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MADRID, DÍA 14 DE SEPBRE. DE i 9 4 7 NUMERO SUELTO 50 C E N T S g 2 UN PAÍSAJE UANDO el hombre quiere ponerse en contacto con la naturaleza, libre do toda afrenta humana, tiene que abandonar las rutas artificiales y subir, montaña arriba, a conquistar los bosques. a, sorprender su imponente virginidad, sin otros testigos que sus naturales habitantes. Así he contemplado un bosque, cruzado por una solitaria carretera, con sus pretiles y cunetas, per una carretera de L que podemos a decir que se ha hecho naturaleza, también. Por ella pasan las bestias montaraces en pleno día de uno a otro lado, feroces animales que ignoran que este camino no le han heolio las aguas, sino Los hombrea, a fuerza de dinamita. La carretera sube por la montaña, agarrándose a la roca penosamente, haciendo una graciosa cornisa de pizarra azul sobre el abismo y siendo ella otro abismo si la contemplamos desde lo alto de la montaña. Inmensa pared de roca, con una pausa en la carretera y unos fuertes cimientos en el rio. La carretera parece abrumada por el paisaje. Y, sin embargo, en este lugar, es como una lanza clavada, en su corazón, produciéndole tremendas desgarraduras, aunque no ha conseguido su muerte. El paisaje ha sido el vencedor, y e, l camino ha querido hacerse paisaje también 1, dejando que corran fuentes por sus muros y que maticen de verde, musgo y heléchos, sus cunetas. Sólo en las revueltas se acuerda cíe su origen, civil, y sus pretiles se nos ofrecen como el antepecho de un palco, para que contemplemos cómodamente el gran espectáculo. Hay que presenciar el drama de este paisaje, la epopeya del hayedo y el robledal, con música del río. DIARIO ILUST R A D O DE I N F O R M A 3 I O N G E N E R AL ras, como si un escultor invisible hubiese reproducido en piedra, nubes... y que la niebla se hace tela sutil al arropar las cumbres. Pero estas son imágenes que pc- etas y novelistas han aplicado a cualquier paraje de montaña. Mas aquí las imágenes son inaccesibles, porque no constituyen materia de inspiración y poseen, una fuerza de realidad que destruye toda metáfora. He aquí un paisaje en el que todo es acción. Un drama lírico, en el que caxiltan arbole y rocas, acompañados por el río, que se despeña en cascadas inverosímiles. Me encuentro rodeado de un. a compañía tan monstruosa, que siento como nunca mi soledad humana. Me llega la angustia de encontrar otro hombre, aunque sea un hombre como Segismundo, que no sepa dónde está la realidad y el sueño, si en el palacio o en la selva. Pero la tarde desciende a estas montañas con más premura que en el llano. La luz se tiende en los horizontes, y aquí son las sombras las que, en complicidad con la niebla, buscan sus escondrijos. Todo empieza a hacerse confuso, como el final de los sueños. No hay más remedio que despertar, que salir. A; í desciendo al camino que puede llevarme a. la libertad, y como marcho aguas abajo, la corriente del rio me acompaña. FRANCISCO DE COSSIO C Caveda, y la magna Historia de la arquitectura cristiana, de don Vicente Lampérez, sin contar los diarios de Jovellanos y muchos otros estudios en que se pone de manifiesto la incorporación del alma española a la casa de Dios, donde se reza y donde fo unen en un mismo anhelo el ideal religioso y la emoción artística. Por fortuna no hay aquí que lamentar la suerte de los monumentos destinados al culto divino, como ín Francia Maurice Barres hubo en cierta ocasión de llamar a k piedad para co. 11 las iglesias de su Patria. El Estado español sirve a la religión, a la historia y al arte con unía serie de actividades y organismos CJticaminados a que por todos sea conocida, respetada y reverenciada la riqueza, que el fervor de las generaciones ha ido sembrando centuria tras centuria por el suelo español. De la Catedral más suntuosa al más humilde de los humilladeros, ermitas y calvarias, adviértese en España una continuada, manifestación de fe que armoniza para la mayor gloria de Dios, de la Virgen y de los Santos, con la emoción del alma ante los prodigios de la arquitectura, la estatuaria, el arte de los pinceles y los mil capítulos de las artes industriales. Acaso en lo referente a órganos y campanas nos superen otros países. No así en la técnica soberana de las tallas, retablos, sillas de coro, porque allí las gubias de España han dejado la medida de su poder. No así en los ornamentos de Toledo, de Támara, de muchas otras iglesias perdidas par los campos españoles donde la industria del brocado y el bordado ha pro- lucido obráis maestras jamás igualadas. No así en la rejería, porque aquí no tienen rival las forjas españolas. No así en el repujado de la plata y 1 oro y en la emoción es panolísima de las custodias, verdaderos monumentos de arquitectura que dieron nombre a un estilo: el plateresco. No así en ¡os santos de palo, que nunca ha llegado a imitar ni a comprender el arte de las demás naciones... Y de igual modo hemos de dar admiración a. la manera de disponer ¡as gemas y piedras preciosas en las nuravilias de la orfebrería; a la sabia combinación del ladrillo con que los alarifes moros valorizaban el arte mudejar; a la macana. de los azabaclieros compostclanos; al U cto exquisito, y vigoroso a) mismo tiempo, con que van saliendo de manos esp ñoir. s en emoción de noble artesanía píxide- cálices, ropones, marfiles, lámparas de bronce, sidas, terciopelos, lapices, rizados, rejerías, sepulcros marmóreos, relicarios, aguamaniles, esmaltes, como los fie San Miguel de Fxceisis. fii Navarra. libras miniados como los Beatos de la Torre de Távara. en la provincia de Zamora, mientras era obispe San Froilán. ¡Iglesias dí España! Sean para ¡nosotros no un sentimiento compasivo cual fueren para Barres las de Francia, sino ti símbolo litúrgico y perenne de nuestra fe católic? de nuestra cultura y de nuestras íi tes il través de los tiempos. Lu; s ARAUJO- COSÍA IGLESIAS DE ESPAÑA ICA en iglesias la Península, poseemos a lo largo de nuestra cultura en materia de arte unos cuantos repertorios o registros del tesoro monumental. Podría hacerse con ellos- -ya en mucha parte lo hizo MenénAz y Pelayo en Las. Meas estéticas- -la historia de la crítica aplicada a las tres bellas artes de los ojos. El siglo xvi nos da el Viaje Santo, de Ambrosio de Morales. Es fruto de una visita a los templos de Asturias, Galicia y León. Lo escribió su autor en 1573 y lo imprimió por primera vez el padre Flórez en 1756. En Las ciudades y co- iiventos de España, edición de Londres de 1746, se resume el Parnaso español, de Antonio P a l o m i n o (1653- 1725) y se da la descripción de E Escorial por el padre Santos, cuya efigie se admira pintada en el cuadro de Claudio Coello La Sagrada Forma. Los dieciocho tomos del Vi- aje por España, de don Antonio Ponz (1725- 1792) no son únicamente un libro, dice Menéndez y Pelayo, son una fecha en la historia de la cultura hispánica. Muchas noticias dan también los estudios y diccionarios respectivos de don Eugenio Llaguno y Amírol- a y don Juan Agustín Cenn Bermúdez (1749- 1 S 29) No se han de olvidar los veintidós tomos del Viajé literario a las iglesias de España, del dominico fray Jaime Vilhnucva (176; 1824) algunos de los cuales- se publicaron a nombre de su hermano Joaquín. Venga al recuerdo el Parccrisa, cor. los textos ele Piforrer y de Qu; idr: do. los Cancros de arquitectura usados cu Esparta, de don José Los árboles, un verdadero ejército desarrapado y herido por los vendavales y los rayos, se obstinan en ganar la cumbre, quizá la mullida braña del otro lado, para tenderse al sol. Todos quieren llegar los primeros y se empujan, se pisan, se increpan, se clavan las ramas en el pecho, como larnzas, se agarran a las rocas más- audaces sobre el abismo, con riesgo de caer desgajados... ¡Brava empresa para una haya la de imanar la cumbre, una empresa de siglos! En lo hondo del rio, entre las blancas y suaves piedras, se encuentra un remedo de iv, z. Estos árboles de las orillas que, al fin, han encontrado una postura cómoda, asomados a un remanso, no quieren la guerra. Con las hojas inclinadas hacia las aguas, unas hojas para el sueño, otras para la meditación, son como los poetas y los filósofos del bosque. Todos juntos constituyen el romancero de la montaña, y por ello quizá este roble, ya próximo a ganar la altura, s. e siente un poco vanidoso, como seguro de que abajo, en el río, se escribirá y se cantará su historia. Este paisaje está perpetuamente engendrando imágenes, mas sus imágenes son tan sutiles unas veces, y tan fantásticas otras, que se nos escapan, se nos van. Pudiera decirse que la montaña enseña sus huesos bajo la pie! y que la roca, al caer sobre el camino, se ha hecho castillo, y que las oeñas so: pesadillas, surños. monstruos y- quime- R