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FERNANDEZ FLOREZ, LUTERO DE LA TAUROMAQUIA N El toro, el torero y el gato nuevo lib r o de Wenceslao Fernández Flórez (fastuosamente editado; con ilustraciones de Herreros a cinco tintas) hay una jovial y profana hermenéutica de las corridas. Le aburren a nuestro humorista los toros. Y no como quiera y a retazos, sino en su integridad desoladora. Le aburren densa, tenaz, inconsolablemente, y! s u aburrimiento acérrimo está en, relación directa con la pompa e importancia del cartel. Sin embargo... Fernández Flórez ha frecuentado las corridas. La domesticidad profesional o los deberes sociales le han obligado a mascullar, en silencio, año tras año, ese aburrimiento, y para emanciparse de su a sfiixiante opresión y tedium vitae el escritor encontraba el expediente de ir lanzando al espacio, como áncoras E 0 Ws- í i irisadas, las serpentinas de su fantasía. Escalaban sus hipótesis burlescas la estratosfera, huyendo de la tediosa realidad ¿Y no sería más pintoresco que esos hombres, engalanados de oro y plata, torearan- -pongamos por caso- -un felino indomable, el cual, en vez de seguir mansamente, como hace el torpe astado, los airosos vuelos de un capote, exigiera del lidiador un poco me nos de fatuidad en e! talle y un poco más de intrepidez y funambulismo? (En realidad, la cosa ha sucedido... Una vez, en uis boa, tor e a n d o Carnicerito y Armillita Chico saltó al ruedo un gato feroz, y y. nunca fue mayor el desconcierto de los profesionales. Maullaba, corría, saltaba, erizaba sus furiosos bigotazos, comb? ba el lomo dastíco, abría sus tauces satánicas, daba y pedía, incansablemente, p e l e a Los toreros, empavorecidos, y los espectadores, sujetálndose angustiosamente los ¡jares para no quebrarse de risa, p r a c t i c a r o n aquella tarde una feliz inic i a t i v a, que r ernández Flórez ha bía expuesto poco antes en un banquete de toreros también en Lisboa- la lidia del gato ¿Y no sería más interesante reformar las corridas y acabar así con ésa desgana tóxica, ese aburrimiento letal que, se apode a en la plaza de unos espectadores tan inteligentes, tan f: de armonía de signo contrario que fructifique en esa gran faena, siempre presentida, pero jamás consumada en las corridas al uso... Y así, arrastrado por su f a n t a s í a Fernández Flórez, cda sus puntas y collares de reformador taurino, buscó un paralelo histórico, y dio en Lulero. Yo diría anti- Lutero, porque, mientras el monje hirsuto de Wittenberg desembocab a e n e l aburrimiento, Fernández Flórez, p a r tiendo d eJ aburrimiento, recalaba en la más jubilosa y gentil de las recreaciones literarias: el puro y exento fantasear por las regiones del buen humor. Este es un gran libro de buen numor: El toro, el torero y el gato Su autor sigue la técnica de la reductio ad absurdum que sociables y taía regocijados como el mis- le ha granjeado entre nosmo Wenceslao y sus ilustres paisanos los otros universal renombre coruñeses? Al fin y al cabo, hay gente oor de dialéctico indisputable. Madrid, como Díaz- Cañabate y Sebastián Ahora que no hay toros, O Miranda, que está pensando en llevar a la uno mismo se siente arrefiesta la teoría goethiana de las afinidades batado por la fuerza apodíptica de su argumentaciótai A la supuesta sublimidad de las corridas, opone su propia alegre estamp a grotesca. Al ritual inflexible, su fertilidad imaginativa. Nos ofrece una visión irónica de la fiesta, descubriendo la espadaña y trampa de sa vistoso tapia de feria. Fernández Flórez posee, como escritor, una naturalidad, una fluencia, una viveza de estilo que le hacen a uno pensar en el maravilloso y cáustico, bien q u e olvidado, Edmundo About. Cotejen ustedes fias estampas griegas del gran humorista francés con estas estampas taurinas de Fernández Flórez, y advertirán que la misma suave y tersa superficie de gravedaa cubre, en la obra de los dos electivas, y organizar corridas de hasta ¿se- estupendos humosenta toros, en las cuales, mediante proba- ristas, un gozoso y tura y tanteos, se logre, al fin, el ideal continuo burbujeo sempiterno de todo buen aficionado, verbi- satírico, que progracia una compenetración deí arquetipo- rrumpe, a veces, al toro con el arquetipo- torero, una especie espacio en un chorro impetuoso de carcajadas. Sólo que Wenceslao Fernández Flórez es, además, el grasa novelista galaico de Volvoreta y El bosque animado Y un cómitre- -o maestro- -admirable en esto de bogar incansablemente en las galeras del periodismo. Luis CALVO í