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MADRID, DÍA 7 DE SEPBRE. DE 1947. NUMERO SUELTO 50 C E N T S tf f LAS VENTAS ABC restaurante de los alrededores de la Magdalena, en París? En la venta que figura en El ventero, sólo se encuentra vino, aguardiente, pan y pimientos. En Ja de los Romances históricos, ya mejoramos un poco: tenemos magras con tomate y huevos. De la venta del siglo x n no sabemos nada en cuanto a mantenimientos. En ¡a posada de Hornachuelos mejoramos notablemente, sin duda gracias a la tía Colasa, gran guisandera se habla de arroz, de tomate, de bacalao, de un gazpacho, que está, desde media tarde, enfriándose en el brocal del pozo. Finalmente, en Bailen casi estamos en uno de los restaurantes de la Magdalena: podemos comer sopa, cocido, ríñones, pollos. Y se nos dice que nada el hambre mitiga como el cocido Mejor que mitiga estaría ex tingue. i! AZORIN DIARIO ILUST R, A D O DE INF O R MA QI O N G E N ER AL N las obras del duque de Rivas encontramos tres ventas y dos posadas. En El ventero, cuadro de costumbres, una venta siniestra, trágica, en que, por la noche, se escuchan en los contornos algunos tiros; en la cocina, trajín de idas y venidas precipitadas, y en el huerto, unos azadonazos. En los Romances históricos, romance dedicado a don Alvaro de Luna, una venta cerca de Portillo, en la provincia de Valladolid, partido de Olmedo. En El crisol de la lealtad, acto primero, cuadro primero, una venta- -no sabemos cómo será- cerca de Zaragoza, en el siglo X I I en 1163. En el Don Alvaro, la famosa venta, en Hornachuelos, provincia de Córdoba. Se han dicho muchas cosas del drama del duqua de Rivas; no se ha dicho nada tan raro como lo dicho por un amigo del duque, amigo y panegirista: Pastor Díaz. Dice este critico que en el drama se pueden encontrar extravagancias y ridiculeces ¿Dónde esas ridiculeces y extravagancias? Trabajitq le costaría al censor señalarlas; acaso tuviéramos que reír de las extravagancias y ridiculeces, en este caso, del crítico. En Él parador de Bailen, finalmente, encontramos, claro, un parador, punto de enlace de diligencias. Ha sido repudiada esta comedia por su autor; no ha querido Rivas que figure: en. sus obras completas. el motivo, acaso este en que Rivas ha llevado, deliberada o irreflexivamente, a esta comedia un lance- -lance de amor- análogo al de su hermano Juan Remigio; gracias a esa aventura, ha podido heredar, colateralmente, Ángel Saavedra el título y la grandeza que ostentaba su hermano. E A LA SOMBRA DEL PARAÍSO ONCEDED, amigos, que se relaje a tensión de los temas profesionales- y que la imaginación Se recline, laxa, sobre estos días tan largos como nuestro apetito de descanso. El veraneo, si tiene algún sentido, es e ¡de invertir la relación entre el hombre y su medio. H abitualmente, el hombre tiene que estar en actitud defensiva frente a las asechanzas ambiéntale: que, como la savia tropical, quieren recortar el ámbito de su personalidad. El qerecho a ja soledad hay que conquistarlo dada di a podando esas ramas tercas, con qufe la sociedad quiere rellenar todos los claros, que el espíritu se procura para sus solaces. Con las palmas siembre tirantes, tenemos que detener, en incesante alerta, los testuces q je expelen todos los Vesubios de Ja estupidez y del conformismo que nos cercan. Y aun a las presentaciones egregias cuando se acercan a nosotros hay que situarlas sobre teorías que las justifiquen para que su asimilación no sea turbadora. Pero ahora, amigos, aunque sea por unos días tan contados, que su número oscile entre el de las Gracias y- el de las Musas, concedamos una vacación a la- voluntad. Que los resortes selectivos se relajen y que todas las prevenciones se dejen arrollar por estos días hermosos; con las horas marchando no al compás angustioso de nuestro relej, sino con esa lentitud de rey antiguo con o- je camina el sol. Sentir esa beatitud del vencido en la. que se mezcla eí regusto de la lucha y de la sumisión. Y, tras esta nuestra atroz vida ciudadana, con todas las fuerzas de la naturaleza entubadas, dejar que las- esquilas goteen en nuestros oídos, que los vientos caigan sobre nosotros conducidos no por esquinas, sino por valles, y admirar cono las noches no enturbiadas por la electricidad, abren, enfáticas y lenta; como un pavo rea! su cola de luceros. Todos los años una tradición feliz que reaviva inmensas nostalgias nos permite gozar unos días del Paraíso perdido. Ya sabemos que su felicidad consistía en la domesticidad da una naturaleza que colocaba bajo la mano de Adán los lomos de los ani raaks y de los árboles a medio nombrar. La expulsión del Paraíso significó la pérdida de esta unanimidad: y el ¡desencaje de cada ser, con la consciencia de su individualidad y con el estigma de sus diferen- C cias y de su agresividad. Pues bien, en el asueto veraniego, este celo de los límites inexorables se afloja, y bajo nuestra aten- ción laxa, como bajo el arco de un puente, desfilan las ideas y las sensaciones en gregario contubernio indistinto. Por todos los poros, abiertos 1 en sonmolfento descanso, penetran lacs conversaciones inanes y los altos, vientos sin rumbo. Todas las futilezas de vidaa que no nos importan y estos pai- sajes quietos, en perpetua lección de imperturbabilidad, nos bañan con tibio abandono. Vivimos por. unos días la virtud de las culturas tropicales, que coinsiste en 110 desear nada quizá porque la naturaleza nos lo ofrece todo. He aquí que el calor nos sitúa en la moral búdica Ide la no resistencia ni a las tertulias de balneario ni al desguace del tiempo en horas remansadas. Yhasta el caminar no es un proceso acth o. Dijeras? qu, e a cada pa so o a cada kilómetro del motor, los paisajes vienen hacia nosotros y se suceden en muelles oleadas. Pero no pocemos abandonar la obsesión de la ciudad que nos espera trepidante, con el peligro siempre de ser triturados entre sus ruedas, dentadas de minutos. Ein el fondo de esta. s tardes, anchas hasta el horizonte, queda royendo una inquietud que ya no se aplacará nunca. La certidumbre de nuestro destino como una lucha diaria con el monstruo del tiempo, sin Andrómeda que libertar. Pero ahora, gue los nervios se lubrifiquen con estos crepúsculos ¡dorados (por el sol y por el ¡jplvo de las eras jubilosas. Y que el espíritu, con la sola eficacia de ia quietud, se vaya poblando de e strellas palpitantes de secretos felices. JOSÉ CAM. ON AZNAR Antonio Oudín, en sus Diálogos muy apacibles (París, 1650) nos dice, hablando de las posadas, que no encuentra el viajero en ellas sino el casco de la casa, con un poco de ropa blanca, y a veces no hay camas Sobre todo en las ventas. No hay nada en las ventas de España. No se puede viajar por España. La desprovisión de las ventas es una verdad incontrovertible. En toda Europa lo saben. ¿Y cómo no ha de ser verdad la inopia de las ventas si Cervantes acredita el aserto? No podemos dudar de Cervantes. Las ventas son malas; las ventas están en ¡España; España es, por lo tanto, lógicamente, fatalmente, un país inculto. Lo que pasa en España no pasa en ninguna parte. Vayamos, sin embargo, a cuentas. En el siglo x v l i cuando se cimenta el prejuicio, España tiene diez millones de habitantes; en el siglo siguiente, tiene ocho. La superficie de España es de cuatrocientos noventa y dos mil k i l ó m e t r o s cuadrados. Vea el lector cuántos habitantes corresponden por kilómetro cuadrado. Se yiaja poco en España; los que viajan llevan sus provisiones. Hay ventas en sitios pasajeros, como ¡95 puertos, en las montañas; las hay en sitios poco transitados. Para establecerse en una venta se necesita cierta vocación de abnegado eremita. Hay, además, que emplear un capitalito en bastimentos: aceite, vino, jamón, cecina, embutidos, garbanzos, judías, sal, especias, etc. Como 110 existe tránsito, especialmente en las ventas esquivas, habrá que tener ese ca, pitalito inmovilizado; aparte efe que, con el tiempo, las vituallas, ciertas vituallas, se deterioran. ¿Cómo pretender que en una venta se encuentre el trato que en una posada ciudadana? ¿Y cómo pretenderíamos que en una posada nos dieran la minuta que en un RASGOS DE HUMOR D os Antonio Cánovas hizo un viaje a París en compañía de un señor muy conocido. Cierto personaje francés le s convidó a cerner a los dos, sentándose en la mesa, entre otras personas distinguidas, una mujer célebre, pero alegre, cosa que en París en aquella época no tema nada de extraño. Don Antonio, hombre galante, sostuvo con ella animada conversación. Peco después, ya en Madrid, el señor aludido, hablando en una reunión de aquel viaje, se le ocurrió, con poco tacto 1, decir en público: -Don Antonio, ¿se acuerda usted de aquella rubia tan guapa con la que comimos en París durante uno de nuestros viajes? Lo que yo me divertí. Cánovas, muy serio, replicó: -Yo sí me acuerdo, pero feo lo cuento. El propio don Antonio mantenía ami tad con una distinguida dama separada de su marido, el cual la había despilfarrado gran parte de su patrimonio y dado disgustos de toda clase. Tuvo Cánovas que escribirla con motivo de este fallecimiento, y al aludir al mismo 1, la dijo: -Me encuentro en un apuro al tener que referirme a la muerte de su marido de usted; porque el pésame me parece ridículo y la nherabuena, impertinente. Y como yo le refiriera a. Cánovas en Biarritz, donde él solía veranear, las andanzas d d general Boulanger, del que en aquellos días se creía, según afirmaban los periódicos, que se iba a sublevar, me contestó: -Desengáñese usted, que los franceses son españoles con dinero.