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MADRID, DÍA 15 DE EN E RO DE 1948. NU M ERO SU ELTO 50 C: E N T S. A vuelto a discutirse si lo autores deben salir a escena y si los actores, al ser aplaudidos en un mutis, deben comparecer a saludar al público. A mi siempre me ha parecido mal lo primero y peor lo segundo. Ahora, vamos a cuentas. ¿Quién tiene la culpa? ¿Quién puede poner el remedio? En primer lugar, claro es, los interesados, autores y actores. Al decir interesados va los disculpo. Interesados, porque los críticos y el público juzgan del buen o mal éxito de una comedia, del mérito de un actor en sus interpretaciones por el número de llamadas a escena. Hay críticos que las llevan por cuenta El telón se levantó tres veces al terminar ti segundo acto. Fulanita fue llamada a escena en dos mutis. Menganito fue llamado en todos sus mutis... Y, a lo mejor, ni el segundo acto es mejor que el tercero, ni Fulanita y Menganito son los. que han estado más acertados en la interpretación. Una actriz favorecida por el empresario, aun en t! mayor fracaso de una obra, ya sesabe que salvará su pabellón con una o dos llamadas a escena. En tiempo de los famosos bufos de Ar derius, un gracioso actor, de una gracia fuera de teda realic; d, pero de una original fantasía, ensayaba una obra y al terminar una escena, le dijo don Francisco Arderius, director y empresario: -Estás muy bien, muy bien; aquí te llamarán a escena. Y Escrín, que éste era el nombre del actor, con el trémolo característico de su voz, que por sí sola ya regocijaba al público le dijo a su empresario: -Síí daas laa oordeen... ¡Cuántas veces se da la orden! La claque, por lo menos su jefe, también ensaya. Hay actores, he conocido a muchos, no digamos de lo; artistas de ópera, que tienen su claque particular, que no sólo se encarga de aplaudirlos a ellos solos, sino que sisea cuando la claque general aplaude a otros artistas. Una excelente actriz, que no necesitaba de la claquepara ser celebrada, había estrenado una obra, en la que tenía su llamadita a escena en un mutis; uno de ésos mutis en que se ríe, se llora, se vuelve a reír y se vuelve a llorar, que siempre han sidi de aplauso seguro. Ocurrió que en el t anscurso de las representaciones, la actriz, por conveniencias de más ventajoso contrato, se despidió de la empresa. Aquella noche taltó la llamada a escena, y al hacer mutis me decía indignada: ¿Has visto qué puercos? Porque me he despedido, ya no me llaman a escena. Yo estuve por decirle: ¿Es que el público se ha enterado tan pronto y se ha disgustado? Pero como la verdad no debe andar nunca por los escenarios, me guardé muy bien de decirlo y sólo asentí a lo de puercos, que, tratándose de empresarios, si lo piensa uno muchas veces sin decirlo, siempre es ur. a satisfacción la de poder decirlo alguna vez en voz alta. En otra ocasión, en ésta fue por todo lo contrario, un actor cómico, que si no tenía claque particular, cultivaba con esmero la del teatro, y ya sabemos qué clase de abono es la mejor pr. ra este cultivo, una noche en que se representaba una obra de repertorio, en la cual todas sus escenas eran ron la primera actriz, a la sazón muy favorecida por el empresario, aprovechándose de esta circunstancia, en la seguridad de que tanto a la actriz como DIARIO ILUS T R A D O DE IN F O R M A CI O N G E NI BR AL í la crítica que estos defectos no son muchas veces otra cosa que claudicaciones por bondad; un papcüto para la actriz que empieza y lo pide con lágrimas en los ojos, y son lindos los ojos; Otro papel, con. aplauso y llamada a escena, si es posible, para el actor que es buen amigo y en otras obras del autor lia hecho papeles con lucimiento y bien merece que se le agradezca, o papeles deslucidos, y bien merece una compensación. ¡Áh! si el público y la crítica estuvieran en el secreto de estas claudicaciones, que son, unas veces, por interés de las empresas; otras, por bondadosa debilidad con actrices o actores... Tampoco ve muchas veces el público, y, aun cree lo contrario, que lo más natural, lo más sencillo, lo más humano que hay en una obra es lo que hay que inventar y lo que a él le parece artificioso, falso, inverosímil, es lo que se ha visto en la realidad, y sin esa garantía de verosimilitud no nos atreveríamos a llevarlo al teatfo, porque no hay nada más inverosímil que la realidad; es lo que necesita más explicaciones en el teatro. Don José Echegaray opinaba lo mismo y se complacía en referir, en comprobación de su aserto, sucesos reales, los más inverosímiles, los más novelescos. El famoso crimen de los aceiteros, que viene a ser la escena final de E l rey se divierte de Víctor Hugo, y tiene su antecedente en la vida de San Julián el Hospitalario, que, por ser vida de Santo, no podemos creer que sea de invención melodramática. Y tantas casualidades, tantas coincidencias que en el teatro parecerían falsas de toda falsedad. Un pobre autor estrenó en el desaparecido teatro de Novedades un dramón histórico que a cada escena promovía la algazara de los espectadores, y el autor, enfurecido por las protestas del público, clamaba entre bastidores: ¡Rigurosamente histórico, rigurosamente histórico! Por fin, no pudo contenerse y saltó al escenario y adelantándose hasta las candilejas, ante la más descomunal rechifla de los espectadores, gritaba iracundo hasta sobreponerse al griterío: ¡Rigurosamente histórico, rigurosamente histórico! En resumen, salida a escena de los autores, aplausos en los mutis con salida de los actores, llamadas al autor durante la representación, todo, ello puede suprimirse siempre que sea por unánime acuerdo, y el acuerdo sea público y notorio, para que público y crítica, sepan a qué atenerse. ¿Qué deba suprimirse? Ni el teatro e! i particular ni el arte en general van a ga- nar mucho por ello. El teatro no pie: de nada coft recordar que sólo es teatro. En el frontispicio del teatro del Globo, en Londres, en donde Shakespeare representó como actor y estrenó algunas de sus obras, se ostentaba como adorno y enseña una gran figura del Atlas mitológico, con el globo terráqueo a cuestas: circundaba el globo; esta incripción latina: Totus mundus agit histrionem. Todo el mundo es teatro y todos somos en él comediantes. No hay que pedir al teatro más verosimilitud que a la realidad, ni- a los autores y a los comediantes menos vanidad, y, menos satisfacción de esa vanidad que a los demás mortales. JACINTO B E N A V E N T E COSAS DEL TEATRO al empresario habría de parecerles muy bien, se dio el gustado de ser llamado a escena en los dos primeros mutis que tenía con la primera actriz. El, galantemente, tiraba de ella y saludaba muy satisfecho. A la segunda vez, la actriz, que tenía muy buen sentido- -una de las tres o cuatro primeras actrices que yo he conocido con buen sentido- -llamó ai empresario: Ha visto usted? (delante de gente le llamaba de usted. Nos estamos poniendo en ridículo. La obra estaba muy vista, la concurrencia era escasa y las llamadas a escena parecían más desairadas y artificiales. -Son las cosas de... (aquí el nombre del actor) Ya le conoce usted- -dijo el empresario. -Pues hágame usted el favor de llamar al jefe de la claque y dígale usted que a mí no me pone nadie en, ridículo. El empresario llamó al jefe de la claque, y al recriminarle por su exceso de celo, él se disculpaba: -Le aseguro a usted que no somos nosotros; es el público. -Está bien. Pues como el público vuelva a aplaudir est noche, va usted a la calle. El público fue tan considerado, que no volvió a aplaudir en toda la noche. Én cuanto a la exhibición del autor, nunca es tanto por vanidad como por conveniencia y a la suya va unida la de ia, T 1i los empresarios. Ellos son los primeros en exigir al autor las salidas a escena; saben que todo es dinero. En provincias aún se paga más el púbiieo de la presencia del autor. Si puede anunciarse un estreno con asistencia del autor ya se sabe que será mayor el ingreso. En muchos casos, el público no se contenta con verle, quiere que hable para saber si tuéna. Sí en algún estreno el autor, por. enfermedad, ausencia o desgana, no se presenta al final de cada acto y al final de la obra, aunque la obra haya logrado un bueíi éxito, algún crítico dirá al día siguiente: El autor no salió a escena sin explicar la causa. Y el lector de la crítica, aun si la crítica es laudatoria, se dirá: ¡Táte! La comedia, preciosa; la interpretación, como de costumbre en este teatro- -hay muchos teatros en que la interpretación es siempre la de costumbre- pero el autor no salió a escena. No me fío, no me fío. En obras muy medianas sale el autor cuarenta veces y en ésta no ha salido una sola. No seré yo quien la vea. El público español, por lo regular, no aprecia una obra en su conjunto. Hay que conquistarle acto por acto, escena por escena, frase por frase, como quien asalta trincheras. ¿Chistes, pensamientos, ¡oh, los pensamientos! frases de efecto, aunque sean incongruentes con el asunto, la situación o el carácter del personaje. ¡Cuántas obras podían haber sido mejores sin esta necesidad, casi obligación, de defender la obra momento por momento y no por su totalidad. No digamos cuando se recarga la obra con escenas episódicas y se atrae demasiado la atención sobre un personaje que debiera ser secundario, con detrimento de lo importante. Y el autor no puede explicar al público ni a í