaba imponiendo en su contrato la cláusula de las ocho velas. Para ella, no se podía ser primera actriz sin las ocho velas. Y no era precisamente nominal o simbólica la cláusula, ¡a empresa tenía que entregarle a diario las ocho velas, que si entonces ya suponían un regular ingreso, por cuanto ¡as velas irían a parar a una tienda de ultramarinos, para venderse como las llamadas bujías de palacio, que se expendían con los pábilos quemados para justificar que habían sido, usadas, hoy, al precio que se cotizan, supondría un sobresueldo muy apreciable. En estos días, en las horas de oscuridad, mal remediada con Iamparitas de gasolina o con las bujías de ahora, que no admiten comparación con aquellas elegantes y limpias, que alumbraban saraos y recepciones en el pasado siglo, ¿cómo no acordarnos de aquellas pobres luces y artefactos que alumbraron nuestra niñez y nuestra juventud, quinqués, palmatorias, hasta los cocínenles candiles y capuchinas? Con esas luces vivíamos, con esas luces leíamos y estudiamos... Hoy, mal acostumbrados, la falte de la luz eléctrica nos deprime, nos deja desganados para cualquier trabajo. Y cuando vuelve, vuelve tan parsimoniosamente, que no logra reanimarnos de la depresión y el mal humor. Por algo la oscuridad ha significado siempre ignorancia y atraso. Es de muy pocas luces, se dice de la persona de corto entendimiento; oscurantismo a la ignorancia y al atraso. Bien lo comprendió un pintor al decorar el salón de actos de un importante centro docente, que explicaba así las alegorías de sus pinturas: de esa parte, los murciélagos del oscurantismo h- jyendo de la luz; de esta otra, los papagayos de la libertad simbolizando ei descubrimiento de América. Cree el hombre tener el dominio de las cosas y un día las cosas se le rebelan y es el hombre el esclavo da las cesas; y a más cosas, mayor esclavitud. Cuando el calumniado siglo XIX nos permitía esperar con sus luces más luz y mayor claridad en lo sucesivo, mediado el siglo XX, material y espiritualmente estamos en poder de las tinieblas. Y ahora no podemos decir como dijo Voltaire por Catalina de Rusia: C est i Nord aajCKrd hul qu ¡nous vient la Inmigre. soy la bujía elegante tan apreciada en Madrid, No hay salones donde no llegue a brillar y en todas las recepciones esparzo mi claridad. i I Al final del desfile, se presentaba la luz eléctrica, con la pretensión de achicar, diremos apagar, a todas las otras luces; pero cualquiera le quitaba a la bujía lo cantado. Ño decimos lo bailado, porque todavía no era costumbre que las tiples bailaran ai final de sus números. La bujía tenía tal importancia, que en los teatros, el número de ellas a que tenía derecho el artista- era equivalente al sueldo y a la categoría. Decir: está a ocho velas, era como decir: es la primera actriz o el primer actor. Las segundas partes estaban a cuatro y a dos las de ínfima clase. De esto acaso provenga la frase: estar a dos velas, para significar TU LIMOSNA HACE VIVIR ESTAS OBRAS Como fuera de los suburbios tenemos también muchos pobres- -ha dicho el obispo de Madrid- Alcalá- nuestro corazón de padre no podía aquietarse con los bienes Que gracias a vuestra generosidad podemos derramar entre tantos infortunados. Era necesario también acudir a los menesterosos del centro de la capital y, organizados por la Acción Católica y enclavados en las parroquias, nacieron los Secretariados de Caridad. Son como los ojos escrutadores de la Madre Iglesia, que busca las necesidades fiel pobre; SOH como sus santas manos, que se extienden en constante esfuerzo para socorrer y acariciar. En ellos, personal capaz y por amor de Dios consagrado a tan grande obra, indaga, averigua, comprueba las calamidades eue más exigen remedio, y a la medida de las posibilidades- -que es como decir a la medida con que vosotros atendáis los ruegos de vuestro obispo y cooperéis con vuestra generosidad- -aporta soluciones, con preferencia estables y duraderas. Nos complacernos en informaros de la labor Se estos Secretariados de Caridad no sólo para vuestra satisfacción y consuelo, sino también para vuestro estímulo y mayor cooperación; el lenguaje de los guarismos es frío, pero muy expresivo. Lo realizado en una sola parroquia de la capital os dará idea de la magnitud de la obra de conjunto de todas ellas. En esa parroquia, el Secretariado de Caridad ba invertido las siguientes cantidades en cada uno Ze los capítulos exTiresados: Comedor parroquial 130.392,99 ptas. Dispensario médico 100.250,00 Escuelas 40.041,40 Colonias escolares 48. B 98.00 Ropero 183.273,3 Socorros en víveres o en metálico 28.793,00 Casa cuna 75. S 25,85 Total 530.674,45 A pesar de sus peligros, aumentados (por el trato plebeyo, lo cierto es que en los teatros, en donde podía ser más peligroso, se contaren m e n o s incendios cuando el gas era su alumbrado que después de alumbrarse con luz eléctrica, que se creyó siempre de mayor segundad. Verdad es que, si de una parte, la luz eléctrica disminuía ¡os riesgos, el mayor número de teatros y locales destinados a diversiones públicas los aumentaba. Con estadísticas y un poco de buena voluntad todo puede afirmarse. En las casas, el alumbrado más usual era el de petróleo; también expuesto a explosiones, no tan peligrosas como las deí gas, y como leves contratiempos, la rotura de tubos y el atufamiento al menor descuido. Los estudiosos preferían el alumbrado por aceite, menos dañoso para la vista. Como luces de adorno en comidas y fiestas, la bujía era la preferida. En el teatro de Variedades, popular y aristocrático, pues acaso ningún teatro de Madrid ha conseguido como aquél verse favorecido por todas las clases sociales y ha sido por ello el teatro más madrileño de cuantos han existido, se estrenó una revista titulada Luces y sombras en la que desfilaban todas las luces del siglo, y la tiple que personificaba la bujía cantaba, con letra y música de Chueca, un vals en que se consideraba a la bujía sobre todas ¡as luces: He las luces soy la que- tiene más chic, porque hoy es de allí de donde viene 3 a oscuridad. Jacinto BENAVENTS