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YA NOVIENEN LAS BALLENAS OY va no se ven ballenas en las aguas del golfo de Vizcaya, ¡pero en un tiempo se dieron en abundancia, pues los archivos del litoral vascongado hablan de Has coa familiaridad que impresiona. Cuando Alfonso VIII fundó Guetaria, exigió a sus pobladores que le entregasen la mitad de la primera ballena que pescasen cada costera; y Fernando el Santo, al poblar Zarauz, les ptdió una tira, de cabeza a cola, de todas fas que cobrasen. Después de todo es un consudo, ¿radas al cual las podemos ver emerger co frecuencia, si no en la mar, de los papeles viejos: unas veces es en pleitos familiares; otras, en contratos de fletamenta; y algunas, en liquidaciones de obra. Así, tos de Guetaria, por ejemplo, pagaron en cierta ocasión a un contratista determinadas reparaciones et) sus muelles con barbas de ballena. ¡Graciosa H se formaba la tripulación de la primera lancha ballenera: quince hombres, más el arponero que plantaba su silueta en la proa; los demás, a los remos, a alcanzar con su sudor y su esfuerza, los cetáceos anunciados por el atalayero. Más tío iba sola la lancha ballenera; una reducida y heroica escolta de pequeñas chalupas, de tres hombres cada una, la acompañaba! eran los que debían, rematar la, pieza una vez cazada con el arpón. Se hacía un silencio religioso, rezaban los de a bordo el Ave María y salían del puerto. No todas las lanchas podían salir a la vez; las forasteras habían de esperar a que lo hicieran primero las de casa. Ep muchas ocasiones compresibles impaciencias dieron motivo a reyertas y pleitos; pero había que mantener la práctica. Informa San Sebastián- -nos cuenta Egaña. con referencias a arma, sujeta por la estacha que había de darles remolque, si lograba cazarlo. Se levantaba sobre el castillete de proa, y cuando h. ballena emergía, a tiro, le lanzaba el arpón con toda su fuerza, para dejárselo clavado en el lomo. Al sentirse herida, la pieza se sumergía rápidamerjte arrastrando la lancha sujeta por la driza del dardo. Entonces, los de proa habían d remojar incesantemente la estacha para evitar que se quemara a su roce con el carel; y la escolta d e las pequeñas chalupas avanzaba a boga cerrada para ponerse a tiro de la ballena; y, cuando salía a flor de agua, los esforzados bogadores dejaban us rema y la asaetaiban con los chabolines para rematarla. A veces se aproximaban- tanto, que los levantaba sobre su lomo haciéndolos zozobrar; otras, la estacha se rompía, dejando libre a la ballena. Y esta incidencia dio pie a un sin fin de pleitos entre los distintos pueblos del litoral, porque los pescadores de los puertos veciiios, que también habían salido a la mar, querían aprovecharse de la pieza herida. Sin embargo, lograron evitarlos, con el tiempo, firmando capitulaciones por las que se obligaban a respetar, en beneficio de quien la hubiese herido primero, la ballena arponeada. Mas no! -iem ¡pre lograron darles alcance a la vista del puerto. A veces hubieron de seguirlas durante muchas millas; hasta Galicia llegaron en ocasiones. Y, después, hasta Terranova. Pero fue cuando por haberlas diezmado en las aguas costeras del golfo, huyeron de los arpones vascongados, buscando unas mares mas tranquila Nuestros pescadores, que conocían ya el valor de las grasas y las barbas, no podían renunciar a semejante riqueza por milla más, milla menos, estuviera, o no, descubierto el continente americano. Y se fueron a Terranova, Los nombres de Banachoa, B. Ederra, Aguohar, Antón Portu, Operportu, Portuchoa y Echaydeportu, estampados en el plano que trazó Mr. Perat por los aftas 1674 al 89, sobre distintos surgideros de las lejanas islas árticas, hablan moneda que hoy dejaría corrido al más avisado cambista! Es que en la vieja Guetaria las ballenas debieron ser lo que el ga. na. do a los antiguas romanos peáis, pecunia. Solían aparecer en nue- itra costa, huyendo de los rigores polares, con el equinoccio de septiembre. En el litoral yascqgado las esperaban con impaciencia. El atalayero del puerto, o un. batel que andaba a la pesca menuda, las descubría un día, desde lejcs, par la vaporada de su respiración gigantesca y las anunciaba jubiloso: ¡Ballenas a la vista! Una campana recogía el anuncio y lo esparcía alborozada por cielo, mar y tierra. Los hambres, las mujeres y los minos propagaban, a su vez, la noticia; bale asko ageri dituk, decía uno; bale asko ageri dituk, hacían eco los demás, transmitiéndose de boca en boca k buena nueva. Y el bale asko ageri dituk se expandía con terrible fuerza de pleamar, por calles y casas, inundando el pueblo marinero. Poco, después, al rebrillo tibio del sol de otoño, arpones y remos al hombro daban gra. cía de estampa a unos hombres curtidos por todos los vientos. En las callejas salitrosas se levantaba la espuma de una ruidosa animación; en el puerto, hervía la ansiedad Y, minutos más tarde, coto precipitación de socorro, 1720- -que las chalupas de fuera, cuando s llama a ballenas, salen después que las del prqpo puerto y que ésta es costumbre inconcusamente recibida y observada por la Cofradía de mareantes de la Ciudad. Aunque carecemos de antecedentes gemelos de otros puertos, forzoso es creer que hubiera un régimen de reciprocidad entre ellos 1. La lancha ballenera seguía, a toda boga, el rumbo que le señalara el atalayero. Al acercarse al cetáceo, el arponero preparaba su elocuentemente de la esforzada aventura de los balleneros vascongados; análoga onomástica, grabada en las estelas funerarias del cementerio de Plasencia, dicen de sus sacrificios. Pero de tan bello poema marinero no queda hoy más que el recuerdo- y viejos papeles en los archivos; y unas ballenas desdibujadas en los blasones de piedra de las villas costeras del golfo de Vizcaya. M. CIRIQUIAIN- GAIZTARRO