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EL SABIO Y EL VIOLIN de Menéndez y Pelayo qae, al sentirse fatigado su cerebro por la intensa jornada creadora, le hacia descansar planteándole complicados problemas, que resolvía por cálculo integral. La referencia es para mí de fe indiscutible. El comentario que sugiere corresponde mejor a los fisiólogos que a ios simples cronistas. Nuestro cerebro es una máquina de tantos resortes... Bien puede decirse que el hombre no aprovecha de el sino una mínima parte de sus recursos, como esos ricos herederos solterones que hacen su vida en una o dos piezas íntimas del inmenso caserón histórico donde moran. Otra distiinita es la. suerte del sensorio abierto, se quiera o no, a todas las sensaciones, a diferencia del cerebro subordinado a la voluntad. Y así, ia cotidiana contemplación del paisaje nos introduce en la afición por las artes plásticas, y los simples ruidos de la Naturaleza nos llevan inconscientemente a la afición por los bellos so. nidos y, una vez que gozamos de ella, estamos en trance de aficionarnos a la polifonía creada por el hombre. En el público de los conciertos, aparte la misión que ellos cumplen de dar motivo para que las señoras estrenen un buen sombrero, soini mayoría los médicos, los arquitectos, los ingenieros de diversas ramas, los investigadores históricos, los hom bres de ciencia, en urna palabra. Músicos profesionales, suele haber pocos; ninguno, si se descuenta al crítico, al compositor consagrado en la especialidad sinfónica y al que aspira a introducirse en lo programas. De auditor melómano a ejecutante instrumentista va un paso, no más corto, pero sí más transitable, que aquel que media entre la audición de un drama y el impulsoí de extraer del pecho el que suele llevar escondido el espectador. Sin que esta observación signifique menosprecio ipara el ejecutante, formado en una paciente aindadura de lustros hacia la perfección. Porque ya se adivina cuál será la triste suerte de los vecinos de aquellos espontáneos orfeos. A don Julio Casares, secfetario perpeituo de la Real Academia Española, hablista ejemplar, maestro del idioma, como i escritor y como gramático, no es raro encontrarle en los conciertos. Un buen día sorprende al público con la audición de exquisitas comiposiciopnes musicales que, modestamente, anuncia ser fruto de un aficionado. Otro día reciente pronuncia una conferencia de musicólogo: Intro duicción a la música, japonesa L o s que asistimos a esta fiesta deliciosa para el espíritu, no podremos olvidarla fácilmente. Durante ora y media nos tiene suspensos por la magia de su léxico depurado, en cuyos entresijos bulle a ratos la ironía, a ratos la claridad pedagógica, alternando h. definición- técnica con la bella metáfora, que la convierte en comprensible para los profanos. Casares no es, ya lo vemos, el aficionado que se lanza al campo de los profesionales con imprudencia temeraria. Todos, sin excepción, tenemos algo que aprender de sus labios. Los Í ue menos, el profundo conocimiento de a música japonesa la diáfana exposición de sus características fundamentales, la explicación sencilla del sistema tonal del Extrema Oriente, tan distinto del europeo, en el cual las escalas china y nipo. na parecerían truncas, interrumpidas. Y, -de repente, el sa bio lingüista, poseedor de doce o catorce idiomas, nos ha i) la en un idioma universal para todos comprensible: requiere el violín, discretamente oculto a la sombra de Un plinto, Jo afina, limpia y, brevemente, al unísono con el piano, de su acompañante, apoya la caja en la sotabarba ampulosa, levanta RUÉNTASE C Don Julio C a s a res, los d i e o i n ueve fio cuando ganó el p r i m e r p r e m i o de violin. Fachada de la Re l Academia Eipafiola. (F o t o s V. Muro. ra mí. Recordaba que una tarde lluviosa de primavera, recluido en mi estudio en espera del c l a r o crepúsculo vespertino- -pues que las nubes primaverales s o n como pájaros migrantes que nos sobrevuelan desde el mundo boreal hacia el trópico húmedo- hojeaba yo un tomo, de La Ilustración Española y Americana uno de esos libros que parecen litúrgicos cantorales y merecíe- ron del maestro D Ors el ser designados como únicos ejemplares que él salvaría en el incendio de una biblioteca, tal vez con un dejo de pirueta irónica. Y ante mis ojos. saltó la imagen de un Joven, agracia Un b u e n día do, que ilustraba una entusiasta nota sorprende al público informativa. Referíase a Juüo Casares, con la audición de exquisitas primer premio de violín en la Escuela composiciones musicales... Nacional de Música y Declamación. En aquella nota aprendí que Casares fue el arco elegantemente, lo apoya luego so- niño prodigio antes de los nueve años, bre la cuerda vibrátil y el sonido cunde. que, a instancias de vino a per por el ámbito del salón, acariciante, finí- feccionar sus estudios Ocón, Villa y Coren simo, matizado, perfecto de expresión, con te; que el gran profesor la esa rica dulcedumbre que sólo consiguen tre (de toda una. falange Hierro, maeslos domadores de la innata estridencia que nutrieron los primeros de violinistas la del instrumento, los grandes virtuosos, los Sinfónica, fue su profesor deatriles de Y reválida. concertistas acreditados de maestros. que la alta distinción escolar le fue otorLa 3 canciones japonesas que, a guisa de gada por unánime voto, en medio de enejemplos, ilustran la disertación magis- tusiastas ovaciones. tral, viejas de milenios, suenan a música Lo que no me decía la nota quiero vo ultraimodeirna, cuandoi menos strawinskyana, y, sin embargo, canta la melodía adivinarlo. Ese mismo vioilín que a Marsuelta, sin ropaje armónico alguno, leve- drid le trajo para que fuera músico le mente apoyada en unos acordes elementa- desvió quizá de su carrera. Ya, en la les, que destaca la belleza y el misterio Corte de los milagros, Casares sintió la de las cadencias, que quedan en el aire tentación de la burocracia y fue joven de como colgadas. Dijérase que el caracterís- lenguas en Estado. Ya en posesión de tico gesto esotérico del japonés, la sonrisa algunas, quiso aprender otras. Emigró a perpetúa indescifrable, que no se sabe si lejanas! escuelas. Corrió medio mundo. ilumina su rostro o lo ensombrece, res- ¡Y quién sabe si se hizo entender en toponde a una canción interna e impro- das partes, apenas llegado, porque en su nunciada, como esta que brota del vio- violín hablaba un lenguaje que todos enlim nigromántico de don Julio Casares. tienden y que todos hablan, sean homPara muchos era una sorpresa. No pa- bres o pájaros, mares o selvas... FEDERICO ROMERO