Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MADRID, DÍA 18 DE E N E R O DE 1948. NUMERO SUELTO 50 C E N T S t DIARIO ILUST R A D O DE I N F O R. M A C I O N G E N E R AL iB ja DICIEMBRE Y ENER más que por él mismo, me acuerdo por una imitación que de él hacía el gran actor Ricardo Zamacois. en una revista estrenada en el teatro Ce la Comedia. He oído a Stagno, en sus buenos tiempos de voz y de figura, y volví a oírle en años peores de figura y los mismos de voz; como la voz no fuá agradable nunca, Ee advirtió menos la decadencia que en otros tenores y puco cantar hasta una edad muy avanzada. Desde que yo le oí por primes vez en Fausto Ce Gousiod, hasta que volví a verle cuando estrenó en Madrid Cavallaria Rusticana habían pasado muchos años. Ni por su voz ni por su buen arte habían pasado. He oído a Bonci, a Masini, Marconi, Aramburo, Tamagno, Soulinof, el más parecido per la voz a Gayarre, a Da Lucía, a Ibos, a! a P Iarchi. No he oído a Carusso. Sabido es que no cantó nunca en Madrid y muy poco y con mala fortuna en Barcelona. Por lo que puede apreciarse al oír su voz en discos, creo que ha sido el único posterior a Gayarre que hubiera podido competir con él. De otros, también posteriores a él y de los q e a m viven y cantan... No es por tema de viejo; apelo a los que aun pueden acordarse. De aquellos tenores a los que hemos cído en lo que va de SÍ 5I0 hay una distancia de que zéln puede decirse lo que decía un cómico viejo cuando le preguntaban si el gran don Julián Romea era mejor que los nuevos actores existentes: No es que fuera mejor; era ctra cosa. Pues aquellos tenores también eran otra cosa. Y de todos ellos, Gayarce sobre todos. Lo decía su padre: Como el de casa, ninguno. Pero no había que ser su padre para decirlo. En el afán, tan español, de las comueteí cias, fueron en aquel tiempo famosas, en política, la de Cánovas y Sagasta; en tauromaquia, la de Lagartijo y Frascuelo en arte dramático, la de Vico y Calvo, y en tenores, la de Gayarre y Macini (con una sola s, no confundamos con el Massini de ahora, que tiene dos y no ha competido con nadie) De todas estas competencias, la de Masini y Gayarre era la menos justificada. Sólo de mala fe podía hallarse razón para sostenerla. Por justificar el parangón, he leído que Masini era de mejor figura y más apuesto y distinguido que Gayarre. Cuien esto dice se ha informado de o- das; es may joven para haber oído ni visto a los dos tenores. Masini, gran tenor, de preciosa voz, de perfecta escuela de canto, de agilidad pasmosa, por su figura no llevaba ninguna ventaja a Gayarre. Era bajo, rechoncho, de cara achatada; no era ror la figura ciertamente la competencia; por figura, hubiera estado más justificada con Stagno o con Marconi. Por la voz no cabía comparación ni en volumen ni en calidad, por su escuela de canto en nada desmerecía Gayarre. ¡La voz de Gayarre! El gramófono estaba en sus torpes comienzos y no ha podido aprisionarla, sólo queda el recuerdo y pocos somos ya tos que podemos recordarla. Aquella voz que culminaba con todo su esplendor en Lohengrin que él estrenó en Madrid y nadie como él ha cantado. Con voz humana y celestial, según las situaciones del personaje: humana y sobrenatural al minino tiempo. Entre diciembre y enero, entre la salida y la entrada de año, muchos son mis recuerdos: sucesos políticos, entrada de reyes, festejos nupciales, ninguno más pertinaz, más hondo que el de la muerte de Julián Gayarre. Pocos días antes de su muerte, la última vez que le oí, fue en Don Juan ¿e Mozart. Cantaba la parte de Cande Octavio. ¡Cómo cantó en el terceto de las máscuras y cómo cantó la romanza! Inolvidable despedida. 5Io zart y Gayarre! Hay recuerdas que nos compensan de todas las desdichas en lo pasado y de todos los temores para lo futuro. Jacinto BÉNAVENTE L A salida y entrada de año trae a la memoria sucesos acaecidos entre diciembre y enero, cuyo recuerdo se aviva en estos días. El primero, el asesinato de Prim. Era yo muy niño; al despertarme una mañana, íué mi niñera quien me dio la noticia: ¡Anoche han matado al general Prim. ¡El general! Yo no sabía de él otra cosa. Para mi era sólo el general de la guerra de África. Después he oído, he leído opiniones, juicios, respecto a Prim como hombre político; no he procurado avalorarlos. Para mí el general Prim ha sido siempre el Ce la guerra de África, el de los Castillejos, el de las estampas admiradas en mi niñez; al frente de sus voluntarios catalanes, con el caballa encabritado y la bandera española en alto; el del Diario de un testigo de la guerra de África tantas veces hojeado, más por sus láminas que por el texto. Poco días después, la entrada de don Amadeo en Madrid. Era el primer Kcy que yo veía. Presencié su entrada desde un balcón de la calle de Alcalá, en la casa contigua al Veloz Club. El Veloz Club, el círculo entonces más aristocrático, estaba en donde hoy está el Casino de Madrid, en una casa de modesta apariencia al exterior. La noohe antes había nevado. La entrada de don Amadeo fue glacial como el día. Se temía un atentado. Temer no es lo mismo cjue desear; pero al temor tampoco le gusta verse defraudado. Den Amadeo vestía Je general español, con el sombrero apuntado, como el de los generales franceses, que luego fue sustituido por el casco con airón de plumas a lo prusiano. Montaba en caballo alazán procuraba adelantarse a su escolta, como si quisiera ser él solo la única víctima en caso de atentado. Esto ya le congració con los escasos espectadores a su entrada. Es un valiente decían. Ni una aclamación, ni un aplauso. No hay nada más amenazador que el silencio. Por algo de un silencio profundo se dice silencio de muerte. Algunos, los más favorables, comentaban: ¡Gracias a Dios! siquiera tenemos ya un hombre. Pero el comentario más acertado fue éste, que yo oí después en la calle: ¡Pobre hombre! No sabe él en dónde se ha metido. Su efímero y azaroso reinado confirmó la observación rofética de aquel buen hombre de la calle, que, sin duda, sería un buen señor de su casa. ENTRE En una mañana también del mes de enero, al despertar, vimos que la plaza de Antón Martín estaba ocupada por artilleros, firmes al Jado de los cañones. ¿Qué había sucedido? El general Pavía había entrado la noche antes en el Congreso y había puesto fin a la primera y turbulenta República española: un minué de Versalles comparado con la segunda. Para los que sueñan con la reincidencia. En un mea de enero fue también la entrada en Madrid de Alfonso XII. La presencié desde la misma casa que la de don Amadeo. La de Alfonso XII fue todo lo contrario: alegría, entusiasmo. En la calle de Alcalá, frente a la de Sevilla, entonces una calle estrecha, casi un callejón, se había levantado un arco de triunfo de lienzos pintados con figuras alegóricas. Al paso del Rey se abrió la techumbre del arco, y una bantlrda de palomas blancas alzó el vuelo, y papeles de colores con versos caían con profusión para alfombrar el paso del Rey y de su escolla, que era, por esta vez, como poner la poesía a los pies de los caballos, aunque antes pasara sobre la cabeza del Rey. Las mujeres lloraban. Las más viejas veían en aquel Rey mozo al hijo; las jóvenes, al hermano o al novio. Alfonso XII era el Pacificador. ¡Buena falta bacía! También fue en otro enero su boda con u Dr; ma doña Mercedes de -Qué grato recuerdo el de aquellos festejos! Vistosas iluminaciones, corridas de toros con caballeros en plaza, en las que torearon y los que menos, lucieron su figura en el paseíllo casi todos los toreros de España. Por última vez pisaron el ruedo Cayetano Sans, el Salamanquino y algunos otros veteranos del toreo. Hubo una cogida que lamentar, la de un caballero en plaza, de familia aristocrática y oficial del Ejército, si mal no recuerdo. Otro de los caballeros fuó un tal Floranes, figura muy madrileña, que, años después, lograría más triste celebridad, no como caballero en plaza, sino ya como matador, y no de toros precisamente. De todos los festejos, ninguno tan de mi gusto y de mis aficiones como la estancia en Madrid, por aquellos días, de M. Bidé! un famoso domador francés, que instaló en lo que entonces era solar y hoy es el hotel Ritz, su colección de fieras, la más completa que se había visto en Madrid y no ha vuelto a verse hasta muchos años después, con los grandes circos alemanes de Krone y de Gleich. Compartía mi amor a los animales de toda especie (con esto podíamos incluir a muchas personas) Ángel Guirao, hijo de un módica murciano, coadiscípulo de vni padre. Angelín, así le llamábamos, algo mayor que yo, era mi compañero inseparable en las visitas a la menagerie de M. Eidel, que llegó a ser gran amigo nuestro. Asistíamos a todas RUS representaciones como domador, visitábamos la colección todas las mañanas a la hora de la primera comida de las fieras, teníamos entrada en el vagón, domicilio de M. Bidel, en donde casi siempre dormitaba a sus pies su leona favorita, Zaida tuerta por más señas. Tanto como nos inquietaba la presencia de la leona, nos tranquilizaba la de su domador y dueño, y entre inquietud y confianza nos sentíamos casi heroicos. Mí amigo Ángel Guirao fue en los últimos años de la Monarquía senador ciervista por la provincia de Murcia y murió asesinado por los rojos. Quizá se acordase al morir de la mansa leona de M. Bidel, aventajada en la comparación con muchos hombres. Al visitar Alfonso XII la colección de M. Bidel, ocurrió algo que no me atrevo a contar por respeto a mis lectores; aunque yo sé bien que les molestaría más iai discreción al callar que mi atrevimiento al contarlo. Admiraba el Rey unos magníficos ejemplares de tigres de Bengala. Uno de ellos se escapó un día de su jaula, y por la plaza de Neptuno y la de las Cortes 1 llegó hasta el Congreso, sin ocasionar el menor daño, lo que no ha, sucedido con muchos racionales que han llegado a esc mismo sitio. Allí, los criados de M. Bidel consiguieron capturarlo y lo volvieron a su jaula sin más percances que los sustos a los transeúntes. Bueno, esto lo he contado por distraer; volvamos a lo importante. Ponderaba M. Bidel a Su Majestad Alfonso XII la superioridad de los tigres sobre todos los animales, como esposos fieles y cariñosos, comprobando sus excelencias por matemáticas, que es la prueba más convincente; por algo se llama a las matemáticas ciencias exactas. Al expresar Alfonso XII su asombro, M. Bidel, con la más cortesana reverencia, le dijo lisonjero: Tenga en cuenta Vuestra Majestad que son tigres... reales. El responsable, como dicen los ingleses, de la anécdota es M. Bidel, que nos la contó al día siguiente y la incluyó en sus Memorias de un domador Años después de todo esto, a fines de diciembre, fue la muerte de Julián Gayarre. He oído a muchos tenores: a Tambrrlik, ya en la decadencia, cuando estrena Aida en Madrid. Yo era muy niño; recuerdo su figura v el traje aue vestía en Radamés. De su voz, I