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MADREO, DÍA 13 DE FE 8 RERQ DE 1948. SiUMHkO SUELTO 50 C E N T S W ÍS? HOJAS DE ALMANAQUE ¡Los días tan largos, la vida tan corta! Los trenes que pasan van dejando sueños en. las estaciones adonde bajan, en las lardes de werano, las muchachas a ver pasar los trenes. H oy vuelvo al mismo lugar en donde estuve ayer; todo es distinto. JE! disco de gramófono llegó a creerse qup era éi el que cantaba. La azucena dijo: Yo qui, ero morir en un altar. La rosa dijo: Yo quiero morir sobre un corazón. Y el clavel dijo: Yo no quiero morir de ningún modo. Dijo la sartén al cazo: Yo soy, más negra qué tú. Y dijo e l cazo á la sartén: Pero yo tengo más aviación. Y al pasar los huevos del cazo a la sartén para freídos, dijeron las gallinas ¿Y para esto. los hemos traído a este mundo? Llegamos a tomar cariño al que siempre ¡nos necesita. Crucificar en nombre de lo que se cree, tiene disculpa; crucificar en la duda, como Pilatos, no puede tenerla. Cuando te alaben, piensa: ¿A qué envidioso de- mí quiere molestar otro envidioso del envidioso que me envidia? N os ausentamos para olvidar. Cuando hacemos el equipaje, alguien nos pregunta: ¿No se ta olvida nada? N adié sabe dón de ni cuándo dijo poethe que era preferible una injusticia a un, desorden. No creo que lo dijera nunga. A poco, que lo hubiera pensado, hubiera ¡comprendido que el mayor desorden es la injusticia. N o hay inconveniente en que los pescadores sean apóstoles, siempre que e st; én asistidos por el Espíritu Santo. Perdón que ha olvidado, nada vale, y sin olvidar menos. L os libros son como los amigos; no siempre es el mejor, ej que más ríos gusta. rJSfada sabes de un hombre si sólo sabes de sus acciones y de sus paíabras. Buscar tres pies al gato no supone que el gato sólo tenga tres pies; supone que de los cuatro sólo tres nos interesan. D e todos los tiranos, el más sensible a la tmás baja adulación es el piíeblo. H ay fanfarroneas del vicio que, con hacer siempre la misma- vida, dicen que lievan una vida desordtertada. Lo malo de la conciencia es que siempre está hecha a la medida. Por decoroso eufemismo nos llaman buenos cuando debieran llamarnos útiles. También las buenas accioneá tienen su remordimiento. E n tuántos entierros en vez del pésame habría que dar la enhorabuena. Encaramándose unos en otros, Ips enanos pudieron parecer gigarttes. v U n Gobierno puede s r dé unos cuan. tosj lo que no puede ser es que gobierne sólo para ésos cuantos. La ruindad sólo de ruindades entiende. Siempre quisiéramos quitarle importancia al que no nos concede ninguna. E n todo odio hay siempre un miedo. ¿Que los muertos no hablan? Pues rio dicen poco para quien no se asusta de, oírlos. i Jacinto BENAVEMT. E 1 D I A R Í O ÍL UST R A D O DE ÍNF OiMA IO N GENERAL su timbre incisivo yj abigarrado. Yj sobra la algarabía instrumental la ternura, Ja saudade de las irescjjs Voces de doncellas, cantando su divina fy flexible melodía gallega, j- Pero esto sí que lo hernos gozado. ¿O ha sido otro milagro? Porque ya casi ncv sab emqs si lo de laXotra tarde en el Ateneo fu. é realidad o un vfen tiu QSO sueño que nos- visitó, gracias a nuestra pía costum- bre de cerrar los x j, as cuando ¡a felicidad musical sentimos que se avecina. Guardamos avaramente una impresión de duermevela, de música de entr esueños, de decoración romántica y constitucional a vueltas con vidrieras y viñetas y ar- quetas de oro, minio y esmalte, de juglares con rizada melena, cofia o cogulla, que se desvanecían para abrir paso a un cortejo de blanca? muchadhas, en traje de noche, de gala y sarao, dispuestas en abierto arcp para cantar, ya al unísono, ya a- solo, estrofas arcaicas con Una voz sienjipré distinta y una escuela siempre igual y perfecta y el prodigio de una pátina antigua pobre la seda tornasolaba de la primavera y flor de áus (gargantas. Y sabemos que no fue ilusión, que las lágrimas pugnaban ppr asomarse de verdad a los ojos al oír aquellas ancestrales y sabrosísimas cantigas porque Itenerriós aquí sobre la retesa la prueba. Esia Ver- sión Coral de Sesenta Cantigas, ¿e Santaj María del Rey 1 Alfonso el Sabió publicada por el maestro Benito G. de la Parra, pe esta colección precióla, que representa una séptima parte deí tota. 1 de lias Cantigas, fueron entresacadas las muestras que oímos en lá velada memorable, y que no nos resignamos a no volver a escuchar una y otra vez, El trabajo de nuestro comnosltér armonista ihasidd, co, y mo de él cabíavesperafse, delicadísimo. Poner las man os en el texto musical dé las Cantigas es gran átrevinrentó, aunque ya se haya realizado por tüversps antecesores, no siempre con acierto ¡parejo de la indudablefc utina. voluntad. Música nacida en época homofónica, ño toleraría en ri- gor más- polifonía que la primitiva y coetánea del Organum y. la aspereza del Discantes Pero proturar ese efecto hubiese Sido en su aparente modestia un acto de orgullo arqueológico pondenado a mi casi segpró fracaso, sobre todo en lo que respecta! a lá comprensión deí público moderno. El catedrático de Armonía de ¿nuestro Conservatorio ha preferido, con buen juicio, revestir la melodía original con un discretísimo ropajes armónico, uíi- ¡izando el arcaísmo dé los modos medisva, les para no desnaturalizar la Jínea canta- ble que se mueve y desplaza n la cima de la nueva atmósfera ciieada, cdn resbalada felicidad. j Gracia sean da as al 1 maestro García de la P a r y a Lola RodrígüéV de Ara- górt y su hueste femenil y encantadora. Rey Alfonso se, lo prem y, antá Ma- ría Jas bendiga. i Í ardo 1 DIEGO G CANTIGAS EY- Alfonso se halla sentado bajo la. ojiva y consulta Un libro abierto que se mantiene difícil equilibrio de proyección plana, sin perspectiva. A un lado y a o (ros grupos de escribas, sentados también, pero aí, ras del suelo- o del almohadón, le atiende cálamo al aire y mirada oblicua. Una peña le clérigos consulta más allá ios libros devotos y delibera sobre la autenticidad i de- Tos milagros y de las crónicas. Más lejos y ya de pie, los juglares afinan y acuerdan los instrumentos de arco y de péñola. Son cristianos los más, de Castilla unos, llegados otros de Cataluñaj de Occitanía y de ProJ venza, de Galicia y aun de Borgoña y Lombardía. Quizá algún musulmán o h t breo, aunque la ocasión no es la más propicia, se entrevere 1 a dirimir algún punto de técnica, i alguna precisión geográfica. Porque hoy no se trata de compaginar rej, latos épicos y ¡tradiciones históricas, sino de honrar a Santa Maríar con loores y cantigas de ingenuos milagros. Rey Al- fonso es niuy devoto de la Gloriosa y quiere y requiere a músicos y pintores para que con él canten e iluminen los prodigios obrados por el amor mariano. r Estamos contemplando las miniaturas de los códices alfónsinos v soñando th ás- pero y dulce concierto que consuenan más o menos simultáneas las vihuelas de arco, t de péndola y de mano, cedras y guitarras, farpas y rabeles, zanfofias y salterios, gi- gas, laúdes y dulcemas. Sin olvidar. cómo soplan la exabeba, el albqgón, el añafil, la chirimía, el odrecillo y la gaita. JNi los órgakos poríátiks, atambores, atabales y panderetas y tantos otros. Cuántp daríamos por oír sonar esa música agraz, agria, agridulce, dulcísima, según nos vamos habituando al oro viejo y al verde cobrizo de J