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MADRID, DÍA 21 DE M A Y O D E 19 4 8 NUMERO SUELTO 50 G E N T S ÍÍ PRIMAVERA MADRILEÑA N antiguas zarzuelas solía ser espena obligada, para justificar algún alegre coro con su final de baile, que el tenor cómico, con su voz afilada y chillona, dijera a las coristas, por lo regularvestidas de aldeanas carnavalescas, que viene a ser lo mismo que de zarzuela; muy compuestas, muy perfiladas, con sus- delantales de vivos colores, sus gorritos de tul y sus zapatitos con tacones Luis XV: Muchachas, hoy es día de fiesta, y el señor alcalde quiere que estemos todos muy contentos; conque a cantar y a bailar, muchachas. Y las muchachas, obedientes, cantaban y bailaban; nó sin decir antes una de ellas, para dar a entender que el tenor cómico lo era en efecto: ¡Qué gracioso es este Blasillo También es de una zarzuela aquello de: Alegrarnos nos manda él gran preboste: A los madrileños, no hay tenor cómico ni gran preboste que, nos alegre y nos haga cantar y danzar cuando no estamos para fiestas. Somos refractarios a los festejos oficiales. El madrileño, tocante a festejos, es como la verdadera poesía lírica, puramente subjetivo. Si le sale de dentro divertirse, no hay quien se divierta con menos; con un día de sol y unas pesetas, a veces sin sol y sin pesetas. Cuando nó está para diversiones, es inútil ofrecerle festejos. Sólo por parecer corridas de feria las de estos días, algunas de ellas han estado menos concurridas que suele estarlo cualquier corrida ordinaria, aun con menores atractivos en toros y en toreros. Se dirá que d tiempo no ha ayudado. No ha ayudado, porque el tiempo es también madrileño. ¿Corriditas de feria en Madrid? se ha dicho, y ha protestado á su manera. Ni Semana Santa, ni fiestas de mayo, ni nada que se salga de lo acostumbrado, ¡prenderá nunca en Madrid, y todo quedará en un pobre y triste remedo de lo que en otras partes, por tradición y por arraigo en el carácter, persiste con lucimiento. Cuando al paso de una procesión de Semana Santa en Madrid se oye cantar una saeta, es como si la oyéramos cantar en el teatro, entre bastidores y bambalinas y comparsas y accesorios de guardarropía. El mejor predispuesto a la emoción no puede por menos de pensar: ¡No es eso, no es eso! Habían de traernos a Ma- drid todas las imágenes, todos los pasos, todos los nazarenos de Sevilla, y siempre faltaría... Casi nada, Sevilla, y con Se- villa tantas cosas, que al explicarlas con razones sentimentales, psicológicas y aun teológicas, sería fácil bordear la herejía, y es preferible rto ahondar en explieaciones. Pues, ¿qué diremos dé estos ingenuos festejos, de mayo, para lo que nos falta en Madrid lo primero: la ingenuidad? E S P A Ñ A M A D RE Está Madrid muy crecidito, y no digaN ig 2 g publicó la Dirección General mos con el estirón reciente de los Caíade Acción Social y Emigración una bancheles, para divertirle con unos fuegos Selección de de Indias artificiales y unos escaparates, llamativos Un año después, en las leyes a luz el orde mirones al exterior y ahuyentadores de ganismo mencionado 1930, dio una colección intecompradores al interior. resantísima de Disposiciones compleEl propósito de animar a Madrid en mentarias valioso. apéndice dé la Seprimavera, para atracción de forasteros, es lección precedente, que, aunque fue promuy laudable. Pero hagamos un poco más logado y dirigido por el erudito acadéde honor a Madrid y a los forasteros. Que mico- don Ángel González Patencia, omite ni ellos puedan decir que en sus respecti- su nombre al pie del prólogo y eri las cuvos pueblos y provincias lo hacen mejor, biertas de ios tres volúmenes donde, como ni nosotros podamos calificarles despecti- en cestillos de cosecha, se recogieron los vamente de isidros si sólo por los fes- frutos de su trabajo. Acaso fue culpable DIARIO ILUSDE I N T R AD F O R M A Mi O N G B N E R A L o E tejos han creído que valía la pena de darse una vueltecita por Madrid. Ya que vengan a Madrid, que sea, cada cualsegún sus gustos y aficiones, porque Madrid; por sí solo, ya vale la pena del viaje. Para unos están los Museos, está el Retiro, con su Rosaleda en estos días de mayo; están los conciertos y los teatros oficiales, con la magnífica presentación de las obras. Para otros están Martín y La Latina y otros teatros, con sus revistas y espectáculos alegres; y vistosos. Sólo Madrid es Corte, se hadicho siempre, y Corte es todavía, aunque. se hayan perdido aquellos esplendores de Corte, que eso sí, eran privativos de Madrid, y sólo en Madrid podían ser admirados. Ya se ve cómo el tiempo no ha querido ser de los festejos. La primavera se disculpa, ¡Es tan difícil, ser primavera! A cualquier otra estación del año no se le exige lo que se exige a la primavera. En invierno, si hace frío, nos parece lo más natural. ¿Qué ha de hacer en invierno? Si por unos días nos regala con sol y templa sus rigores, nos deshacemos en alabanzas. En verano, si nos asamos, lo hallamos: muy disculpable. Es natural que nos asemos. Si nos alivia del calor con suaves lluvias o vientecillá fresco, ¡qué delicia! En pleno verano esta temperatura, No estarán mejor en San Sebastián. Al otoño tarií bien sé le perdona todo. Si el calor se prolonga, es natural, sigue el verano... Si empieza el frío, es que ya se acerca el invierno 1. Sólo con- la primavera somos! exigentes. La primavera ha de ser prirriavera; ni frío ni calor, ni lluvias ni vientos. Es muy difícil ser primavera. H- ay qué ponerse en su caso. Es la estación desque más se maldice, porque es la que más nos defrauda cuando no se porta como deseamos. Á la primavera no se le consiente el menor devaneo ni con el verano ni con el invierno AI invierno se le agradece que deje de ser invierno; al verano, que no se acuerde de que es verano; al otoño se le perdona todo; sólo a. la primavera se le exige que sea primavera: primavera integral. Y es que ella sabe, si como tal se porta, que ella por sí misma, es el mejor festejo que puede ofrecernos; por eso rio es extraño que se moleste con la competencia. ¿Fuegos artificiales a mí, que. tengo mis rosas y mis claveles? La primavera 1 de Madrid es también madrileña, y como madrileña, muy suya. ¿Festejes en primavera? Pues ahí os dejo los festejos y os quedáis sin primavera. ¿Es que yo no soy también madrileña? Jacinto BENAVENTE E de la injusta omisión un descuido de la imprenta; tal vez se debió a las precipitaciones que trae consigo la premura del tiempo. Ninguna de ambas causas puede impedirnos levantar ahora él velo del anónimo, para que alcance González Palencia la, gratitud, por cierto bien tardía, de cuantos anhelan ver derramados torrentes de luz sobre puntos debatidos de nuestra historia. Con singular deleite regalan al lector patriota los 859 documentos que figuran en la obra ordenada por el ilustré académico. Se ve a través de ellos jruna vez más, que todas las disposiciones emanadas de la Metrópoli están y estuvieron, siempre inspiradas por el corazón. Si alguna vez contienen medidas policíacas y correcciones severas, fueron también dictadas por un pensamiento amoroso. Los padres castigan más a sus hijos cuanto más y mejor losquieren, para procurar su perfeccionamiento y España se Veía obligada, durante sus primeros pasos colonizadores, a exterminar las bárbaras costumbres de canibalismo y de vicios antinaturales qué imperaban en el Nuevo Mundo. Fuera de tales casos, las indios merecieron, de nuestros legisladores un trato jurídico de igualdad, cuando no de privilegio, al lado de sus hermanos nacidos en el viejo continente. No querían nuestros antepasados que los miembros de aquellas razas fuesen considerados Como seres inferiores. Si lo eran por su natural incultura, los misioneros, lias instituciones docentes y las disposiciones celosas procuraron elevar su nivel. El español: aventurero, investido inevitablemente de poderes extraordinarios, ayuno de vigilancias y ahito de ambiciones, pudo en alguna ocasión abusar del fuero propio y de la debilidad ajena. Pero, al hacerlo, no sólo fue contra los indios sino contra España y contra sus leyes, como el vastago desaprensivo que resulta traidor a su familia, o corno el miembro de una Corporación que mancilla los prestigios comunes. Nuestra Patria no pudo llegar más lejos en el derroche de su ternura. Por encima de la conquista material, colocó siempre sus anhelos espirituales. Enseñó su lengua, pero respetó la indígena que hubieron de aprender los colonizadores; meditó un código de trabajo, avanzadísimo para el tiempo en que vio la luz; fundó, como todos sabemos, obras caritativas, hospitales y asilos; llevó a- los nuevos territorios los esp! endores de nuestra fe; y por si tbdo ello fuera poco, autorizó los matrimonios entre arribas razas, y mezcló nuestra sangre con la indígena, preparando así un porvenir de fraternales perspectivas al mecer con singular cariño: la cuna de veinte grandes naciones, que hoy nos coronan de gloria cuando se llaman nuestras hijas Todos conocemos estas consoladoras verdades: pero recrean el espíritu, cuantas veces 4 as contemplamos a través de los irrebatibles documentos históricos. Palpitan en ellas no sólo la caballerosidad sino hasta el quijotismo característico de nuestra raza; la rectitud en el propósito y 1 delicadeza en el sentimiento; la generosidad y el amor. España, madre. Luis MARTÍNEZ KLEISER do la Real Academia Española,