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H sus existencias. Durante siglas enteros los piratas mimaron los mares y contaron por millares, ú ¿lo cuales cabe afirmar, y especialmente 4 e o s c i ü e h a s t a nosotros han llegado noticias, que la mayoría terminó pugando i aras sus fechorías. Mas en todo esc prolongado tiempo secular sólo las dos mujeres apuntadas figuraron n aquel asote de los mares tan temido, o más, por los navegantes, como el furor de las olas, de los cielos, y las rutas ignoradas. Esas dos mujeres, que se llamaruti Ann Bonney y Mary Read, pertenecieron AI siglo xvni y cambiaron gustosas la empolvada y complicada peluca de las elegantes de entonces por el cuchillo y el hacha de abordaje. Ambas, conforme a lo que su biógrafo nos cuenta, eran agraciadas, pero sus arrestos resultaban más varoniles que los de los hombres más feroces, y con menos escrúpulos en cuanto a repartir tajos y asestar puñaladas. De la primera se sabe que era irlandesa, y el origen de la no claro, u OY estamos acostumbrados a la irrup- vieron segunda con está muyde fama lenamores colegas cuii ile las mujeres en actividades su momento, y las dos se hicieron t audacias consideradas, todavía no Todo haiv 1 i ii- cbos años, como privativamente amigas y navegaron juntas. un día fue hasta que su maf- linas. Tanto en campos profesiona- a pedir de boca uría corbeta que iba If romo en escapadas a la aventura, ellas nave encontró a han ido equiparándose al hombre, Y ésta en su persecución. En contraste con s una de las más profundas señales que los piratas varones, que se sintie? marcan y distinguen los tiempos moder- ron pronto vencidos y se compornos, la actual civilización. Una mujer emi- taron poco valerosamente, las dos nente cirujano, aviador arriesgado, atre- mujeres pelearon hasta el último vido explorador, a nadie choca. Las prime- instante con denuedo inconcebiras solían aparecer retratadas en los pe- ble. El final fue que los malheriódicos, pues inspiraban curiosidad. Mas chores marítimos regresaron a ahora huelgan ya esos retratos, poique ten- puerto encadenados y se les so- drían que publicarse a montones. Para al- metió a juicio. El día que el canzar tales metas, el aun calificado de capitán del barco apresado, sexo débil ha tenido que librar duras y que había sido el último amor f. largas batallas. En siglos atrás cualquier ríe Ann Bonney, subió al paférnina que se desviase de lo establecido tíbulo, las palabras con que como sus labores producía honda conmo- ésta le saludó en tan duro ción en el ambiente circundante. Y a las trance fueron las siguienque daban tan peligroso paso era raro ver- tes: Lamento mucho verlas terminar en una pacífica vejez. El caso, te así, pero si te hubieras por ejemplo, de un capitán Alonso de Con- batido como un hombre, treras nos llena de asombro en su tremen- no te hallarías ahora en el dismo; pero, sin haber dejado memorias caso de que te colgasen escritas, de seguro que en la época y at- como a un perro. De mósfera en las cuales vivió, hubiela segunda, Mary, hay se bastantes aventureros que se le que decir que anpareciesen y que tuviesen el mismo tes de havago sentido de los límites exiscerse tentes entre el noble valor y el crimen. En cambio, el fenómeno de la monja alférez, hay que confesarlo, es mucho más singular. pirata había sido en repetidas ocasiones soldado y se había distinguido en las peleas. Estas dos mujeres fueron, como sus compañeros de piratería, condenadas a muerte. Ahora, cuando se nos hace el relato de una mujer gángster o contemplamos las fotografías de mujeres uniformadas, que han combatido o combaten como varones. se nos antojan actividades poco femeninas, reñidas con esa delicadeza que siempre atribuímos y deseamos al aln a ele las mujeres. Pero no podremos dacir que son signos exclusivos, de los tiempos que corrtemos, porque siempre las hubo... Como las lü acabamos de recordar. Miclina. P É R E Z FERRERO En los tiempos aludidos es cuando surgen las contadas precursoras de este mundo femenino que trabaja v lucha junto al hombre, borrando, en cuanto puede, las fundamentales diferencias que antaño se antojaron infranqueables. Y esas precursoras, en los ámbitos del bien y en íos del mal, eran, lógico será admitirlo, primarias en sus sentimientos, y. sobre todo, en sus reacciones, porque se hallaban al principio íle un crimino por el que 1O! varones ya hablan andado mucho. Leyendo iri Histode Gosse, hemos tropezado con dos de estus mujeres, y, gracias a los pormenores delúd o s a Jhónson, nos ha sido fácil percatarnos de s t e m p l e y de cuan extraordinarias fueron ria íi Ai piratería,